PROYECCIONES

A Gabriel Sunyer—.

Antes de que las colinas fueran amputadas y que el asfalto sellara los caminos laberínticos entre las grandes edificaciones, que ahora desafían los barrancos, la niebla corría a su antojo por esos lares. La única construcción era de ladrillo coronando una de las cimas. Desde las ventanas el color verde se filtraba con distintas tonalidades en función del reino vegetal. Pequeños escritorios como pupitres ordenados en filas simétricas constituían el preciado mobiliario de las aulas. Patas de aluminio pintadas de anaranjado soportaban la pequeña tabla rectangular de fórmica blanca. Entre el cielo raso lámparas de neón equidistantes alumbraban los salones con un brillo místico. En las mañanas lluviosas, bloqueado el sol por una barrera de nubes negras, el choque lumínico entre la oscuridad exterior y el resplandor interno era una experiencia confusa, tan regular y recurrente año tras año que, de forma poderosa e involuntaria, en la profundidad de su mente anidó la primera amonestación recibida a través de los sentidos.

Respetando el uniforme escolar, llevaba los zapatos negros, sin rayas ni distintivos de otro color, medias o calcetines blancos, sin rayas también, pantalón azul marino, cinturón negro y camiseta blanca de ningún modo por fuera, para evitar las sanciones disciplinarias referidas al decoro.

Aún no tenía nueve años y estaba acostumbrado a deambular solitario por los recovecos de aquella institución escolar. Se echó al monte ascendiendo por la colina contigua al patio trasero del edificio de primaria. Subió entre los arbustos pisando la hierba con el fin de llegar a la mina. Había oído que muy cerca de la cresta, entre las rocas que brotaban de la tierra, se hallaba una buena cantidad de cuarzo. Extraerlo era fácil, aunque requería cierta dedicación y constancia durante la faena. Carente de las herramientas adecuadas se propuso inspeccionar el lugar antes de volver con los instrumentos escolares que le sirvieran para su recién nacido emprendimiento. Divisando el cayo rocoso, la inclinación de la cuesta suponía un nuevo desafío. Sin amilanarse decidió virar la trayectoria para ganar horizontalidad en la ruta y, por el costado más alto, examinar el sitio desde una posición segura. Varios metros a su izquierda vio un cuerpo tendido aplastando la maleza. La mujer vestía una camisa fucsia de manga larga y falda negra hasta las rodillas. El cabello largo y castaño le tapaba la mitad del rostro. La palidez de la piel, el ojo abierto mirando al cielo y los labios oscuros le informaron que estaba muerta. Asustado antes de descender con rapidez, miró que el cadáver tenía un pie descalzo. Por reflejo echó un vistazo alrededor pero no vio el zapato que faltaba y comenzó a bajar mientras crecía su turbación.

Cruzó el patio de primaria inmune al bullicio de los juegos que disfrutaban el resto de sus compañeros. No habló de la muerta. Decidió callar por primera vez en su vida y al hacerlo, comenzó la construcción de una muralla intangible, pero con la fortaleza suficiente para que nadie pudiera derribarla. Hecha con las rocas del silencio, el cuerpo de sus mortificaciones estaría a salvo.

