UN TOQUE A BALZAC

El viejo está visiblemente excitado e irritable. No tienes idea de cómo abordarlo. El periódico informa sobre la decadencia, igual que todos los días. El trabajo se deprecia, el trabajador se desprecia. Nada nuevo y sin embargo los escándalos producidos por dicha constante histórica continúan acaparando el tiempo del público. Nublan la creatividad e impiden el progreso. Entonces te dices: ¿Será que al viejo le angustia la situación actual? No aguantas, la curiosidad gana y lanzas una pregunta con la esperanza que lleva el clavadista de encontrar agua en la piscina:   

—¿Existe algún autor que no dibuje al individuo en un espacio reducido, aplastado por la masa y aislado para sobrevivir?

—¿Para qué quieres saber eso?

—No sé, quizá sea mejor tema que los problemas que agobian al país.

—¿Cuál país?

—No empieces. Contesta mi pregunta, por favor.

—Tienes razón. ¿Para qué seguir perdiendo el tiempo con catarsis inútiles?

—Ni tú ni yo pagaremos la cuenta con discursos elocuentes sobre lo que deberían hacer los políticos.

—Exacto.

—Presta atención. Hubo un genio que retrató a sus personajes como hebras de un tejido enorme.

—¿Cómo se llamaba?

—Honoré de Balzac.

—Pero ¿no es el novelista predilecto de la crítica marxista?

—¡Por Dios! ¿Qué dices? ¿También vas a repetir como un loro lo que expresan aquellos obstinados, amantes del pensamiento único?

—Solo digo lo que aprendí en la universidad… Disculpa.

—Pues ya es hora de que leas El canon occidental de Harold Bloom.

Te pide que le alcances el libro. Busca con paciencia la página que desea.

—Escucha: “¿Por qué conformarnos con politizar el estudio de la literatura? Reemplacemos a los comentaristas deportivos por lumbreras políticas como primer paso hacia la reorganización del béisbol… Las responsabilidades políticas del jugador de béisbol serían tan pertinentes, ni más ni menos, como las responsabilidades políticas, ahora proclamadas a los cuatro vientos, del crítico literario”.

—Está bien. Me convenciste. Lo voy a leer.  

—Nunca es tarde. Y a propósito del tiempo y las oportunidades, recuerda que, a los cincuenta y un años, durante la primavera de 1850, Balzac cumplió uno de sus más grandes anhelos: Casarse con la señora Hanska. En pleno verano del mismo año, escasos meses después, el 18 de agosto, murió.

—¡Qué injusticia!

—La vida no trae a la justicia como una impronta en el nacimiento.

—Pero todos tenemos derecho…

Te callas. El gesto que adviertes en el rostro del viejo es tan elocuente que prefieres dejarlo así. Notas que ya está animado. Te dice que el carácter de Honoré de Balzac fecundó muchas anécdotas. Al parecer sufría de cierta esquizofrenia literaria o algo así. A menudo dejaba ver que existía como personaje más que como humano de carne y hueso. Enfermo, ordenaba llamar al médico de sus novelas. Decía que solamente podía creer en su diagnóstico. El fenómeno contrario también se advierte con nitidez en su obra. Son muchas las zonas reales que están insertas en la ficción inmortal del autor. Como dice José María Valverde: “Balzac es, ante todo, el mejor personaje de Balzac”.

—Sé que su obra es extensa.

—Así es. Albergaba un plan ambicioso, ciento treinta y siete novelas reunidas bajo un mismo título: Comédie Humaine. Alcanzó a terminar veinticuatro y un mayor número de narraciones cortas o medias, las cuales se clasifican en: Escenas de la vida privada; Escenas de la vida provinciana; Escenas de la vida parisiense; Escenas de la vida política; Escenas de la vida militar; Escenas de la vida de campo y Estudios filosóficos.

—Sus creaciones no le agradan a todo el mundo.

—Lógico. Eso sucede con los innovadores. De hecho, el gran Flaubert dijo que Balzac era “un inmenso buen hombre de segunda fila”. Para mí, eso prueba que la lectura de Balzac es un ejercicio complejo y fascinante a la vez. Abundan descripciones psicológicas, fantasías ricas en imágenes, llenas de lírica y la espiritualidad se derrama en la frontera entre lo religioso y lo mágico.

—Dame un ejemplo.

La piel de zapa que se encoge cuando el dueño obtiene lo que desea.

—¿Cuál de todas te gusta más?

Papá Goriot. Cuenta la historia de un anciano que ama a sus hijas, pero ellas no le obedecen. Lo utilizan para sus trampas y dejan que muera completamente abandonado.

La tristeza acarició los párpados del viejo. Es obvio que aún goza de una mente brillante. Ha contestado tu pregunta y además te ha dicho por qué estuvo tan excitado e irritable cuando lo saludaste.

Carraspeas y:   

—¿Pido la cuenta?

Nota: publicado en la sección de literatura, revista Petróleo YV, Grupo Energizando Ideas.

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