SUEÑO MUERTO

La invitación a merendar en la residencia de la viuda millonaria llegó a la oficina el martes por la tarde. Dado el perfil de la mujer, todos estuvieron de acuerdo en que las estrategias de digital marketing y los protocolos corporativos quedaban descartados. El mejor modo de proceder para lograr un acercamiento era el contacto tradicional.

La táctica antigua que aplicó Carlos Talavera había rendido sus primeros frutos. Se había limitado a enviarle una nota, escrita con su estilográfica, en papel de hilo, junto a un hermoso ramo de rosas blancas. Al abrir el sobre, podía leerse en la parte superior derecha de la hoja el nombre de la banca privada y su dirección. No apuntó su número de teléfono, tan solo le rogaba disculpas por su atrevimiento, le comunicaba el interés de reunirse con ella y, como prueba de su sinceridad, le obsequiaba las flores.

Rodeado por jardines bien mantenidos, el palacete de piedra caliza y mármol, al mejor estilo romano, se alzaba en el centro del terreno y así, la viuda y única propietaria del majestuoso inmueble, gozaba del pleno dominio de su vivienda. Ella no era fea, más bien atractiva, aunque su encanto radicaba en la delicadeza de sus movimientos, la suavidad de su voz y la exquisitez de cada una de sus posturas corporales. Al abandonar la sombra de la terraza y caminar por el jardín trasero, Carlos Talavera percibió que ella, pese a la espléndida luz de la tarde, continuaba refugiada bajo el manto del aislamiento.

Su nombre completo era Geovanna Alejandrina de la Asunción Mancini Villacrés, pero muy pocos estaban enterados. Sus amistades la conocían como Geovanna Mancini y sus íntimos la llamaban Geo. Si bien en Roma o en León ella podría pasar desapercibida entre la gente, la blancura de su piel, sus ojos azules y su melena negra resaltaban mucho en Caracas, ciudad en la que creció. Giancarlo Mancini, hijo, y Pepa Villacrés, hija de David, solo tuvieron una hija. Llamaron a la niña Geovanna, en honor a la abuela materna de Giancarlo, Alejandrina, porque la mamá de Pepa se llamaba Alejandra y, siendo Pepa tan devota, le pusieron de la Asunción, para honrar a la Santísima Virgen. Geovanna era políglota, hablaba español, inglés, italiano, francés y se defendía muy bien con el gallego.

El doctor Diego Mendoza Raga, quien fuera su esposo y médico pediatra, murió de un infarto por una condición congénita, el tres de diciembre de 2016, a los cuarenta y un años. A mediados de 2017, después de obtener la solvencia sucesoral por el injusto pago del impuesto al patrimonio hereditario, se vino a Valencia, España, porque deseaba conocer al escritor Santiago Posteguillo. Había leído la trilogía de Trajano y estaba fascinada con la creatividad literaria y el rigor histórico contenidos en esas tres novelas. No quiso un hotel cinco estrellas y prefirió alojarse en el You & Co. Quart Boutique, ubicado en la calle Dr. Peset Cervera. Al segundo día desistió y se dijo que, si el destino le ponía en frente al afamado escritor, en uno de esos eventos en los que los autores firman ejemplares de su obra, estaría satisfecha, pero el atractivo de Valencia iba penetrando sus poros. Al tercer día visitó Llíria, lugar de nacimiento de Nigrino, uno de los mejores militares de la época de Trajano. Sin dudarlo, dio instrucciones a una inmobiliaria para que encontrara un buen terreno. Procedió a reformar la propiedad en el menor tiempo posible hasta transformarla en lo que tenía, un palacete de piedra caliza y mármol, al mejor estilo romano. Durante las obras, se mudó a un apartamento de dos habitaciones en la calle Borrull, el cual adquirió al contado. De inmediato dispuso que su abogado iniciara los trámites necesarios para obtener el visado como residente en calidad de inversionista, porque era la vía más expedita para regularizar su permanencia en España.