Desde aquel fatídico día temblaba por las noches, ahogando gritos indómitos queriendo salir de la prisión de su garganta. Tapándose la boca con la almohada y soltándolos como un ataque de tos, el estallido fallecía sin traspasar las paredes de su habitación. Comprendió que las rocas del silencio se unían con la argamasa del aislamiento. Agotado por el esfuerzo de construir la fortificación invisible, caía rendido de sueño con los párpados pegados con lágrimas secas. Al despertar recordaba las pesadillas nocturnas en un cúmulo confuso de imágenes incoherentes. Ruinas de construcciones anónimas lucían derribadas por una suerte de explosión gigantesca. Escombros apilados entre el desorden de armarios rotos y camas destrozadas. Cuerpos sin vida con el pánico atrapado en los ojos yacían por doquier en diferentes posiciones. Algunos con los huesos fracturados habían rotado los brazos o las piernas en grados imposibles, en contorsiones patéticas. Puertas con sus marcos en pie estaban rodeadas de cerros de ladrillos, baldosas y tejas. De una de aquellas casas mutiladas salió Bárbara, una niña de su edad, con el vestido percudido. Le tendió la mano y ella, desorientada, se aferró a la suya con desesperación. Caminaron sin rumbo cierto, ambos llorando tras sobrevivir a la masacre, sin conocer siquiera la existencia de la palabra absurdo. Junto a una pila de tablas, piedras y fragmentos de hormigón que les superaba en altura, Bárbara quiso saber cuál era su nombre. Me llamo Rigoberto, dijo el chico en el acto y entonces despertaba molesto queriendo dormir un sueño eterno, desafiar a la muerte, ganarle a la vida el término del tiempo finito y conocer un poco más a la niña Bárbara. Ella siempre salía de la misma casa mutilada y, cogidos de la mano, recorriendo de nuevo el trayecto hasta la pila de tablas, piedras y fragmentos de hormigón que les superaba en altura, preguntaba su nombre. Me llamo Rigoberto, contestaba sin falta justo antes de abrir los ojos sin querer hacerlo.

Contrario a lo que esperaba se quedó sin ver a la legión de policías que, obligados a investigar el suceso, se presentarían en la institución escolar para descubrir las causas del fallecimiento de la mujer que halló en el monte, junto a la mina de cuarzo. Llegó a dudar de sí mismo pensando que había sido un sueño como el que se repetía noche tras noche, después de caer en el universo onírico y en el llanto ahogado, protegido por las paredes de su habitación. La diferencia entre vivir despierto o estar dormido perdió nitidez en su conciencia y fue aceptando que esa frontera se derretía del mismo modo que un helado por el efecto del calor.

Al cumplir los doce, aquel cosmos alucinado protegido por las rocas del silencio y unidas con la argamasa del aislamiento dejó de existir; desapareció con la misma rapidez instantánea con la que había surgido. Comenzó a extrañar sus imágenes y con ellas las emociones que experimentaba en los viajes. Si bien era el mismo repetido una y otra vez, sus sensaciones variaban de noche en noche. A la muerta la vio un par de ocasiones caminando frente a la capilla escolar con la camisa fucsia de manga larga y la falda negra hasta las rodillas, vibrando en cada paso por las sacudidas del viento. El cabello largo y castaño se desplomaba más abajo de los hombros bailando con el ritmo de la brisa sin taparle el rostro. Nada pálida, la piel lozana y tersa llena de vida e ímpetu resaltaba con la picardía de sus ojos almendrados. De sus labios rojos nunca salió una palabra y pese a la curiosidad, su tono de voz quedó guardado en la región de los enigmas. Bárbara lo abandonó el mismo día que la muerta dejó de visitarlo. Ambas visiones, despierto y dormido, se mudaron del presente al pasado, a la inexistencia de lo que fue, enterradas bajo la lápida del secreto. Sin más remedio invocaba sus apariciones recurriendo a la memoria, atreviéndose a ejecutar cambios a placer.

A medida que Rigoberto se desarrollaba, el festín hormonal provocó un sin número de insatisfacciones aliviadas solo en parte con la intimidad de jugar a voluntad con Bárbara y la muerta. La niña, otrora llorosa y desesperada iba transformándose en una jovencita con los senos puntiagudos, el cabello rubio rizado y los labios carnosos. Mantuvo el azul de sus ojos variando únicamente según la intensidad de la luz, igual que lo hace la superficie del océano. A la muerta le detuvo el paso del tiempo evitando el envejecimiento. Juzgó demasiado holgada la camisa fucsia y la cambió por una blanca de mangas cortas. Otorgándole volumen, los botones a la altura del pecho asomaban pliegues por donde veía la piel de sus tetas. Sin ropa interior, la sombra circular de sus pezones se advertía bajo la tela. Sustituyó la falda por un pantalón de cuero negro tubular y elevó sus nalgas para que ganaran mayor firmeza y tamaño. Aquella recreación exigía un rato largo hasta que superaba cierto lapso dubitativo, sintiendo leves agujetas de vergüenza. Conversaba con Bárbara tal y como lo ha hecho desde que la conoció en su sueño, pero aprendió a comunicarse con la muerta observando sus respuestas según las miradas y los gestos.

