NO ES UNA NEGOCIACIÓN

A Mayu—.

Eran las seis de la mañana cuando Iván despertó alterado por un torbellino de recuerdos. Se levantó y miró por la ventana de su habitación. Escuchó el bullicio urbano amortiguado por el cristal. Sustituyó lo que veía por otro paisaje, cuya belleza era tan penetrante como ficticia. Las cumbres rocosas de las montañas se alzaban en su imaginación con la claridad de un cielo sin nubes. Esa visión le produjo un dolor melancólico y ese dolor se transformó en rabia mientras se dirigía al cuarto de baño. No estaba arrepentido, pero en ese momento quiso ser un hombre sencillo dedicado a las labores del campo. No sabía nada de agricultura ni de ganadería y su ignorancia al respecto era la fuente de su deseo matutino. En la ciudad, los nubarrones teñían de gris el ambiente preñado de lluvia. Bajo la ducha, Iván continuó pincelando su cuadro mental y le concedió mucho poder al sol, porque eligió el verano, con el fin de justificar mejor su fuga en medio de unas vacaciones tranquilas. Bien iluminados, los árboles en las montañas se balanceaban con suavidad empujados por el viento y reemplazó la calle frente a su edificio por un río centellando en el fondo de aquel valle encantado.

(Vergara ya tenía listo el equipo).

Tratando de no hacer ruido para no despertar a Amy, su esposa, se vistió con lentitud, pero ella no estaba dormida, solo intentaba ganar unos minutos más de sueño sin éxito. Con la afonía que caracterizaba su voz antes de salir de la cama, ella le dijo que quería pasar las próximas vacaciones en una casa de campo, rodeada de montañas y, de ser posible, cerca de un río. Iván sonrió.

—Estaba pensando lo mismo.

(Vergara escuchaba y apuntó que Amy era tan estúpida como todas las mujeres burguesas).

Iván salió del dormitorio y al llegar al vestíbulo lo encontró tan apacible como siempre. Todo en orden. Vio a Celia, la criada colombiana que pasaba con delicadeza el plumero sobre el mobiliario del salón.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días, señor.

Atravesó el comedor de doce sillas, con aparador de media altura coronado por un espejo del mismo ancho y justo en el centro, la típica lámpara redonda y enorme con sus lágrimas de cristal. Abrió la puerta batiente de la cocina, pero Nailyn, la criada cubana, le cortó el paso.

—No se preocupe, señor, si quiere le llevo el desayuno a la terraza.

—No, gracias, creo que va a llover. Mejor sírvamelo aquí —se sentó en la mesa redonda de la cocina, sacó su IPhone y abrió la aplicación Twitter.

(Por doctrina, Vergara odiaba a quienes tenían criados, pero como Iván y Amy además de tener dos, una de ellas era cubana, a ellos los torturaría hasta desangrarlos. Por supuesto que a Nailyn la obligaría a presenciar el castigo y después la mataría, por gusana).

Iván había despejado su agenda, de modo que el último día de trabajo, antes de salir de vacaciones, dedicó la tarde a reunirse con su equipo para recibir el reporte actualizado de los asuntos pendientes y establecer las instrucciones generales con el fin de evitar sorpresas durante su ausencia. Era socio de una firma de abogados lo suficientemente antigua como para gozar del prestigio que concede el transcurso del tiempo y esconder bajo ese manto de respetabilidad las prácticas inmorales que iban convirtiéndose en regla en lugar de excepción.

Claudia, especialista en recursos de casación le comentó que Ortega, uno de sus abogados junior, resentía que las élites del país hayan permitido que los progres o la gentuza de izquierda controlara tantos medios de comunicación, es decir, tv, radio, prensa, cine, editoriales… En definitiva, permitieron que el entretenimiento y las noticias, la difusión de la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, dependiera del criterio enlatado de una pandilla de impresentables, con intereses aberrantes.

(Vergara escuchaba y salió del aburrimiento).

