UN ARMA ESTÉTICA

A Vergel—.

Prisca a secas, aunque no se llamara así, me pareció una mujer exótica. Su atractivo indomable provocaba el efecto contrario, reforzando la soledad de su vida íntima. Quienes pudieran recrearse entre sus efluvios, embriagados de lascivia, rara vez se atrevían a conquistarla. Sus ancestros pertenecieron a una rama de la aristocracia eslava y, tal vez, de ellos recibió el gusto por lo extravagante. Nuestra relación comenzó en el fabuloso Palacio de Livadia, en Crimea. Tropezamos dentro del museo y, en lugar de disculparme, agradecí a los dioses el pequeño accidente. De inmediato conversamos, criticando las nefastas consecuencias que tuvo la conferencia de Yalta.

—Mi abuelo solía decir que nació en Lemberg y que era austríaco —dijo Prisca—. Para la fecha de su nacimiento, el imperio ya era austrohúngaro. Siendo un niño de ocho años, su ciudad natal pasó a ser la capital de la República Popular de Ucrania Occidental y un año después, tras la guerra de independencia de Ucrania, se integró a la Segunda República Polaca. Terminada la guerra polaco-soviética, teniendo veintinueve años, la ciudad en la que nació mi abuelo quedó transferida a la Unión Soviética, como parte del territorio de Ucrania. Luego los nazis la ocuparon y, dados los compromisos asumidos en la conferencia de Yalta, todo el este de Galitzia o Galicia de los Cárpatos, incluyendo Leopolis, en latín, Leópolis, en español, o Lemberg, en alemán, continuó siendo parte de la Unión Soviética, como territorio ucraniano. Tras la disolución de la URSS, pasó a formar parte de Ucrania hasta la actualidad.

No pregunté cuáles eran los motivos de su visita, ya que la conferencia de Yalta se llevó a cabo en ese espléndido palacio. Aunque ella no quiso saber los míos, pensaba que en cualquier momento tendría que confesarle que era psicólogo. Como me había embarcado en una investigación nada académica, más bien por pura satisfacción personal, sobre el carácter permanente o transitorio del desarraigo forzado, aproveché mis vacaciones para admirar las peculiaridades de un lugar tan emblemático en la historia del siglo XX. Lo que acababa de decirme acerca de su abuelo, por supuesto, despertó mi interés.    

—¿Cuándo murió?

—En 1996, en Nueva York, antes de cumplir ochenta y seis años.

—O sea que la ciudad en la que nació tu abuelo fue austríaca, ucraniana, polaca, ucraniana-soviética, alemana-nazi, ucraniana-soviética, otra vez y, finalmente, ucraniana.

—Sí, pero él siempre dijo que era austríaco y que había nacido en Lemberg.

De algún modo intimidado, esperaba el momento propicio para pedirle el número de teléfono. No quería que malinterpretara mis intenciones. Pensé que, siendo una mujer hermosa, seguramente Prisca dominaba el arte de rechazar a sus pretendientes con la misma gracia y naturalidad que advertí en su sonrisa. Lamenté mi cobardía porque nos despedimos sin más, dejándole al destino y sus caprichos la esperanza de volver a verla.

Tres años más tarde, paseando por Valencia, España, visité la Lonja de la Seda. En la calle, entre el Mercado Central y la Iglesia de los Santos Juanes, me pareció que a Prisca la rodeaba un grupo de turistas aglomerados en la acera. Quise seguirla, pero la perdí de vista. Para mí, ella era tan inconfundible como inolvidable, así que no podía estar equivocado. Miré hacia arriba en un acto reflejo cargado de impotencia. El azul del cielo gozaba de la nitidez valenciana que permitió el luminismo de Sorolla. Me llamó la atención las extrañas gárgolas que decoraban el edificio, sobre las cuales siempre he sido un perfecto ignorante. Si no me equivoco, conté seis en la torre, siete en el Pabellón del Consulado y quince en la Sala de Contratación. Entre las que recuerdo, puedo mencionar a un hombre con alas de ángel que mete su pene en una jarra; un hombre rezando que vomita un pez; una mujer que se toca la vagina con ambas manos de forma grotesca; una mujer cargando un mono; una figura humana, no pude distinguir si era hombre o mujer, con un niño en la cabeza para que hiciera sus necesidades con el ano justo sobre su frente; un monstruo con colmillos enormes abrazando a una especie de reptil y rostros humanoides entre sus patas.