Llegó el día en el que Bárbara apareció en su mundo con tacones altos como agujas, cuya inclinación destacaba las pantorrillas del mismo modo sensual y atractivo que solía presentar la muerta. Ambas mujeres se acercaron a él acelerando el paso y tambaleando sobre sus zapatos sin caerse por la fuerza de sus tobillos. La muerta traía los ojos rojos de llanto mientras Bárbara era un sol de puro júbilo. Quiso saber cuál era el motivo de semejante diferencia, por qué una venía triste, presa de un duelo universal y la otra, canturreando divertida no paraba de reír por todo y por nada. Reos del lenguaje tácito, advirtió en la muerta una expresión fulminante con la que respondía su pregunta y más que eso, comunicaba su condena eterna: no soy de este mundo, extranjera entre los vivos, repudio a los muertos. A Bárbara le ocurría lo mismo, pero por el hecho de estar viva sentía lo contrario, al tiempo que pensaba en su fallecimiento como un evento tan lejano como incierto. Cuando por fin las abrazó, ellas notaron la piel áspera de su cara y él sintió el mismo perfume en las dos. Se encontraban en la colina que se alzaba frente al campo de fútbol, la que solía contemplar durante las horas libres cuando era un alumno más de la institución escolar. Después del saludo y superada la fase de impresiones, esperó unos minutos para decirles que estaban equivocadas: Bárbara no era una más entre los vivos, ni la muerta era una muerta. Ambas pestañearon sorprendidas ante la sentencia lapidaria, incapaces de comprender qué otra opción había para definir sus inusitadas existencias. Tras la metralla de interrogantes que no dejó tiempo para contestarlas, la ráfaga de preguntas dio paso al silencio expectante. Entonces Rigoberto dijo: son inmunes a la vida y a la muerte porque habitan en mí, yo soy su creador, su mundo, su todo.

Se inició una rebelión concertada y las dos mujeres dejaron de someterse a los caprichos de Rigoberto. Bárbara creció a la par que él lo había hecho y ahora, mujer dotada con generosidad, decidió apartarse de su creador y hacer lo que le viniera en gana sin considerar las consecuencias. La muerta, muda por circunstancias desconocidas, aceptó servir como doncella acompañante de sus aventuras y ocurrencias. Un ángel guardián liberado de dogmas y sin barrotes forjados de tabúes anacrónicos podía custodiar mejor los pasos de Bárbara. Abandonado por sus creaturas, Rigoberto deambulaba la ciudad sin rumbo ni propósito. La indolencia sustituyó cualquier vieja ambición en él y el tiempo pasaba desapercibido, derrochado como si pudiera rescatarlo con el mero deseo de hacerlo.

Bárbara y la muerta entraron en una taberna que olía como el aliento de los borrachos en plena resaca. Aunque el alcohol predominaba en el ambiente, a su aroma lo acompañaba el tufo de un pequeño buche de jugos gástricos. La algarabía era aturdidora y todas las mesas tenían migas de pan y manchas de salsa en el mantel. Tardaron en ubicar un sitio donde sentarse. Colándose entre la gente advirtieron una pequeña mesa con dos sillas libres. Ninguna se daba cuenta, pero pese a lo tentadores que eran sus atuendos, nadie parecía mirarlas. Distraídas mientras encontraban un sitio adecuado y luego, intentando ordenar un par de tragos, ignoraron la indiferencia que les regalaba el resto de la gente. Estaban ansiosas y Bárbara abandonó la compostura llamando al camarero con gritos y levantando las manos. Era inútil, el hombre no paraba de moverse y en ningún momento se percató del requerimiento. Frustradas, pensaban marcharse para beber y disfrutar en otro lugar, quizás menos concurrido y con mayores posibilidades de ser atendidas.

