LA SEGUNDA PROPIEDAD

A mis padres—.

[La fuga práctica: 3. La segunda propiedad]

Para el individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión, sin duda, una vida sin libertad no tiene sentido. Pero, siendo la libertad un valor que le pertenece, no puede proyectarla desde la negación total de los valores y principios que la fundan. Por más que tenga que arrasar con el mamotreto de la inmoralidad presentada como si fuera justicia, para someter, con o sin engaño, a los esclavos de forma evidente o no, ha de creer en algo. Esa creencia, de alguna manera tiene que ser capaz de distinguir lo benigno de lo maligno. Es cierto que en nombre de Dios se han cometido innumerables crímenes y se han librado guerras que, desde la perspectiva que se gana con el tiempo, lucen absurdas. La sangre y el dolor humano han dejado una huella indeleble en el porvenir. Desde el pasado, el eco silente de los gritos llega a la actualidad, aturdiéndolo todo, como una carga inadmisible en cuanto a su razón de ser.

Si se derriba la idea de Dios, a la vez que se abandona su creencia, el nihilismo surge como una conclusión pura. Tras examinar ciertos pensadores que se declararon ateos, como Marx y su materialismo, o cualquiera de los hegelianos de izquierda, se advierte que, en efecto, han sustituido una idea por otra. Luego, la fe en Dios se cambió por la fe en el Hombre, el Espíritu, el Estado, por ejemplo, y han tomado su lugar. Para Max Stirner, tal sustitución representa nuevos ídolos, basados en la creencia de la eternidad de las ideas. Para él, profetas y filósofos solo han inventado novedosas maneras de enajenar el Yo, que es el Único. Tal y como afirma Camus en El hombre rebelde, Stirner “sostuvo que antes de Jesucristo, solo había la idealización de la realidad. Con Jesucristo, se alcanza el propósito y comienza la realización de lo ideal”. Por medio de la sustitución de las ideas tenidas como eternas, el marxismo y los hegelianos, en su ataque contra el Yo, de Stirner, configuran esfuerzos para someter al individuo con el fuete de las abstracciones. Entonces, Dios, Estado, sociedad, humanidad, proletariado, cumplen con el mismo fin, en todos los casos, místico e inútil al Único. Por algo Stirner sentenció: “Nuestros ateos son en realidad gente devota”. Y se atrevió a resumir todas las creencias religiosas e ideológicas al afirmar que “solo ha existido un culto en la historia universal, el de la eternidad”. Además, el individualismo que propugna Stirner se opone a cualquier cosa que no sirva a las exigencias del egoísmo. “El más allá exterior es barrido, pero el más allá interior se ha convertido en un verdadero cielo”. El individualismo llega a niveles extremos y todo bien, para Stirner, es “aquello que puedo utilizar”. Así pues, los asesinatos selectivos o en masa encuentran un soporte filosófico que los justifica, el terrorismo también. El individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión no tiene otra alternativa que rechazar los postulados de Max Stirner. De no hacerlo, en lugar de un orden, donde las oportunidades para desarrollar sus iniciativas no encuentren restricciones, con el fin de construir la prosperidad, abriría las compuertas del caos que legará las ruinas del mundo, señalando la única ruta posible, esto es, la destrucción total.

Al examinar el anarquismo, se encuentra un obstáculo que se debe superar, pese a lo atractivo que resulten sus postulados. Aquellos que, describiendo un sistema precioso, rechazan la propiedad privada como fundamento clave, prometen la liberación a través de un entramado colectivo que niega, de antemano, la naturaleza imperfecta de la humanidad, con toda su carga de defectos y virtudes al mismo tiempo. Pretender la abolición de la propiedad privada los convierte en liberticidas. La autonomía y la independencia individual sufren un exterminio en favor de un bien común que, en última instancia, no es más que otra forma de imponer la esclavitud. Aunque se oponen a la existencia del Estado, los conocidos anarcocomunistas y los anarcosindicalistas, abiertamente contrarios a la propiedad privada para el surgimiento de una sociedad igualitaria, es decir, sin clases, niveles o estratos, impiden la autodeterminación del individuo sin restricciones. El denominado mutualismo reunido en torno al francés Pierre-Joseph Proudhon, tampoco resuelve el problema. Cuando afirmó que “la propiedad es un robo”, entendiendo la posesión de un bien como el uso legítimo del mismo, negó la naturaleza imperfecta de la humanidad, ya que el ansia de acumulación y la tendencia a la explotación no desaparecen por el simple reemplazo del término. Ahora bien, si dentro del sistema propuesto por Proudhon es imposible que brote la acumulación de posesiones o la explotación de quienes poseen sobre los que aún no lo han conseguido, debido al reparto igualitario de los bienes, entonces, también se obtiene que la autodeterminación del individuo es una ficción.