Esta gárgola fue la última que vi porque a mi lado estaba Prisca mirándola también. Observé que, más allá de interpretar su significado, ella quería descubrir un detalle específico en la imagen. Me atreví a saludarla y noté que se le escapaba el nerviosismo con diminutos movimientos oculares tratando de identificarme. Tuve que recordarle nuestra visita al fabuloso Palacio de Livadia, durante el verano de hace tres años. Me obsequió una sonrisa con su imborrable gracia y naturalidad.

—Sí, claro, discúlpame.

—No pasa nada.

—Discúlpame otra vez —dijo con un toque de vergüenza—, pero es que no me acuerdo cómo te llamas —Dije mi nombre y mi apellido, sin embargo, para mantener mi anonimato, decidí llamarme Ricardo en el presente escrito.

Prisca estaba más receptiva y animada que la primera vez que la vi. Caminamos un buen rato por el Carmen y disfrutamos de varias tapas en la Plaza del Tossal. Poco a poco iba captando su manera de ser y por qué su atractivo indomable provocaba el efecto contrario, reforzando la soledad de su vida íntima. Estudió Ciencias de la Computación e Ingeniería en el Instituto Tecnológico de Massachussets, donde también hizo un Máster en Sistemas. Dirigía un proyecto misterioso, cuya investigación se financiaba de forma privada. Vino a Valencia para reunirse con su única patrocinante, pero la agenda había sufrido un retraso y ahora contaba con tres días libres.

—¿Es española? —Pregunté.

—No, es húngara. De momento está en Madrid con su esposo. Al parecer, no podremos vernos aquí y tendré que ir a Suiza.

Esto lo dijo como si me contara que le habían pospuesto la cita para ir a la peluquería. La acompañé hasta la calle de las Barcas porque se alojaba en el hotel Reina Victoria. En la Plaza del Ayuntamiento me dijo que le fascinaba que fuera psicólogo y, para ahorrarme explicaciones, dije que era junguiano, a lo que reaccionó de manera tan imprevista y sincera, como exagerada. No sabía cuál era la forma más delicada para expresarle mi interés de volver a verla y me sorprendió que ella me invitara a cenar. Nos convertimos en compañeros de viaje y durante sus tres días libres compartimos con una intensidad asombrosa. Nunca dormimos juntos, ni siquiera llegué a conocer su habitación, aunque ganas no me faltaron. En la playa de la Malvarrosa, mientras comíamos, contó que en 1985 su familia se la llevó a vivir a Nueva York. Antes de eso, recordaba que su abuelo solía hacer una excursión a los montes Cárpatos todos los veranos con sus amigos de siempre. Dijo que era un hombre predecible, disciplinado y tenaz. Prisca creía que la agresividad urbana de Manhattan lo sumió en una feroz depresión de la que no pudo recuperarse. También se acordaba que el viejo solía jugar con ella y no perdía la ocasión para relatarle lo mismo, una suerte de resumen histórico. Siendo una niña menor de diez años, lo escuchaba aburrida porque, además de sabérselo, creía que era una fábula más antigua que la de Adán y Eva. Con la debida paciencia, decía su abuelo, cualquiera que rastree nuestro linaje podrá llegar hasta los sármatas en el siglo III antes de Cristo. Sí, señor, los mismos que invadieron a los Escitas. Ponía los ojos grandotes para llamar la atención de su nieta y continuaba con tono solemne: La tribu de nuestros ancestros significó un remoto precedente para el pueblo eslavo. En el siglo II a. C., ya vivían en las estepas que circundaban el mar Negro. Aquí, la niña Prisca se imaginaba un charco lúgubre, tan oscuro como el petróleo. Después, proseguía el anciano bebiendo vodka, alcanzaron el mar Báltico y desde el Volga hasta el Vístula, sin olvidar una parte del valle del Danubio, hicieron propio un gran territorio, al que los romanos llamaron Sarmatia. Todavía no estudiaba geografía en la escuela, de modo que ella se aprendió los nombres igual que lo hacía con las fechas. En su inocencia, daba igual que fueran océanos, ríos o, incluso, ciudades. Lo importante era ganarse los elogios de su abuelo. Memorizó por repetición la secuencia, como si fuera un verso de cuatro letras: Báltico-Volga-Vístula-Danubio, Báltico-Volga-Vístula-Danubio, Báltico-Volga… Así guardó en su mente ese mar y esos tres ríos de la geografía europea durante toda su vida. A pesar del espíritu rebelde, valiente y bélico encarnado en aquellas tribus, decía el viejo señalando el cielo, las derrotas que sufrieron ante los Hunos, que eran nómadas de Asia Central, más los ataques de los Vándalos, germanos del centro de Europa, las debilitaron tanto que la sobrevivencia supuso un acto épico, ya que nunca desaparecieron. Para Prisca, hunos y vándalos eran temibles por sanguinarios. Tratándose de eslavos orientales, explicaba su abuelo con una sonrisa infundada a los ojos de su nieta, de las uniones posteriores con los Polianos, Drevlianos y Volinios, apareció un pueblo que, más tarde se mezclaría con los Varegos, que eran vikingos suecos, de quienes venimos los rusos, bielorrusos y ucranianos, este último, nuestro recién adquirido gentilicio, aunque a mí nadie podrá quitarme el austríaco.