A punto de levantarse, las detuvo un tipo pelón de barba larga y blanca, con la ropa hedionda a trapo mal secado. Se presentó de inmediato por mera cortesía diciendo que se llamaba Ismael, sin tenderles la mano. La rudeza de su semblante se desvaneció al exhibir una sonrisa afable. Explicó que nadie podía verlas porque eran espectros o simples proyecciones sin cuerpo. Muda por necesidad, la muerta no escatimó esfuerzos para expresar lo sorprendida que estaba. Bárbara replicó preguntando por qué él sí podía percibirlas y los demás no. La respuesta fue tan sencilla y coherente que las fulminó con la carga de la verdad cuando estalla en el universo de las utopías. Ismael era otro espectro, la simple proyección de una chica rubia, delgada y fogosa que se desbarataba de risa coqueteándole a su pareja, un negro gordo y feo, cuyas cadenas de oro en el pecho, más las pulseras en una muñeca y el reloj brillando en la otra, dejaban claro que su seguridad estaba depositada bajo el cerro de su fortuna.

Curiosas, quisieron que Ismael se sentara con ellas. El tipo chasqueó los dedos y apareció una silla en el acto. Dispuesto a contestar sus dudas, preguntó primero qué deseaban tomar. Tras percibir la indecisión en las bebedoras primerizas, invocó un par de cervezas con el fin de lubricar sus papilas gustativas y, más animadas, ya pediría cada una lo que le apeteciera para mitigar o potenciar el efecto de sus revelaciones. Brindaron expectantes mientras a él le complacía ser el centro de la atención. Dijo que la muerta era capaz de cambiar su estado y recuperar el habla. Sin creerlo, ella miró a Bárbara, quien tenía la suspicacia tallada en el rostro. La desconfianza retó a Ismael y en lugar de esperar la pregunta de rigor, explicó que no era imposible, pero tampoco fácil. La muerta debía encontrar a una pareja copulando, abrazarlos en pleno acto y permanecer así hasta el final. Durante el clímax, la muerta sentiría una especie de alivio en el gaznate, como si desbloqueara el canal. Pasadas treinta horas mundanas ella volvería a hablar sin dificultades añadidas. El motivo de la peripecia radicaba en la causa de su muerte. Víctima de una violencia fatal, solo un contacto directo con el placer que podía prolongar la vida era capaz de producir la sanación del sufrimiento previo a su muerte. A Bárbara le inquietaba el modo de compartir con Rigoberto, su creador. Ismael advirtió que se trataba de un amor imposible, ya que la barrera material de la existencia no podía desfigurar las propiedades de los elementos. Bárbara pretendía convertirse en una excepción, la primera en el universo. Lo que sentía por Rigoberto, en lugar de quemar sus entrañas, agriaba su carácter dejando de creer en la bondad, al tiempo que tramaba acciones malignas.

El destello de los ojos de Bárbara iluminó de rojo el ambiente con la velocidad de un parpadeo. Esa fue la señal inequívoca que puso en guardia a Ismael. Nadie percibió el relámpago escarlata, pero él sí. Aguardó el momento propicio para iniciar el sortilegio de semejantes intensiones, todas arraigadas en el hogar del egoísmo, cuya motivación era el puro desafío para convertirse en la primera excepción universal. Siendo una proyección de la chica que coqueteaba con un negro gordo y feo, y sabiendo que su creadora era una fuente de proyecciones en serie, se le ocurrió sugerir hacer lo necesario para que Rigoberto copulara con ella. De ese modo, los tres, Bárbara, la muerta e Ismael podían controlar mejor el acto y obtener los resultados perseguidos sin errores lamentables. ¿Y cómo se llama?, preguntó Bárbara quemándose de celos. Arantxa, respondió Ismael en el acto, mientras observaba en el rostro de la muerta un claro gesto de temor, casi advirtiéndole que desechara la idea. ¿Acaso no quieres hablar?, ¿quieres quedarte muda eternamente?, la increpó. La muerta se debatía entre lo mejor para Rigoberto y su deseo más profundo. Justificó su decisión pensando que ella no debía asumir la responsabilidad por los actos de Bárbara, de modo que resbaló en la tentación y asintió sin más demoras.