—Tal vez Ortega ignora que todo es un negocio y que el único que puede subsistir con pérdidas es el gobierno.

—Eso mismo le he dicho —dijo Claudia—, pero Ortega insiste en que esa manera de pensar es egoísta.

—¡Claro que es egoísta! Las empresas tienen éxito porque sus creadores desean triunfar, asumen los riesgos y se esfuerzan para obtener ganancias. Nadie en esta vida se arriesga y emprende un negocio por altruismo.

(Vergara clasificó a Ortega como un sujeto rebelde a diferencia de Iván, a quien tenía en la lista de las ilustres nulidades).

Tan pronto llegaron a la casa de campo que había alquilado Amy, Iván detectó que las montañas no la rodeaban y tenían menos altura que las que él imaginó. Sus picos no eran rocosos y se trataba de una cordillera cualquiera y lejana. El río más cercano se encontraba a poco más de cinco kilómetros y para verlo tuvieron que andar entre la vegetación, sorteando nubes de mosquitos durante una hora y cuarto. A diferencia de Amy, en vez de divertirse con la travesía, Iván se puso de mal humor.

Ensimismada y presa del júbilo que le causó el murmullo del agua, Amy pegó una carrera hasta la orilla. Gritó de emoción y tras beber y mojarse la cara, decidió que no era suficiente. Comenzó a desvestirse.

—¿Qué haces? —preguntó Iván.

—¿Tú qué crees?, ven y nos bañamos juntos.

—Prefiero mirarte.

(Vergara apuntó que Iván, como buen burgués, solo tenía sexo con su esposa cuando estaban en la alcoba y fuera de ella, rechazaba cualquier comportamiento que pudiera conducir a la excitación ya que no sería lo propio de una pareja digna y decente. También apuntó que Amy fue capaz de bañarse completamente desnuda en ese río y disfrutarlo, pese al rechazo de su esposo).

Iván cambiaba de postura a cada rato ya que la incomodidad de la piedra sobre la que estaba sentado le impedía relajarse y permanecer en la misma posición. Era una tarde calurosa y los olores silvestres impregnaban el aire. Se acercó al agua y en cuclillas se refrescó bebiendo y mojándose la nuca. Iván contemplaba las brazadas de Amy con un vanidoso sentimiento de pertenencia.

(Vergara solo escuchaba chapoteos).

Amy salió del agua y sin vestirse abrazó y besó a Iván. Él se dejó besar con cierta reserva, ya que le desagradaba que ella empapara su ropa o peor, que quisiera ir más allá del beso justo ahí, al aire libre, en el lecho del río. A ella le fascinaba desafiarlo con ese tipo de situaciones, disfrutaba al percibir su incapacidad para manejar las circunstancias sin perder el decoro. Esa tarde, abrazarlo y besarlo cuando él estaba totalmente vestido y ella completamente desnuda, la excitó más de lo habitual.

—¿Por qué no lo hacemos aquí mismo? —preguntó Amy.

—Cualquiera podría vernos.

—¿Y qué?

—Vístete. Ya sabes que no vas a convencerme —pausa—. Se hace tarde, quiero regresar antes de que el sol se ponga.

(Vergara escuchó y se dijo: par de imbéciles, burgueses tenían que ser).

Después de la primera semana, Iván notó que su hastío superaba el tamaño de las montañas que veía desde el cobertizo de la casa. Mientras Amy se tomaba el primer café de la mañana, Iván aprovechó para comentarle que el día que decidieron pasar ahí las vacaciones, en medio del campo, él despertó atacado por un torbellino de recuerdos.

—¿Tuviste una pesadilla? —preguntó ella.

—No, recuerdos, solo recuerdos y con ellos, una sensación de angustia tan indescriptible como inolvidable.

—¿De tu infancia?

—No, eran los momentos que viví cuando me tocó reunirme con el vicepresidente JV…

—Ya, entiendo —interrumpe. Pausa—. Amor, no pienses en eso, ¿quieres?, estamos bien, estamos disfrutando de nuestras vacaciones, estamos en una casa soñada en medio del campo. No estropees el descanso que mereces.