—Dime, entonces, ¿qué somos? —preguntaba a su nieta.

—Eslavos —contestaba Prisca porque se había aprendido la respuesta.

—¿Y eso qué significa?

—¡Que somos la fuerza invencible de todas las guerras!

Solté una carcajada, no por el contenido, sino por la mímica que interpretó Prisca. Esperó unos minutos para concluir. Recuerdo que su reflexión aclaraba que, como hay muchas formas de librar una batalla, siendo una adolescente, ella comprendió que su abuelo quiso demostrarle el valor de la tenacidad. Insistió en que, si la guerra es muerte, la victoria es de aquellos que sobreviven, aunque haya triunfado otro pueblo, otra etnia, otra raza, otro imperio; incluso no importa que el territorio sea incorporado a otro Estado, o que un tirano te aplaste. Además del resumen histórico, de su abuelo aprendió que la fuerza invencible de todas las guerras no es más que la resistencia.

—¿Te das cuenta? —pregunté.

Silencio.

—Para tu abuelo —dije—, la resistencia solo tenía sentido cuando un hombre defiende el vínculo que ha forjado con determinado territorio. Si lo sacas de ahí y te lo llevas a Nueva York, por ejemplo, no será la agresividad urbana de Manhattan la causa de su depresión, sino el destierro, el profundo dolor del desarraigo.

Prisca asimiló al instante mi explicación y, por breves segundos, su rostro se impregnó de pura belleza. A partir de ese momento, dejé de ser el caballero que servía para llenar las horas de sus días libres. Por la noche me preguntó si estaba dispuesto a viajar a Nueva York a finales de noviembre.

—No puedo permitírmelo.

—Se trata de una invitación, no tendrías que pagar nada.

—¿Puedo saber de qué se trata?

Una antropóloga y un sociólogo, ambos integrantes del reducido equipo que Prisca dirigía, pautaron una conferencia en la universidad de Columbia, con el fin de exponer una visión holística de los retos y riesgos ineludibles que asume la sociedad con los avances tecnológicos. Dije que sí, pero me daba cuenta de que su invitación era una excusa. Mantuvo oculta su verdadera intención y advertí que, si deseaba descubrir la razón, no tenía más alternativa que asistir a la conferencia, cuyo tema, lejos de interesarme, me pareció un cliché.

De acuerdo con las instrucciones recibidas, pedí al taxista que me llevara a la 119 West, 45th Street, para alojarme en el Merrion Row Hotel, muy cercano a Time Square. Me encontré con Prisca en el vestíbulo. Más animada que nunca, lo primero que hizo fue entregarme un par de entradas del musical El Rey León en Broadway. Con mucha alegría me informó que su única patrocinante estaba en Nueva York y había aceptado reunirse conmigo. No dijo nada de la conferencia cliché. Cuando pregunté a qué hora debía asistir a la universidad de Columbia, con la misma gracia y naturalidad de su sonrisa me dijo: Olvídate de eso, ¿quieres?