El ritmo habitual del tiempo se vio modificado por un impulso multidimensional. Años deambulando por la ciudad sin rumbo ni propósito demacraron el semblante de Rigoberto. Cansado de buscarlas, creía verlas en todas partes. Sustituida cualquier ambición, la indolencia se le pegaba al cuerpo como un traje de plomo. Continuaba derrochando el tiempo como si pudiera rescatarlo con el mero deseo de hacerlo. Una tarde de mediados de febrero pateaba una lata por simple aburrimiento. Los transeúntes en la plaza ni siquiera se fijaban en él. Rigoberto era una pena con figura humana, no concebía la existencia sin su par de diosas, Bárbara y la muerta.

A punta de susurros, tanto Ismael como Bárbara y la muerta consiguieron que ellos, Arantxa y Rigoberto, se encontraran una tarde sobre la misma plaza, lugar de extintas rebeliones fracasadas, pantomimas de libertad condicional. El éxito pretendido se vio opacado al contemplar el aspecto sucio y deplorable que traía Rigoberto. De seguro Arantxa, trepadora y arribista por definición, lejos de sentirse atraída, sería cruel en el desplante. Todavía a tiempo, Ismael soltó un chorro de susurros como si de un mantra se tratara, con el fin de penetrar en el mundo de su inconciencia. Arantxa se rascaba las orejas como espantando un mosquito. Cuando la muerta la vio, giró su cara para decirle a Bárbara en su lenguaje mudo que Arantxa estaba estupenda y bella, pero antes de expresarlo, Bárbara soltó un wao que contenía la intensidad de sus celos y la desilusión de verse al borde del fracaso. Aquel bombón femenino estaba a pocos minutos de rechazar a Rigoberto, cuyo abandono de sí mismo lo había transformado en un hombre andrajoso y pestilente, hediondo a sudores rancios. Con un llanto sobrio e insuficiente para aliviar el terror de saberse muda para siempre, la muerta quiso retroceder, intentarlo otro día, pero nadie comprendió sus gestos y miró el choque de Arantxa con Rigoberto como un accidente fatal.

De los ojos de Rigoberto salieron un par de estrellas invisibles para los mortales. Los dos luceros viajaron en una fracción de segundo y descansaron en las pupilas de Arantxa. El contacto produjo una onda expansiva de luz incandescente que cegó la realidad, borrándola por completo. Desvanecido el efecto deslumbrante, Rigoberto cambiaba de aspecto a merced de los deseos de sus diosas personales. La muerta lo vestía y peinaba con formalidad impoluta y Bárbara luchaba para que luciera una pinta seductora y selectivamente descuidada, aunque con atención en la pulcritud de la imagen. Al final, ganó un híbrido entre ambas y Rigoberto tuvo el cabello hasta los hombros, una barba de tres días, una camisa sin corbata, un traje color aceituna de tela fina a la medida, calzando un zapato de piel color camel y el otro pie descalzo. El azul de los ojos de Arantxa brilló como nunca gracias al par de estrellas centellando en sus pupilas. Miró que le faltaba un zapato y soltó una carcajada divina. ¿Qué pasó?, dijo por decir algo y él, todavía envuelto en el mareo sorpresivo se limitó a contestar: no lo sé. Su tono de voz, ronco y profundo resonó en los delicados tímpanos de Bárbara, quien pareció encantada al instante. Volvió a reír. Sin resistirse, ¿lo acabas de perder? Creo que sí, dijo Rigoberto, ¿podrías ayudarme a encontrar mi zapato? En la búsqueda hubo risas, comentarios tan serios que sonaban como chistes y ocurrencias magistrales. Arantxa estaba interesada en él, pero él desconocía la trama y su carácter salvador para la muerta. Bárbara aprovechó el flujo de acontecimientos exitosos hasta el momento y contrarios al pronóstico lógico previsto para advertirle a la muerta que, si ella recuperaba el habla, la ayudaría a conquistar a Rigoberto. Cerrado el trato, Ismael sonrió y señalando el zapato que faltaba a menos de dos metros de distancia, le dijo a la muerta que se quedara tranquila porque cualquier cosa era mejor que seguir muda sin término. Pero mientras Bárbara hacía lo necesario para que ambos se fijaran en el zapato extraviado, la muerta se asomó a la realidad y Rigoberto la descubrió, aunque se ocultó tan rápido que él quedó dudando.