Aunque para buena parte de la tradición filosófica, Proudhon ofrece una vía intermedia entre los individualistas y los colectivistas del anarquismo, su propuesta es inviable, ya que parte de un error. El basamento de sus afirmaciones señala que cada uno debe poseer sus medios de producción, ya sea de manera individual o colectiva, aunque la remuneración que recibe debe ceñirse a su trabajo, excluyendo cualquier otra, como el provecho o las rentas. Se observa que se apoya en la teoría del valor de los bienes, según la cual, el precio está determinado por la cantidad de trabajo, expresado en tiempo invertido, para producirlos. Como se ha dicho, esta teoría propugna la existencia de la “paradoja del valor” económico de un bien, contenida en la obra La riqueza de las naciones, de Adam Smith y, tal paradoja, no existe. Vale insistir, aunque el agua es más útil que los diamantes, estos alcanzan un precio más alto en función de su escasez. El conocido marginalismo, desarrollado por León Walras, William Jevons y Carl Menger, explicó con meridiana claridad que el valor económico de un bien está determinado por la utilidad de la última unidad producida del mismo. De modo que, el anarcocomunismo, el anarcosindicalismo y el mutualismo, son errores científicos que parten de una falsa comprensión del valor económico de un bien, ignorando la ley de la utilidad marginal decreciente.

Un conocido discípulo de Proudhon, Mijaíl Bakunin, irrumpió en el anarquismo, pero separándose de su maestro. Propuso la propiedad colectiva de los medios de producción, de manera que la distribución de las ganancias se hiciera cumpliendo la decisión adoptada por el colectivo propietario, pero en función del trabajo realizado. Difería de Marx porque defendía la necesidad de imponer el Estado autoritario. Algunos identifican en ello el origen de los llamados comités centrales en la cima del organigrama jerárquico. Se advierte que Bakunin se sumaba a los pasajeros del carro del atraso, basando su propuesta en un error científico, ignorando también la ley de la utilidad marginal decreciente. La concepción del Estado autoritario fue rebatida por los subsiguientes anarquistas. A todo evento, se sabe que el anarcocolectivismo fue reemplazado por el anarcocomunismo cuando en la Primera Internacional, los seguidores de Bakunin atacaron el basamento de la teoría del valor de los bienes, planteando que la distribución de las ganancias debía realizarse según el criterio que rezaba: “a cada cual según sus necesidades”. Persistió así la ignorancia sobre la ley de la utilidad marginal decreciente y se prolongó el error científico, con todas las consecuencias nefastas para la conquista de la libertad individual y para el horror de la historia.

Hasta la aparición del marginalismo en la década de 1870, cuando tres autores, de manera casi simultánea, León Walras, William Jevons y Carl Menger, publicaron sus respectivas obras, la confusión acerca del valor económico de los bienes era, si no justificada, al menos justificable. Igual que antes de la revolución copernicana, cuando se creía que el sol giraba alrededor de la Tierra. No obstante, una vez presentada la ley de la utilidad marginal decreciente y, con ella, extinguida la “paradoja del valor” económico de un bien, expresada en la obra La riqueza de las naciones, de Adam Smith, cualquier teoría o corriente que fundamente sus argumentos en la falsa concepción del valor-trabajo de los bienes, configura un disparate.

El capital, publicado en tres libros, no vio la luz de manera completa, sino después de la muerte de su autor. Se sabe que Marx, en vida, solo publicó el primero de ellos. El segundo, editado por Friedrich Engels, apareció en 1885, más o menos un par de años después del fallecimiento del autor, en marzo de 1883. El tercero, editado y completado por Friedrich Engels, se publicó en 1894. Por ello, quizás pueda decirse en su favor que la culpa de que sus dogmas y sus errores infectaran al mundo recae más en Engels que en Marx. Sin embargo, a la luz del sufrimiento, las masacres y los desarraigos, a la humanidad debería importarle nada este detalle. Lejos de continuar en el error, fabricando aberraciones colectivistas, lo que corresponde en toda lógica es el abandono de la irracionalidad, para que brille la lucidez. Pero la obstinación en torno al dogma marxista halla su potencia en el fanatismo rancio, el resentimiento, la envidia y la frustración. Dada su fe, la feligresía suplica para continuar dándose cabezazos contra los muros de la locura, haciendo del disparate la causa de un sufrimiento brutal.