Extrañado, preferí dejarme llevar y para mantener el buen humor, decidí tomarme el desarrollo de los acontecimientos como si viviera un programa turístico fuera de lo común. Conocí a la única patrocinante del proyecto misterioso. En el Financial District, Prisca me llevó a un ático con una terraza a la que le calculé más de cien metros cuadrados. En el techo cóncavo del interior había varias claraboyas. Las paredes de cristal daban una vista magnífica del Hudson. Un sirviente nos hizo pasar a una sala amplia decorada con gris pálido y blanco mate. Al fondo, brillaba el Steinway & Sons negro de cuarto de cola, destacando como el consentido de la estancia. Prisca ordenó un Bloody Mary y, para mí, un whiskey con hielo. Por fin apareció la húngara inefable (he de ocultar su nombre por el resto de mi vida). Era más vieja de lo que me había imaginado. Me quedó claro que asistía a una entrevista de trabajo desde el primer intercambio de palabras. Opté por seguirle la corriente para no dejar mal a Prisca. La húngara inefable me propuso que realizara un estudio para diagnosticar el estado mental de una decena de pacientes recluidos en un sanatorio en Suiza. Todo lo costeaba una de sus múltiples ONG. Era un trabajo específico y, en caso de que aceptara, requería mi informe para el mes de febrero. El síntoma común de los enfermos era que, al ver su imagen en un espejo, sufrían episodios de locura, cuya manifestación variaba dependiendo del temperamento del paciente. Prisca aprovechó para dejar claro que ella me acompañaría, de modo de facilitarme las cosas durante mi visita al sanatorio. Además, dijo que era una experiencia que no quería perderse. La húngara inefable me ofreció una cantidad equivalente a la mitad de lo que ganaba en un año. Me quedé sin pretextos racionales para negarme y dije que sí, aunque con un mal presentimiento atascado en el pecho.

Después de gozar del musical El Rey León en Broadway, Prisca y yo caminábamos envueltos en una especie de ensoñación. El múltiple centelleo de las bombillas en la calle, más el frío cortante de la brisa nocturna, cooperaron para que ella me pidiera un abrazo.

—Si algún día quisieras hablar de mí, di que me llamo Prisca.

—Eso suena a despedida.

—No, ¿acaso no sabes que nada es eterno?

—¿Y por qué Prisca?

—Según las Actas de los Mártires, fue una adolescente que soltaron en el anfiteatro romano para que un león la atacara, pero en vez de devorarla, se echó a sus pies, frustrando el espectáculo.

No quiso que la acompañara a su casa y, en el vestíbulo del hotel, preguntó si me importaba que ella subiera para echarle un vistazo a la habitación que me había tocado en suerte. Nada más cruzar la puerta, me abrazó y me besó con una pasión demoníaca. Había desechado la idea de tener sexo con ella y la sorpresa desató mis bríos contenidos. Al despertar, vi que caían escasos copos de nieve.

—Este año el invierno se ha adelantado, ¿no crees?

—Sí —dijo indiferente—, la verdad, sí.

Desayunamos en la habitación. Llenamos el silencio con los temas superfluos que utilizan las personas para aparentar que son inteligentes. En todo momento estuvimos de acuerdo en que el mundo necesitaba un cambio. Recordé la gárgola de la Lonja de la Seda que Prisca estaba mirando cuando nos vimos en Valencia, España. Quise saber por qué le interesaba esa figura. Dijo que para ella era la más valiosa. En su opinión, la criatura con colmillos enormes, con rostros humanos entre sus patas y que abraza un reptil, representa el triunfo de especies distintas, para muchos terroríficas, sobre la decadencia de la sociedad en general.

Nos despedimos en el aeropuerto y no supe más del proyecto misterioso. Tampoco pude conocer cuál era el interés que tenía la húngara inefable para requerirme, en un tiempo tan corto, un diagnóstico de las diez personas recluidas en el sanatorio suizo que costeaba una de sus ONG. Hablaba con Prisca por teléfono con frecuencia. Las conversaciones me entusiasmaban por nuestro recién nacido romance.

Según lo pautado, nos volvimos a ver los primeros días de enero, en Montreux, Suiza, en la ribera septentrional del lago de Ginebra. Nos quedamos en una casita que invitaba a la tranquilidad. Sin perder tiempo, Prisca me llevó al sanatorio y observé que los pacientes se comportaban con perfecta normalidad, incluso daba la impresión de que eran los huéspedes de una posada turística. Siete mujeres y tres hombres conformaban la decena de enfermos objeto de estudio. Calculé que sus edades estarían entre los treinta y los treinta y cinco años. Después de recorrer las salas comunes y los jardines, fuimos a un pequeño despacho, donde la encargada del sanatorio nos dejó a solas. Prisca giró la pantalla de su portátil para facilitarme el ángulo de visión. Observé que una bonita mujer, sin ningún tipo de patología aparente, comenzó a gritar despavorida cuando vio la imagen de su cara en el espejo que tenía el doctor Hesse en las manos.