Cuando por fin se puso el zapato, Rigoberto observó que del cabello rubio de Arantxa emanaba un haz amarillento que resplandecía en el borde con una blancura cristalina. El efecto luminoso abarcó su cuerpo entero y ella, Arantxa, de pie junto a él, lucía como una virgen celestial en este mundo. Desvanecido el efecto deslumbrante, Arantxa cambiaba de aspecto a merced de los deseos de Ismael, la más habitual de sus proyecciones personales. Muy blanca y desnuda, los senos redondos y simétricos tenían los pezones de un pálido rosa y el pubis lampiño. De inmediato, Ismael volvió a vestirla porque notó el deseo ardiendo en el semblante de Rigoberto.

Sin separarse desde que se vieron, terminaron cenando y bebiendo vino blanco. Quiero que vengas a mi casa, dijo Arantxa, nunca me había pasado algo así, pero quiero que duermas conmigo, y era cierto porque quería ver el amanecer envuelta en sus brazos.

La alegría y la ansiedad de saberse cerca de conquistar la meta produjeron una breve celebración entre las proyecciones de ambos. La muerta casi no podía creer que recuperaría el habla, Ismael se pavoneaba como el científico que demuestra su teoría y Bárbara experimentaba el alivio de verse acompañada en su afán de conquistar a Rigoberto. El hecho de mirarlo copulando con Arantxa le asaltaba el corazón, pero se dijo que era el último obstáculo que tendría que salvar. Tan pronto entraron en el apartamento de Arantxa, las tres proyecciones disfrutaron del acercamiento verbal, plagado de miradas seductoras y frases cariñosas. Cuando Rigoberto le cogió la mano, el contacto de sus pieles agitó el aire atrapado en la estancia. Los cabellos rubios de Arantxa flotaron con suavidad atractiva y fue el momento del primer beso total. Ella lo condujo a su habitación. Se desvistieron con prisa, intercalando besos con sus movimientos. Ismael ordenó a la muerta que se posara junto a Arantxa y notó la amargura en el semblante de Bárbara. Decidió mantenerla cerca para evitar que sus celos estropearan el acto con un impulso irreflexivo. Bárbara miraba a la pareja en el lecho de amor sin percatarse que Ismael estaba a su lado. La muerta se tumbó sobre el cuerpo de Arantxa y sintió que se había puesto un traje de astronauta. Podía ver a Rigoberto, pero su imagen estaba levemente distorsionada, como si lo mirase a través del cristal de un casco. El placer la invadía al mismo ritmo que conquistaba el cuerpo de Arantxa. Sin sorprenderse, Ismael detectó que Bárbara quería colarse y formar parte para arrancar al menos una migaja del gozo. Al estrellarse con el brazo de Ismael, lo miró suplicante y este le permitió besar la espalda de Rigoberto. Agradecida, derramando lágrimas de frustración, lo hizo devotamente, vertiendo su desgarro en cada beso hasta que llegó a sus nalgas. Entonces, Ismael la separó y la contuvo observando en sus ojos el dolor del sacrificio que ella hacía para salvar a la muerta.

No fue uno, sino dos amaneceres los que contempló Arantxa en brazos de Rigoberto. La muerta hablaba a placer y describía lo imposible: la condena del silencio. Bárbara estaba harta por la demora, no entendía por qué Arantxa continuaba gozando con su amado si la muerta ya podía hablar. Ismael dejó de oponérsele y le concedió la razón. Era imperioso separarlos para evitar que Bárbara causara una catástrofe en medio de su desesperanza. La muerta, recordando la advertencia de Ismael, no pudo convencer a Bárbara, quien no abandonaba su deseo de convertirse en la primera excepción universal.

