[Predominio: 7—. Problema]

A menudo Elena me pregunta por qué estoy desanimado. La fecha de nuestra partida se acerca y nota que algo no va bien en mí. No es desánimo, son dudas, pienso, pero no digo nada. Prefiero guardar silencio y disfrutar el entusiasmo que ella me regala. Espero un correo, una llamada o una visita, algo que ponga a rodar la propuesta de Amy Midland.

A media tarde del 13 los noticieros estallan con la publicación del decreto. Quedan prohibidos los desplazamientos. Es por nuestra seguridad, dicen, por nuestro bienestar. Nos encierran, tal y como me dijo Amy. La medida entra en vigor a partir del 15, de modo que Elena se apresura a llamar a la línea aérea para saber cuáles son las opciones que tenemos de reprogramar el vuelo. Fija nuestra salida para el 25 del mes que viene, ya que, en principio, la prohibición será por treinta días.

Los focos de protestas han cesado. La calma urbana se toma como el triunfo definitivo sobre los disidentes. Sin embargo, los rumores aseguran que eso es falso, insisten en que se trata de una tregua, dada la dificultad que tienen los rebeldes para organizarse en medio de las restricciones de movilidad.

El día 20 viene a buscarme un tipo que mide un metro noventa o más. Es blanco, pero tiene la piel tostada por el sol. Muy desaliñado, su barba de vikingo amerita un arreglo con urgencia. En la acera, antes de subirme a su moto de baja cilindrada, descubrí que un moreno le servía de acompañante en otra moto. Me llevaron a un barrio ubicado al oeste de la ciudad. Llegamos a una casita encaramada cerca de la cima de una colina. Las calles están casi desiertas. Me invitan a entrar y percibo un intenso olor a cemento. Las construcciones de la zona son la expresión de la anarquía y la pobreza. Desde ahí puedo ver que las calles angostas serpentean por las laderas dibujando laberintos fatales. Es fácil advertir ropa colgada puesta a secar vibrando por las sacudidas del viento. Las escaleras dan acceso a recodos imposibles desde la vía. Sobre la única mesa están dos pistolas Glock .40 S&W y un fusil AR-15. Esperamos en silencio. Los dos tipos me custodian despreocupados. Tampoco hablan entre ellos. Al rato llega Amy Midland, también en una moto de baja cilindrada. Se quita el casco, sacude el pelo y no gana ni resta atractivo en el acto. Entra sin contestar los saludos. Pone el casco sobre la mesa, al lado del fusil. No se sienta, me mira y dice que hay un problema. Ya me extrañaba, digo. Ella ignora mi comentario y agrega que casi todo está listo para mi primer encargo. ¿Entonces?, pregunto, ¿qué hace falta?

—¿Qué vamos a hacer con Elena? o, mejor dicho, ¿qué vas a hacer con ella? 

[Predominio continúa: 8—. Opción]

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