—Se llama Adela —dijo Prisca—. No te asustes, pero creo que es importante que sepas que la policía encontró muerto al doctor Hesse en la comodidad de su casa. Dijeron que se suicidó.

Comencé a realizar entrevistas para conocer a los pacientes. Todos parecían estar bien, de hecho, llegué a creer que alguien los había recluido en ese sanatorio bajo engaño. Es más, entre los normales que iban a mi consulta, varios estaban peor que cualquiera de ellos. Mis sospechas aumentaron cuando Prisca me informó que el doctor Hesse les daba un placebo, el cual consistía en un simple edulcorante en pequeñas pastillas, haciéndoles creer que ingerían el químico necesario para lograr la recuperación que anhelaban.

Me tocaba realizar la segunda entrevista de Ángela, una mujer joven y muy ocurrente. Abrió la puerta del consultorio y la afable expresión que traía en la cara se borró en el acto, dando paso al terror, los gritos y la desesperación. Me levanté preguntándole qué le pasaba. Enfurecida, pegó una patada al escritorio. Reaccioné dando un paso atrás de manera espontánea. Ella agarró mi teléfono móvil y me lo lanzó con saña en medio de su arrebato.

Por la noche, Prisca decidió revelarme el misterio. Mencionó lo que hacen ciertas aplicaciones como Snapchat o Instagram, entre otras, cuando, tras captar la imagen de quien se mira en el teléfono, refleja una proyección cercana a la que tendría la cara en su vejez. Su equipo había diseñado algo similar, solo que, en el proceso de captura de imagen, un dispositivo en la cámara disparaba ondas del espectro electromagnético, enmarcadas en las dos regiones de luz, tanto de rayos ultravioleta, como de infrarrojos, causando un daño irreversible en la retina. De modo que los pacientes, sometidos a los experimentos iniciales, estaban afectados sin remedio. Eran incapaces de reconocerse frente a un espejo y constituían la prueba viviente del éxito en la primera etapa del proyecto. Prisca me aseguró que ya habían desarrollado la tecnología para producir el efecto inverso, de modo que, al mirarse en el teléfono, el daño en la retina le regalaría su imagen rejuvenecida, incluyendo el cuerpo completo.

—¡El elixir esperado en todos los tiempos!

Me debatía entre el rechazo y el asombro. Costaba creer lo que acababa de escuchar. Sentí que había puesto un pie dentro del infierno.

—Ricardo, por favor, abre tu mente —me pidió Prisca con ternura diabólica—. Sabes mejor que muchos el profundo cambio que necesita la humanidad. También conoces las prácticas aberrantes que llevan a cabo las industrias de cosméticos para perfeccionar la basura inútil que sacan al mercado año tras año. Además, criticas, con razón, que nos hemos convertido en una especie que se hunde en la vanidad y lo superfluo…

—Cierto —interrumpí— y a ti no se te ocurre nada mejor que vendernos la vanidad y lo superfluo con carácter permanente.

—Piensa en la debacle que sufrirán las industrias de cosméticos, pero dime dónde están aquellos que pueden tomar medidas adecuadas para generar el cambio que requiere el mundo.

Silencio.

—En las instituciones financieras, en la política, en las empresas tecnológicas —continuó Prisca—, pero no todos, son apenas unos cuantos por la posición que ocupan, del mismo modo que, no todas las prostitutas están llamadas para complacer a su señor, de ellas, solo hacen falta las elegidas.

Más silencio.

—Mientras una buena prostituta se vea a sí misma siempre joven, su desempeño en la cama no decaerá con los primeros signos de la vejez. Estoy hablando de tres a cinco años de más en su vida útil. El nivel de autoestima mejorará o continuará igual y podrá gozar de los favores de los señores que la consienten como la favorita. Lo mismo aplica para los políticos, los financieros y los empresarios de tecnología. A fin de cuentas, tratándose de vanidad y frivolidades, entre ellos y las putas no hay mayores diferencias.

—Lo que tú propones es una vulgar extorsión a los poderosos. ¿Por qué piensas que van a aceptar el trato?

—Por lo mismo que tú sentiste y te impidió rechazarme.

—Yo no soy un poderoso.

—No, pero eres humano, igual que todos y, si no te has dado cuenta, la clave radica en la forma de presentar una propuesta.

Así me dijo que el estudio que me encargó la húngara inefable era un ardid para analizar los límites de la aceptación en hombres con características similares. Afuera nevaba con abundancia en la noche más fría de mi vida.

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