[Predominio: 6—. Propuesta]

Elena trabaja las últimas jornadas, las de su preaviso. Decidimos marcharnos el 20 del mes que viene. Aunque pasa de tres a cuatro días seguidos en mi casa, nunca quiso mudarse por completo, de modo que esta semana ha comenzado a traer sus cosas, aquellas con las que piensa largarse. De momento no son muchas. Nos llevaremos una maleta cada uno y un bolso de mano. Perderemos lo demás, pero nos decimos que en cuanto las circunstancias lo permitan, haremos lo que haga falta para rescatarlas.

Ella no lo sabe, pero tuve que notificar mi partida a los traidores que hacen fortuna con mis reportes. Cuando me reclutaron, pensé que eran personajes legítimos, dignos del sacrificio y los retos que me encargaban. Tras los fracasos incesantes, descubrí que tenían otra agenda, un propósito inconfesable y muy lucrativo a la hora de canjear datos. Primero me sentí traicionado, luego comprendí que, para ellos, la perfidia configuraba la única forma de superar las purgas. Sacaban provecho de una lucha inútil vendiendo lo requerido para anticipar acciones y evitar sorpresas. Contrario a lo que esperaba, implicarse en la felonía era el aval de continuidad.

Cae la tarde y en pleno apagón me pongo a barrer. Lo hago para matar el tiempo, para drenar un poco mi inquietud. Las cerdas negras de la escoba apuntan al suelo como agujas gruesas, casi como si fueran a rayarlo en lugar de ayudarme a despejar el polvo. Justo antes del corte eléctrico, empezaron las detonaciones. Por su cercanía deduje que hoy una de las protestas rondaba por mi casa. No deja de sorprenderme las realidades paralelas que discurren al mismo tiempo, ya que, mientras unos cuantos muchachos arriesgan su vida enfrentando lobos uniformados sedientos de sangre y perversión sexual, el resto subsiste como si nada estuviera pasando.

Recibo un mensaje en mi teléfono: Estoy aquí, baja. Se trata de Amy Midland, la coordinadora de mi equipo. Me asomo por el balcón. Pese a la escasa luz solar, logro verla recostada a un poste. Bajo siete pisos por las escaleras, cuyas luces de emergencia están dañadas o titilando. Enciendo la linterna de mi teléfono para mirar los escalones y la apago cuando salgo a la calle.

Es una mujer atractiva, aunque vestida como vino, sin las formalidades habituales, luce mejor a mi gusto. Con buenas tetas, suele llevar camisas apretadas a la altura del pecho. Sus nalgas son pequeñas, aceptables. Siempre he creído que ella quisiera tener un culo más provocador, como tantas latinas. El detalle estriba en sus piernas. Demasiado flacas, son un par de canillas que hieren su figura. En conjunto, su carácter frío, de expresiones lacónicas y lapidarias, se acentúa en su mirada con el azul pálido de sus ojos. Si bien es atractiva, Amy Midland no es una tipa simpática. Está bien que quieras irte, dice sin saludarme, pero habrá cambios. ¿Cuáles?, pienso, y guardo silencio. Olvídate del 20, porque no podrás salir. ¿Por qué no?, pregunto. Nadie podrá hacerlo, dice, están a punto de decretar restricciones de movilidad. Hace una pausa y me observa con su mirada gélida. Tu renuncia fue rechazada a cambio de operar con otras fuentes. Así me notifica y me propone un trato. ¿Haciendo qué?, pregunto. Lo de siempre, dice y me advierte, te van a contratar como analista de riesgos.

[Predominio continúa: 7—. Problema]

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