Cuando se derriba la idea de Dios, a la vez que se abandona su creencia y el nihilismo surge como una conclusión pura, cabe la pregunta: ¿esto es posible? Dadas las distintas sustituciones de ideas, con sus respectivas creencias propagadoras, al menos se puede verificar las ansias de creación. El nihilismo puro es, por definición, solo teórico. La aplicación de sus modalidades relativas, en función de la idea que ha sido reemplazada y que los concentra como nueva ideología o corriente, han fabricado novedosos métodos de servidumbre, humillación, horror y terrorismo. Los campos de concentración y exterminio demuestran el tamaño de la irracionalidad llevada a cabo sin atender a límite alguno. Los testimonios contenidos en las obras Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn, y la Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi, además de aportar una denuncia legítima en la historia, sus gritos señalan qué es lo que nunca debió crearse.

Por más cercana al nihilismo puro que una determinada doctrina pueda estar, en todo caso, tendrá que reconocer la sentencia de muerte que pesa sobre la vida. En este sentido, cualquier sistema creado por el hombre para dirigirlo u orientarlo, se aplicará por operarios transitorios, finitos, mortales. Así, el carácter absoluto del sistema dependerá de que, dada la necesidad de transmisión de una generación de operarios a otra, la capacidad de traspasar los conceptos y principios que lo rigen no vulnere su carácter absoluto, es decir, el margen de error en la transferencia de conocimientos operativos ha de ser igual a cero. No obstante, el ser humano es imperfecto, esto es, susceptible de cometer errores. En este sentido, dicho margen de error igual a cero, en realidad tiene una probabilidad de suceder igual a cero. Una fantasía creativa que ha servido para la masificación tecnológica del control, con el fin de concentrar el poder del amo y aplicar el sometimiento selectivo de los esclavos, cuando las circunstancias lo requieren.

Aquel momento “en que coinciden los ojos del espíritu y los del cuerpo”, cuando el devenir de la historia universal, el tribunal del mundo, lo absolverá todo, dejará al ser humano despojado de su integridad. La imposibilidad de distinguir el bien y el mal logrará que los seres humanos no puedan ser seres completos, porque ambos conceptos quedarán justificados “el día espiritual de la Presencia”. La unidad total de reconocimiento de conciencias aprobará la realidad absoluta y el Estado será el Destino de unas criaturas ignotas, sin la imperfección, o con una distinta a la que caracteriza la especie humana.

La ausencia de moral en los juicios de valor, o en su defecto, una moral relativa, para la que el bien y el mal son meros conceptos que dependen del criterio que se aplique, conduce a la negación de principios y valores trascendentes. Llevado al extremo, el relativismo moral o la amoralidad es nihilista en el método de juzgamiento. Este tipo de nihilismo propicia discursos y actitudes cínicas, por inmorales. En la escala de la ausencia de valores y principios trascendentes, los peldaños descienden. Contrario a lo que plantean las concepciones evolutivas, en lugar de ascender, sepultan la civilización bajo sus escombros. Con ello se pierde la posibilidad simple de vivir en un mundo habitable. La historia del pensamiento que precede a la historia de los hechos, en vez de fraguar un sistema apto para el ejercicio de la libertad, ha construido aparatos mastodónticos para perpetuar la opresión. En su hacer, tras el pensar, la actividad ha provocado una fascinación por el encubrimiento, de manera que las técnicas, cada vez más sofisticadas, borran la línea que separa el ámbito privado del público, dando paso a una ingeniosa forma de aniquilamiento definitivo de la libertad.

Entonces, es posible afirmar que los movimientos que cambiaron a un sistema por otro, igual o peor que aquel que justificó sus crímenes, lejos de traicionar sus pretensiones, fueron coherentes, dado el nihilismo relativo implícito en sus doctrinas. El afán creador, después de derribar a Dios y abandonar su creencia, trajo la desesperación ante los infelices resultados. En la cúspide, el poder autoritario justificó el asesinato selectivo o en masa para mantener el control dentro del infierno terrenal impuesto. El ansia de dominación, donde solo un pequeño grupo está facultado para aplicarla, además de resaltar los privilegios que contradicen el fin igualitario o la primacía racial, profundizó la fosa común de la civilización, dejando a sus anchas a la barbarie, exaltando la irracionalidad. Luego, las lecciones aprendidas del terror mientras combatían el sistema repudiado, después de alcanzar el objetivo, maduras y sofisticadas con los recursos del poder totalitario, aplastaron a los individuos mediante el terrorismo de Estado, sacándole provecho al miedo común, administrando las municiones y el derramamiento de sangre. Vale añadir que, dada la naturaleza teórica del nihilismo puro, su relatividad práctica conlleva, necesariamente, a la formulación de uno o varios valores, cuyo concepto desprende la nueva fe y hace de su doctrina el nuevo credo. La unidad inspiradora de discursos fascistas, socialistas o nazis no fue más que un ardid para escapar de la soledad completa advertida en el ejercicio del poder. Apelaba a una legitimidad imposible y los campos de concentración y exterminio fueron el retrato de aquella ilegitimidad. Todo control es una invasión del espacio que guarda el ser del individuo y, llevado al extremo para conservar el poder, su opresión deriva en el terrorismo de Estado. En consecuencia, el sufrimiento, el desgarro, la muerte y el horror que deja a su paso, constituye la venganza de los solitarios resentidos en contra de sus semejantes. En esencia, la unidad alegada no es más que el desprecio a la vida, la reunión de los seres humanos en la fosa común de la especie; el exterminio total.