Igual que sus padres, Geovanna Mancini nació en Caracas, donde se conocieron sus abuelos, quienes huyeron de Europa a mediados del siglo XX. Finalizada la segunda Guerra, su abuelo paterno, Giancarlo, romano de nacimiento, salió de Italia con destino a Venezuela, porque había oído que en ese país solo hacía falta trabajo y, si trabajabas duro, la prosperidad te alcanzaría sin tropiezos. Al terminar la guerra civil española, los padres de David Villacrés, su abuelo materno, se mudaron de León a Madrid. Atraídos por las cartas que recibían, en 1940 decidieron seguir los pasos de Juan José Villacrés, un primo muy querido que había emigrado a Caracas.

Giancarlo era un hombre nervioso, audaz y heredero de una capacidad excepcional para los números. De la pequeña fortuna que forjó su padre en la construcción, logró un inmenso patrimonio en el negocio global inmobiliario en Venezuela, Colombia, Panamá, República Dominicana, Costa Rica y el estado de Florida. Salvo en los dos últimos, se había acostumbrado a pagar las comisiones exigidas por los funcionarios clave del gobierno de turno para ganar la adjudicación por licitaciones y, después, para recibir el pago de la Administración Pública, de acuerdo con los contratos suscritos.

De manera que la viuda Geovanna Mancini ha estado acostumbrada a llevar una vida de lujos y abundancia desde su nacimiento. Siendo hijos de inmigrantes europeos, sus padres tenían bien tallado el valor del trabajo y la gratitud ante el progreso, de modo que educaron a su única hija con la sencillez que resaltaba la elegancia. Geovanna nació en 1980. A los veintiún años se licenció en geología en la Universidad de Texas A&M y a los veinticuatro, terminó un Máster en artes liberales en la Universidad John Hopkins. Se casó con Diego Mendoza Raga en octubre de 2006. No tuvieron hijos porque él era infértil, cosa que derrumbó las expectativas familiares, ya que teniendo un marido pediatra, era fácil rodar la película del futuro en la imaginación de los abuelos, compartiendo todas las responsabilidades de criar a los nenes, salvo la de darles pecho.

Giancarlo, su padre, murió de un derrame cerebral en el año 2009. Pepa decía que la culpa la tuvo la fulana crisis económica. Rezongaba y maldecía cuando analizaba los indicadores financieros y sin duda, había caído en una depresión insalvable, pero Geovanna pensó que esa no era la causa. Su padre, además de fumarse más de treinta cigarrillos diariamente, no tenía inversiones depositadas en Lehman Brothers, ni en cualquier otro banco o banca de inversión que haya cerrado como consecuencia de la penosa crisis. Lo único que tuvo que hacer para evitar pérdidas, porque se lo podía permitir sin desmejorar la calidad de vida de su madre, fue mantener las posiciones, incluyendo la porción especulativa. Transformó todas, de hecho, en inversiones a largo plazo. Esperó con paciencia hasta que el viento soplara a su favor y cuando lo hizo, después de casi un lustro, se empeñó en reducir el activo financiero a no más de un tercio del patrimonio total. Si bien creía que la muerte de su padre no se debió a la crisis, pensando que más bien fue el tabaco y, seguramente algo que su madre jamás le confesaría, el abuso de sustancias para la disfunción eréctil, el duelo por la pérdida en medio de la tormenta le enseñó la importancia de la diversificación.

Cuando empezó a ejecutar su estrategia, la compra de inmuebles debía cumplir con un requisito determinante. Para perfeccionar cada adquisición, era necesario que fuera lo más líquida posible, de modo que ella no tuviera que sortear obstáculos a la hora de vender, más allá de las formalidades de rigor.