(Vergara sonrió. Por aquella reunión en el palacio de gobierno le ordenaron mantener a Iván en estrecho seguimiento. Disponía de su perfil antes de llevarlo a cabo, el cual quedó corroborado: Iván era una larva más. No obstante, aunque ya no lo vigilara con el rigor que supone una posible amenaza, Vergara decidió continuar espiándolo a través del IPhone de última generación que tenía Iván. El motivo era simple. Vergara intentaba justificar uno de sus proyectos para la formación de nuevos oficiales. Consistía en realizar un estudio pormenorizado acerca del modo de ser de la burguesía en el país. Para ello, al contrario del resto de las misiones encargadas, cuyo propósito siempre estaba especificado, en su proyecto era necesario obtener el máximo de información posible. Los sujetos susceptibles de observación se escogían o se descartaban antes, pero una vez elegido un individuo, nunca se eliminaban los datos conseguidos, por más íntimos o irrelevantes que pudieran parecer).

Iván oyó que Amy lo estaba llamando. Salió al cobertizo y la encontró sentada en una hamaca. La tarde desfallecía. Se acercó, le dio un beso y pensó que era muy afortunado por tenerla. Siempre creyó que con el tiempo le gustaría menos hasta perder toda atracción hacia ella. Estaba equivocado, le encantaba, la veía bella y le atraía más ahora que en los primeros tiempos. El bochorno pasaba y la tibieza del final de la tarde, entre brisas interrumpidas, se rendía poco a poco al frescor de la noche ya en ciernes.

—Acompáñame —dijo Amy y le hizo señas para que se acostara con ella.

Contemplando el ocaso sobre la misma hamaca, Amy preguntó:

—¿Para qué fue aquella reunión?

—¿Con el vicepresidente JV…?

—Sí.

—Para evitar que expropiaran los silos y la hacienda de Jiménez.

—Claro, ya me acuerdo. Estabas muy tenso, pero al final negociaron, ¿verdad?

—Sí, se salvaron los silos, la hacienda, no.

—¿Y en eso quedó todo?

Iván hizo una pausa antes de contestar.

(Vergara se puso en guardia).

—La verdad es que no —Amy lo miraba expectante e Iván prosiguió—: Tuvimos que cambiar los miembros de la junta directiva que administraba los silos, nos obligaron a incorporar a dos tipos afectos a la revolución. Además, todos los meses debo elaborar documentos ficticios para encubrir el dinero que la empresa le paga a JV como supuesto asesor externo.

—¿Una vacuna? —dice Amy indignada.

—Digamos que es una especie de garantía para que al gobierno no se le antoje de nuevo expropiar los silos. Si pasara, no creo que podamos evitarlo otra vez.

—Es el colmo. Todos los revolucionarios dan asco.

(Vergara sabía lo que Iván aún no le ha dicho a Amy, aunque a su parecer, ya le ha soltado demasiado. No le dijo que, en esa reunión, el propio vicepresidente JV le advirtió a Iván y a Pedro Luis, uno de sus socios, que serían monitoreados durante un tiempo por razones rutinarias. Tampoco le dijo que Franklin, un allegado y protegido de JV, quería comprar el porcentaje de acciones del banco que tenía Iván y que este se negaba a vender. Al oír el comentario de Amy, Vergara dejó de tomar nota, sencillamente tachó su nombre con tinta roja).

A tres días para culminar las vacaciones, Iván estaba tan relajado que había caído en un letargo sin fondo. Antes del mediodía recibió una llamada de Claudia. Los asuntos en el despacho estaban en orden, pero la sorpresa era que Franklin ahora quería pagar menos por las acciones del banco.

—Será un error, ¿no? —dijo Iván.

—No lo creo porque JV quiere reunirse contigo.

(Vergara disfrutaba, pero aún no podía cantar victoria).