Ya que el nihilismo puro existe únicamente en el ámbito teórico, su relatividad práctica se estrella con las contradicciones que surgen, porque pretende verificarse con absoluta pureza. En las contradicciones, nace el efecto repugnante que inunda todo el examen histórico. La supuesta falta de moral o la amoralidad en los juicios de valor, no supera el cinismo caótico de la inmoralidad campante. Así, la profecía socialista produjo un infierno, en contra del cielo terrenal ofrecido. Las promesas del nacionalsocialismo y del fascismo, en vez de legar un imperio eterno, trajeron el horror y la vergüenza. El denominado humanismo, mutilado sin remedio, ha sido inhumano. La liberación política, por inconveniente, se tradujo en autoritarismo. La libertad económica, inalcanzable por el error científico en su origen, dejó pobreza y miseria. El ser humano, despreciado y sometido, es un esclavo. Pero el individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión no puede negar los hechos, es decir, la historia, ya que, quiéralo o no, es el pasado de su especie, no el de unos seres ignotos, tampoco el de unos monstruos.

Rechazar no implica negar, ni evadir. Se examina, se descubre, se acepta o se repudia el resultado del análisis. En cualquier caso, el rechazo supone que se ha afrontado previamente aquello que la lucidez juzga inadmisible. De modo que la denominada “quietud social”, en cuanto a conformismo mediocre, sin cuestionamientos, es incompatible con el individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión. Aspirar la paz de los esclavos, es abrazar la injusticia. Cuando el cambio que se quiere es la prolongación del silencio, en lugar del grito en soledad del rebelde, se acepta la miseria y el crimen. Peor aún si se aguarda en medio de la injusticia el dictamen de la élite mancillada por el poder, reptando para sobrevivir de cualquier forma, aunque sea respirando sin levantarse. Dicha espera no tiene nada de prudencia y todo de cobardía. El crimen extendido en todos los sistemas constituye el legado sempiterno de las revoluciones. A la luz de las sentencias sanguinarias, el ser humano ha demostrado que puede subsistir a cambio de su libertad. La resignación que lleva al establecimiento de la esclavitud como única forma posible de la existencia, deriva de la evasión. Cerrar los ojos no impide que las atrocidades ocurran. Pero si en un nanosegundo el universo interno puede primar sobre el externo, lo interior sobre lo exterior, del mismo modo que toda realidad antes ha sido un conjunto de ideas y toda acción la precede un pensamiento, quizás, cerrarlos meditando, después de contemplar y asumir el peso de las aberraciones históricas, pueda elevar la conciencia. Entonces, el deseo de ser libre, con el ardor de las llamas bailando en la caverna de los ojos, amenace con quemarlo todo. Sus cenizas serán el testimonio de su furia y, desde las cenizas, el primer movimiento de rebelión buscará al menos un valor que proyecte la libertad que posee.

En el momento en que descubre la urgencia de hallar un valor, en medio de su soledad, debe contener el ímpetu. Es cierto que el éxito o el fracaso marcará la diferencia entre la condena irremediable de la esclavitud o la proyección de la libertad que le pertenece. No obstante, si permite que el ímpetu se desborde, corre el riesgo de fundar una revolución y, con ella, en vez de rescatar la justicia, asesinaría la rebeldía legítima. Se ha dicho que aspira a vivir en orden, donde las oportunidades para desarrollar sus iniciativas no encuentren restricciones. Quiere ser partícipe en la construcción de la prosperidad. Considera posible cerrarle las compuertas al caos que lleva a la destrucción total. En su meditación, vislumbra un valor capaz de asegurar que el esfuerzo independiente obtenga resultados proporcionales a la energía y el tiempo invertidos. No propicia la frustración, procedente de obtener lo contrario a sus metas iniciales; característica común dentro de los sistemas opresivos. Siendo su ser la primera propiedad y gozando de autonomía e independencia, para proyectar la libertad que le pertenece, el individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión constituye, como la segunda, la propiedad privada y su defensa comporta un grado existencial.

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