Su madre murió en el año 2015. Tras la diabetes tipo dos que desarrolló con la edad, su organismo se debilitó de forma alarmante. Debido a su indisciplina y su desobediencia a las indicaciones del médico, su corazón no aguantó la recurrencia de las crisis. Pepa fue la típica enferma difícil, nunca dócil, alegando que prefería disfrutar en lugar de contenerse o molestarse. Reclamaba que ella ya no tenía ilusiones en la vida. Escucharla una y otra vez con lo mismo fue una tortura para Geovanna porque, además de los sustos que se llevó en las innumerables visitas de urgencia, ella no había podido darle al menos un nieto que le alegrara el final de su existencia. Sin serlo, se sentía culpable, irremediablemente.     

A despecho de los banqueros suizos, antes de concluir el primer trimestre de 2017, sus maniobras estaban cerca de alcanzar la meta. Para ese momento, su cartera de activos financieros superaba el treinta y ocho por ciento de la totalidad de su patrimonio. La única operación que realizó sin tomar en cuenta el requisito sobre la liquidez del activo inmobiliario fue la adquisición del palacete en Llíria, porque la hizo para fijar ahí su residencia, donde ha vivido desde el mes de octubre de 2018.

Gracias al fenómeno Trump, en enero de 2019 recibió cuantiosos dividendos y, de nuevo, su cartera de activos financieros superó bastante el límite de un tercio de su patrimonio. Para colmo, dada la insistencia de su asesor en Manhattan, vendió cuatro apartamentos que el mercado neoyorquino revalorizó por encima de las expectativas. Aquel caudal de dinero entró en el sistema casi al mismo tiempo y, por primera vez desde que heredó, los saldos disponibles reflejaban demasiados millones en dos cuentas corrientes en las que figuraba ella como única titular. No podía ser de otra manera en un mundo globalizado y la información se filtró. La viuda Mancini Villacrés, Geovanna A., de la A., pasó a ser un bocado apetecible para los depredadores habituales, mientras otros carroñeros vigilaban de lejos esperando su turno en el banquete.

Comenzó a recibir, primero como un goteo lento y luego, un alud de correos electrónicos que le presentaban planes y estrategias de inversión. Pretendían conquistarla con estadísticas, curvas crecientes, agresivas o moderadas, picos hacia arriba o hacia abajo, según los años, incluso alguno contenía un gráfico tridimensional que giraba en la pantalla. Hubo quien, sin escatimar elogios, se ofrecía como administrador patrimonial con capacidad para desempeñarse como asesor, no solo en el área financiera, sino también como consultor fiscal. Hastiada, abrió otra cuenta de correo electrónico y notificó la misma a sus allegados y familiares. En la original, pronto comenzaron a rebotar, debido a la saturación en la bandeja de entrada. El alud perdió su densidad y volvió a convertirse en un goteo lento hasta que se detuvo por completo.

Para finales de marzo y todavía sin decidir qué hacer con el exceso de activos financieros, recibió el ramo de rosas blancas y el mensaje escrito a mano de Carlos Talavera. Podía disculpar el atrevimiento, que hasta le arrancó una sonrisa con su originalidad, aunque no estaba segura si valía la pena conocer al caballero. Resuelta a rechazarlo, pensó que al menos se había ganado el derecho a que lo hiciera en persona y lo invitó a merendar el jueves.

Carlos Talavera acudió puntual a la cita. No llevaba bolso ni maletín y había optado por vestirse como solía hacerlo los sábados por la tarde. Pasó bajo el arco que lo condujo al jardín frontal, donde un par de olivos custodiaban la fachada del palacete flanqueando una fuente y pensó en lo maravilloso que sería poder entablar una relación satisfactoria con la viuda. Tenía cuarenta y cinco años, de manera que estaba al tanto que ella y él pertenecían a la misma generación. Un viejo que hacía de mayordomo y que luego supo que se llamaba Mateo abrió las puertas dobles. Pasó a un salón con escalera de mármol. No advirtió de dónde salió Geovanna, quien se acercó por su costado izquierdo. Tan pronto estrechó su delicada mano, descubrió que ninguna de sus ocurrencias, ni su destacada habilidad para comunicarse podrían convencerla. De inmediato desechó la pretensión de ganársela como cliente y no paraba de preguntarse qué quería aquella dama.