Pillaron a Rigoberto a solas en la cocina. Su par de diosas, sus dos proyecciones íntimas fueron a su encuentro. A él le costaba un esfuerzo sobrehumano mantener la compostura y no dar brincos de alegría por el hallazgo. Cuando se calmó, procedieron a explicarle lo sucedido. Rigoberto no salía de su asombro y mucho más al escuchar a la muerta hablando. Sin un ápice de romanticismo, más bien presa de impaciencia, Barbara le dijo que debía alejarse de inmediato de Arantxa. ¿Por qué?, preguntó Rigoberto visiblemente afectado. Pues, porque te amo, dijo Bárbara con determinación infernal. El silencio cortó la escena con sus filos de deseo imposible y de atracción mutua. ¿Y acaso puedes ser mía?, indagó Rigoberto esperanzado. ¿Es que no lo sabes?, dijo Bárbara, ya lo soy, siempre he sido tuya. Ismael interrumpió las declaraciones de amor diciendo: son tus proyecciones, en ese sentido, siempre han sido tuyas. ¿Y este quién es?, quiso saber Rigoberto. Soy una proyección de Arantxa, me llamo Ismael y ya se lo he explicado a Bárbara muchas veces, dijo e insistió: la barrera material de la existencia no puede desfigurar las propiedades de los elementos. Entiendo, dijo Rigoberto, pero según lo que me contaron ellas, también yo soy una proyección de mis proyecciones. ¿Cómo?, preguntó Ismael estupefacto. Entre ellas variaron mi aspecto, respondió Rigoberto, fíjate. Claro, asintió Ismael con desconcierto. Para ellos fue evidente que, pese a su sabiduría, no encontraba explicación al fenómeno, de hecho, ni siquiera había reparado en ello con la necesaria atención. Aguardó unos instantes y se animó: si bien es cierto que todo lo material primero existió en el reino inmaterial, llámese imaginación, pensamiento o creatividad, lo inmaterial que ha sido creado por la materia no puede a su vez crear materia, ya que su naturaleza inmaterial en realidad es una proyección.

Bárbara volvió a suplicar un favor de Ismael: que se llevara a Arantxa, que la sacara un buen rato para poder disfrutar a solas con su amado. La muerta estuvo de acuerdo y, para minimizar riesgos, serviría de vigilante o ángel custodio de los actos de Bárbara. Ismael recurrió a su vieja táctica. A punta de susurros como si fuera un mantra y rascándose la oreja, Arantxa dijo que iría al gimnasio y que volvería en un par de horas. Rigoberto se deleitó mirando a Bárbara que se paseaba desnuda por todas partes. Bailaba para él y varias veces le sacó una sonrisa aprobatoria a la muerta, quien también se divertía con las ocurrencias juguetonas de Bárbara. Intentaron acostarse sin lograrlo. Rigoberto penetraba el vacío. La veía, la percibía, pero su delicado cuerpo y la lozanía de su piel no eran más que aire. Presa de la angustia, Bárbara rompió sus límites e invitó a la muerta a la cama. ¡Ayúdame!, gritó. La muerta, sin ninguna fe en lo que haría, se acercó obediente hasta que Bárbara estalló en llanto. Somos tus proyecciones, dijo entre sollozos, Ismael tuvo razón, somos la nada. Pero yo también puedo ser una proyección de mis proyecciones, repuso Rigoberto. La muerta abandonó el lecho y volvió a la silla junto a la cama. Desde ahí dijo: tenemos que resolver esta situación, se trata de lo más importante en nuestras vidas. Proyéctame, dijo al fin Rigoberto. Se tumbaron desnudos, uno al lado del otro sin tocarse. Otro Rigoberto, la proyección de Bárbara, apareció en la habitación. Con los músculos mejor delineados y sin pizca de grasa, acarició a Bárbara hasta consumar el acto. Arantxa volvió queriendo darse una ducha. Miró a Rigoberto desnudo y durmiendo con una sonrisa de satisfacción tan amplia que le pareció un crimen despertarlo. Ismael y la muerta celebraban en la sala el nuevo descubrimiento. 

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