Amy no quiso regresar y alegó que podía quedarse dos días más completamente sola.

(Vergara disfrutaba el doble).

Amy estaba tan a gusto en aquella casa en medio del campo que hasta pensaba en comprar alguna por esos lares.

En la ciudad, el goteo perezoso de la lluvia se prolongaba como si la tubería del cielo padeciera muchas filtraciones. Eran las diez de la mañana cuando vinieron a buscarlo. Iván vio que dos todo terreno negras se detuvieron frente al portal de su edificio. Tres hombres bajaron de ellas, dos de la segunda y uno de la primera. Por sus movimientos dedujo que eran militares, aunque vestían como civiles. No lo llevaron hasta el palacio de gobierno. En la sede de la inteligencia militar fue escoltado hasta una oficina amplia y lo invitaron a sentarse frente a una pantalla colgada en la pared. Esperó en silencio diez minutos hasta que entró el general Rondón. Iván notó que los tres hombres que lo acompañaban se pusieron rígidos. Solo él estaba sentado y no se levantó porque el general Rondón tomó asiento sin más formalidades.

—Antes de explicarle por qué está aquí, quiero que vea esto con atención— miró a uno de sus secuaces y este procedió a encender la pantalla.

Comenzaba a llover con fuerza y los cristales se llenaron de gotas. Oyeron un trueno. Todavía no era mediodía y la escasa luminosidad por culpa de la tormenta se asemejaba a la que tenían las tardes justo antes de morir.

En la pantalla apareció una casucha deteriorada en medio del monte. Resultaba imposible saber la ubicación. Además, era una película muda. El cinc se intercalaba con las tejas en mal estado. Las dos ventanas del frente estaban cerradas con bloques de ladrillos y una tabla en diagonal. Por la altura de las hierbas era fácil advertir que alcanzaban la cintura. Cuando el que filmaba abrió la puerta, la penumbra de un pasillo oscureció la pantalla hasta que se encendió una bombilla que colgaba de un cable en el techo. Giró a su derecha y dejó la cámara en un rincón durante varios minutos. En la oficina reinaba el silencio. Iván carraspeó y dijo:

—¿Qué pasa?, no entiendo nada. General, ¿me va a decir por qué estoy aquí?

—Ya vamos a hablar, hágame caso y preste atención.

(Vergara disfrutaba el triple).

Cuando Iván estuvo a punto de levantarse, la pantalla dio cuenta de un movimiento brusco hasta que se estabilizó. El descalabro de Iván lo paralizó. En la imagen apareció Amy completamente desnuda, sentada, amordazada y con las manos y los pies atados. No tenía rastros de golpes, aunque su cara era el puro reflejo del terror. Sus ojos rojos e hinchados demostraban que había llorado de ira, impotencia, incertidumbre, miedo, pero no de cobardía.

—¿Qué pasa? —preguntó Iván— ¿Dónde está Amy? —e intentó levantarse. Uno de los tipos lo empujó contra la silla obligándolo a permanecer sentado.

—Quieto —dijo—, mire que vamos bien.

—¿Ahora entiende lo que pasa si uno abandona a su mujer y la deja sola en el campo? —preguntó el general Rondón.

Un matón con el rostro cubierto, camiseta roja y un fusil AK47 cruzado en el pecho se ubicó a un lado de Amy. Alguien encendió el sonido de la película para que Amy dijera unas palabras.

—Iván, amor, por favor acepta lo que te digan. Esto ya no es una negociación.

Y la pantalla se puso en negro.

Dejó de llover, aunque el cielo seguía encapotado.

El general Rondón le extendió un documento en el que Franklin se comprometía a pagarle un tercio del valor total que tuvo su oferta inicial.

—Si firma, puedo asegurarle que su esposa volverá el día que se protocolice la operación de compra venta de acciones con todas las formalidades del caso.

Iván firmó, pero Amy nunca regresó a casa.

(Vergara pudo cantar victoria).

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