El tipo reventó el cristal de la ventana. Apenas entró en su casa quedó ciego por culpa de la luz del sol. El Astro Rey se había mudado. Decidió abandonar el sistema y bajarse de las nubes. Al menos tuvo la decencia de tomar precauciones. De lo contrario, lo habría achicharrado antes de parpadear. Tan cómodamente apático, la carita de felicidad que tenía contrastaba con la ansiedad que agrietaba las facciones del tipo.

¿Qué es esto? He dejado a todos sumidos en las tinieblas para decirte que el vidrio no se come. Ahora sí me jodí yo, pensó, pero no dijo nada. ¡Vamos! Vomita lo que te tragaste. No quiero. ¿Sabes que vas a morir? Tal vez ese sea mi deseo. El suicidio jamás será una opción. ¿Y la vida sí? Además, desde que me comí el vidrio molido la ansiedad se disipó, desapareció por completo. Si no lo devuelves, si no expulsas todo eso, en breve comenzarás a sangrar hasta por los oídos.

En un respiro, quizás en menos tiempo, el sol se marchó. La casa regresó a la normalidad. Acostumbrado a experimentar millares de eventos trastornados, ni siquiera se preguntó por la razón de semejante acontecimiento. A solas, arqueó bastante hasta que vomitó pedacitos de vidrio cubiertos de sangre. El ardor inicial se transformó en dolor. Un dolor tan intenso que cayó casi desmayado y con los ojos mirando a la nada. Un viento furioso aspiró el aire yerto, el aire preso en las cuatro paredes de la sala. Sin oxígeno, la muerte llegaría en cuestión de minutos. Como era inevitable tosió y su aliento roció a la masa roja. Sangre interna de su cuerpo, sangre desperdiciada por la obstinación. Una voz conocida, femenina y seductora lo llamaba pronunciando su nombre con especial delicadeza. Los sentidos al borde del colapso se agudizaron. Observó que cada pedacito de cristal dejaba de serlo, derritiéndose, evaporando el líquido sanguíneo en su calor. Dejó de necesitar oxígeno. Pensó que ya había muerto. Se le durmió el cuerpo del impacto: cada pedacito mostraba un recuerdo. El vidrio era, sin duda, su pasado, un pasado mortal. Pegó la frente al suelo. Dejó de estar consciente a pesar de que siempre dudó de que alguna vez lo hubiera estado. Convulsionaba. Fuertes espasmos recorrían todo su cuerpo, hasta que, inmóvil, cerró los ojos dispuesto a marcharse para siempre.

Ella entró alzando la voz por la impresión del reguero y se agachó a su lado sacudiéndolo. Lo cacheteó ocho veces, cuatro por cada mejilla. Cerró los puños y golpeándole el pecho gritó sin cansarse: ¿por qué? ¿por qué no pudiste esperar? ¿por qué?

Yacían tumbados, hombre y mujer. Él, ya era un frío cadáver. Ella, una hembra llorando el absurdo. La imagen traspasó la atmósfera y la luna se apiadó.

Desde el balcón la interrogó y ella contestó un sí tan grande y rotundo que la luna le obsequió una vida sin ayer. Le obsequió un pergamino en blanco, sin pasado, sin heridas… El tipo volvió abriendo los ojos hechizados en la cascada que emparamaba su cara, la lluvia que brotaba de sus lagrimales, las lágrimas que ella derramó, la bipolaridad de la muerte y la vida, la sustancia y el vacío, el ser y el no ser, lo posible y lo imposible. Lo llamó sin creer el milagro, lo llamó sin pronunciar su nombre. Lo llamó con una palabra, le dijo: Amor      

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