Mientras se dirigían a la terraza, él dijo:

—Ya sé que no quiere ser mi cliente…

—No, por favor, no me digas usted —aclaró Geovanna—. Pensaba rechazar tus planes de inversión después de la merienda.

En una mesa rectangular con patas de rueditas, ubicada entre el sofá y el sillón de la terraza, los esperaban una coca de llanda, cortada en trozos cuadrados, tres fartons, junto a una jarra de horchata, cuatro turrones diferentes, dos latas de coca cola, una zero y una clásica, agua, platos, vasos, cucharillas y la cubeta con hielo picado.

—O sea que para ti es mejor dar una mala noticia con el estómago lleno —risas—. ¿Podría preguntarte algo?

—Es lo mínimo que puedo hacer por ti, ¿no crees? —respondió Geovanna con suspicacia.

—¿Puedes hablarme de esta casa?

Carlos Talavera se encargó de transmitirle la genuina curiosidad que tenía por el extraño palacete. Cuando ella comenzó el relato, a él le agradó comprobar que la suavidad de su voz le proporcionaba un atractivo adicional. Si bien la oía con atención, no paraba de preguntarse qué sería lo que en realidad deseaba aquella dama. Comenzaba a obsesionarse con la idea de complacerla.

Cuando ella giró para volver, Carlos supo que el paseo por el jardín trasero había llegado a su fin. Ya bajo la sombra de la terraza, sin tomar asiento, Geovanna preguntó:

—¿Te gustaría venir el sábado?

En todo momento y sin recurrir a las palabras, ella le había dejado claro que no buscaba otro amor en su vida. Su duelo de viuda era tan auténtico como sus encantos femeninos. La invitación lo desconcertó y el breve silencio que precedió su respuesta supuso una torpeza, además de una incomodidad inútil.

—Por supuesto —dijo—. ¿A qué hora?

—A la misma de hoy, ¿te parece bien?

—Claro que sí —contestó mirando la mesa de los postres en las que sobraba casi todo y agregó—, pero será mejor que calibres bien la cantidad de la merienda.

Se despidieron sin besos y ella no quiso darle su número de teléfono. La cita quedaba confirmada y Geovanna no admitiría cambios ni perdonaría su falta. Carlos Talavera escuchó que alguien cerraba las puertas dobles a sus espaldas y no supo si lo había hecho ella o el viejo Mateo. Pasó la fuente flanqueada por el par de olivos custodios de la fachada del palacete y cuando cruzó bajo el arco que lo condujo a la calle, sintió que salía de un lugar encantado, detenido en el tiempo, inmune a las épocas y sus avatares.

Carlos se presentó el sábado con puntualidad. Saludó al viejo Mateo y este lo abandonó en el salón con escalera de mármol. Esperó de pie y en silencio hasta que apareciera Geovanna, quien demoraba más que la primera vez. De nuevo, ella se acercó por el costado izquierdo sin que él se diera cuenta.

Se saludaron regalándose sonrisas, pero sin besarse. Tampoco se dieron la mano. En lugar de subir, bajaron por la escalera de mármol. El sótano era una gruta larga. La escasa iluminación estaba dispuesta estratégicamente para alumbrar la galería de pinturas que la decoraban. Carlos no sabía qué actitud debía mostrar ni cómo comportarse y decidió fijar su atención más en Geovanna que en las obras de arte. Ella se mantenía inexpresiva. Carlos Talavera, ignorante del tesoro que estaba ante sus ojos, no podía valorar la copia de una pintura de Parmigianino realizada por Ugo da Carpi. Bien protegida, ocupaba un lugar privilegiado al fondo de la gruta. Ella percibió que los ojos de él se posaban en las obras con la misma ingenuidad con la que podía mirar un lienzo en blanco. Le evitó perder el tiempo con los tres tapices españoles con los que su padre, Giancarlo Mancini, había agasajado a Pepa, su madre, tras la venta de un complejo urbanístico en el estado de Florida.

