PETICIÓN INÚTIL

—¡Vine para que no te suicides!

El viejo no responde, no se inmuta. Lleva veintisiete meses sin pronunciar una palabra. Claro que la observa. Sería imposible no hacerlo. Elegante, hermosa, imponente, soberbia, su semblante es un deleite para el refinado gusto y, cuando se es bueno como artista, el goce trepa por la escalera del cielo. Ahí se vuelve éxtasis de genuina satisfacción, de puro regocijo. Ella se pasea de aquí para allá, pero sin dejar al descubierto su angustia. Sabe que en ese instante lo único que se puede permitir es la expresión del sentimiento que los une y los entrelaza para siempre.

Desde la poltrona con distinguidas orejeras, el viejo advierte que ella ha decidido acercarse. A menos de dos pasos, cierra los ojos para evitar el maremoto de su alma, para lograr contener el último vestigio de humanidad que aún yace, aletargada, en las profundidades de su fuero interno.

Ya junto al viejo, ella acaricia sus canas con ternura. Se inclina porque intenta abrazarlo. No puede. La rigidez que encuentra es peor que la de una estatua. Entonces le da un beso en la frente. Se hace a un lado, busca el oído derecho y le regala un susurro inquieto:

—Vine para que no te suicides.

El viejo alza la vista. Es una mirada que se pierde entre los libros y sus lomos, una mirada triste que nunca pudo salir de aquella descomunal biblioteca…

La mirada que arde de pasión y que lo ha quemado por dentro, que ha calcinado su vida. Primero con el poder que tiene un soplete; luego, con el tiempo de aliado, igual que la débil lumbre de una vela vacilante.

Ella nota que la pasión perdida en el corazón del viejo, en el laberinto de su alma, continúa palpitando, enferma de muerte como su dueño. La diferencia es simple. A todas luces el viejo se siente derrotado, mientras que la pasión que lleva por dentro aún busca la salida preñada de esperanza, sin rendirse, aunque su fuego haga cenizas las entrañas de su cuerpo.  

Como buena mujer, sin ser sumisa, no lo desafía y deja que el silencio se apodere del espacio. Arrima una silla para sentarse a su lado. Coge la mano del viejo, la acaricia con afecto dócil y dolor impotente. La delicadeza casi de porcelana que tienen las suyas contrasta con la dureza viril manchada de pecas en las de él.

Siente gratitud porque es una mujer que ha crecido rodeada de abundancia. Domina el inglés, el francés y el italiano. El amor de sus padres permitió el sacrificio de tiempo necesario y energía suficiente para darle la educación que recibió. Siempre tuvo lo que quiso sin llegar a convertirse en una niñita mimada. Al contrario, bastante se empeñaron en hacer de ella la mujer que es hoy en día: una semidiosa que destaca por el empuje, coraje y valor con el cual enfrenta las vicisitudes que supone la existencia.

Al lado del viejo, de repente, todo palidece y la gratitud se transforma en una emoción ignota. No sabe qué le pasa ni por qué. Ha aprendido a tolerar la ausencia de su madre con la aceptación que se alcanza cuando se descubre que el dolor de esa muerte jamás se supera. Esa sí que fue una amarga lección. Por eso insiste:

—Vine para que no te suicides.

Lo ha dicho tres veces y el viejo no responde, no se inmuta. Impasible, parece incapaz de romper la trayectoria de veintisiete meses sin pronunciar una palabra. Por primera vez en su vida el desconcierto la embarga. Ignora cómo lograr su objetivo. Los honores universitarios no le sirven en ese momento fatal. Tampoco el prestigio que disfruta como profesional gallarda y arriesgada. Sufre y con el horror se estanca la posibilidad de trascender, de elevarse por encima de las dificultades.

Cansada de estrellarse contra la pared de su silencio, consigue fuerzas en el manantial de la desesperación y le suelta:

—Ya que piensas quitarte la vida, sería bueno que supieras que yo, tu única hija, he aprendido a amarte —se limpia las lágrimas entre sollozos— por eso, sin entenderte, no te guardaré rencor. Perdóname. Reflexiona un poco y no olvides que vine para que no te suicides.

De pronto capta el gesto. Es como si todo se revelara. Él ha hecho de ella una mujer ungida por los dioses. La educó sin quebrantar el equilibrio ni la estabilidad de ambos. Jamás perdió el control, la tolerancia, la paciencia, la templanza ni la consideración. La formó con astucia crítica, calculada, selectiva. Habilitada para el éxito, lo conquistó. Por fin entiende que su padre, el viejo terco a quien le suplica, no puede suicidarse. Ya se ha inmolado con las llamas de su pasión y ella se destaca en un mundo diseñado para que lo iluminen las estrellas, en donde brillan los muertos.

Nota: publicado en la sección de literatura, revista Petróleo YV, Grupo Energizando Ideas.

   

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2 Responses
  1. Julian sanchez

    Gracias ,por la sencillez y la magia ,en como se desenvuelve la narrativa ,excelente ,vivo y agarra desde el principio asta el fina ,se desprende su avidez en el lenguaje y la pasión con que lo describes,eres un buen escritor

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