Subieron a la planta baja del palacete y en el salón que daba a la terraza, Geovanna comentó sin perder la suavidad de su voz:

—A veces pienso que mi padre, además de dedicarse a los bienes inmuebles, también lavó dinero a los políticos y a los narcotraficantes, pero es solo una sospecha pasajera. No tengo pruebas y tampoco me importa.

Carlos no dijo nada y actuó como si aquel comentario careciera de importancia para él. En la terraza, vio que la mesa rectangular con patas de rueditas, ubicada entre el sofá y el sillón, presentaba los mismos postres y en igual cantidad: la coca de llanda estaba cortada en trozos cuadrados, los tres fartons junto a una jarra de horchata y los cuatro turrones diferentes justo antes de las dos latas de coca cola, una zero y una clásica. Tampoco faltaba el agua, los platos, los vasos, las cucharillas y la cubeta con hielo picado.

—Veo que quieres que suba de peso, ¿te parece que estoy muy flaco?

Risas.

—¡Que va! —dijo ella y mirando la mesa de postres, agregó—, fue un descuido, pero igual, ya sabes que puedes comer lo que quieras. Es tu merienda.

Geovanna esperó que Carlos terminara de servir dos vasos de horchata y cuando le entregó el de ella aprovechó para decirle:

—Para la humanidad, lo más importante siempre ha sido qué tan rico eres y cómo lograste la fortuna que tienes, pero creo que ahora vivimos una era en la que el cómo te hiciste rico ya no importa, incluso se admira a cualquier gánster, caiga preso o no.

Sin dejar de preguntarse qué sería lo que en realidad deseaba aquella dama y obsesionado aún con la idea de complacerla, Carlos reprimía el tamaño de su desconcierto y agradeció que Geovanna no esperara de él ningún comentario acerca de lo que acababa de decir.

—¿Podría preguntarte algo?

—Es lo mínimo que puedo hacer por ti, ¿no crees? —respondió Carlos con suspicacia.

Abandonaron la sombra de la terraza y esta vez caminaban en silencio por el jardín trasero. Con la espléndida luz de la tarde, Carlos descubrió que el manto de aislamiento bajo el que Geovanna se protegía había desaparecido. Ella detuvo su andar, él la adelantó un paso, se volteó y quedaron frente a frente. Perdido en el azul perfecto de sus ojos, escuchó su propuesta hipnotizado con la suavidad de su voz: Quiero que me ayudes a morir y él dijo sí al instante. Que sea de la forma menos dolorosa posible y él dijo sí como una novia ante el altar. Debido a que no opuso resistencia ni cuestionó su requerimiento, Geovanna se despidió sin revelar la totalidad de su plan. Tras su defunción, Carlos Talavera supo que era el heredero único y universal de todos los bienes de Geovanna Alejandrina de la Asunción Mancini Villacrés, viuda eterna del doctor Diego Mendoza Raga.

Como condición de última voluntad, Geovanna dispuso que Carlos fuera el responsable de la manutención del viejo Mateo y, a cambio, este quedó obligado a mantener en secreto la segunda visita que había realizado Carlos al palacete. Además, en medio de las formalidades del caso, Mateo obtuvo una indemnización superior al cálculo por despido injustificado, como gesto de gratitud por sus servicios. Carlos Talavera no recordaba cuándo se había marchado del palacete aquel sábado. De lo último que se acordaba era de haber bebido vino tinto en la alcoba de Geovanna y que, a ella, vistiendo un camisón ligero, no le importaba que él viera la sombra de sus pezones debajo, ni la diminuta oscuridad que producía en la tela la escasa vellosidad de su pubis. En su mente, ella se acostaba boca arriba, esperaba el beso que él le daría para rescatarla del sueño de los vivos y así, por fin, despertar en paz entre los muertos.

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