LA IGNORANCIA

A mis padres—.

[La fuga práctica: 4. La ignorancia]

Ya que dentro de la frontera que guarda el ser como primera propiedad, se ha creado un espacio donde el consentimiento que determina la obediencia del individuo no brota del nihilismo, se deduce que esta realidad inmanente, sin duda, surge de la influencia positiva del pensamiento de Kant. Además, dado que, para proyectar la libertad que le pertenece, el individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión constituye, como la segunda, la propiedad privada y su defensa comporta un grado existencial, es necesario detectar cuál es la esfera idónea para realizar dicha proyección. De no hacerlo, el esfuerzo obtendrá resultados contrarios a las metas iniciales y, tal y como se desprende del análisis histórico, esto es una característica común en todos los sistemas opresivos.

Como se ha visto, cualquier forma de autoritarismo, entre otras cosas, vulnera la definición de Weber, ya que el monopolio de la violencia que tiene el Estado no se ejerce con legitimidad alguna. En consecuencia, la autoridad y la fuerza del poder ilegítimo impiden la debida proyección de la libertad individual. Si por abuso de poder se pretende abolir, violar o debilitar la propiedad privada, la defensa de esta puede llevarse a cabo a través de la fuerza, debido a que el Estado, al no cumplir con la condición de legitimidad, ha perdido el monopolio de la violencia. Aquí destacan manías e ideas malsanas como si fueran principios evolutivos de la especie que, en lugar de rechazar la barbarie, la imploran. La tolerancia y la no violencia no pueden invocarse cuando la agresión atenta contra la libertad del ser humano. Si, como ya se ha determinado, la esclavitud puede aplicarse de un modo evidente o no, tanto el que no es propietario como el que sí, hallan en la propiedad privada un valor, cuyo carácter existencial es la garantía mínima de protección para que la vida pueda tener sentido, esto es, en libertad.

De manera que la parálisis ante los riesgos que implica la acción de rebelarse, además de condenar al individuo a una esclavitud perpetua, vacía de sustancia el valor que le pertenece, dándole a la vida el único sentido que puede alcanzar bajo los sistemas opresivos: el absurdo. Luego, el silencio que prolonga la situación inadmisible, confundiendo la resignación con la tolerancia, al tiempo que la no violencia mantiene la paz de los esclavos como una condición irremediable, supone un alto grado de complicidad criminal que, en definitiva, atenta contra la supervivencia de la especie.

Siguiendo lo que algunos han denominado la estructura básica en la obra Leviatán, de Thomas Hobbes, de acuerdo con la cual se verifican tres grandes etapas para explicar el origen del Estado como institución, a saber: estado de naturaleza, pacto, estado de sociedad, es válido afirmar que en esa obra se presume la mala fe en las acciones humanas. Tal vez esta presunción en la que el bien es ajeno a la naturaleza de la humanidad, de manera que para realizarlo hace falta acceder a lo sobrenatural, todavía se conciba en ámbitos privados o peor aún, en la fundación y la dinámica de ciertas instituciones que ejercen el control social para la estabilidad del poder. Piénsese en los órganos de inteligencia civil y militar, cuyas batallas se libran contra enemigos difusos, donde la maldad, en cualquiera de sus presentaciones, se verifica en ambos bandos, justificando los métodos de invasión, presión, tortura y terror por la necesidad de aplicarlos para conquistar o preservar un bien superior. Como etapa inicial, Hobbes describe una realidad saturada de privaciones, regida por la violencia común. Su célebre frase homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre, resume la visión central del estado de naturaleza. La segunda etapa se produce porque la inteligencia del hombre conlleva a la realización de un pacto entre ellos, dado lo insoportable que resulta la vida en la primera etapa. En dicho pacto, los hombres ceden todo poder para que el designado garantice la paz y el orden. Tal pacto es irrevocable, porque en la cesión del poder individual, se ha perdido la capacidad de derogarlo. Con ello, dada la maldad intrínseca de los seres humanos, el gobernante debe garantizar la paz y el orden, valiéndose de la fuerza y el terror cuando lo juzgue necesario. Al respecto, en la actualidad, son innumerables los agentes de inteligencia estatal que se ven obligados a ceder derechos individuales. Perfeccionan un pacto que les permite realizar operaciones en nombre de la institución para la que brindan sus servicios, en favor de conquistar o preservar, entre otros valores, la paz y la libertad. Debido a la excepcionalidad y la importancia que pueden tener dichas operaciones, más el carácter reservado de los asuntos implícitos, luce lógico la realización del pacto tras el cual los agentes ceden el ejercicio de derechos individuales. No obstante, el carácter irrevocable del mismo supone la aplicación de la teoría de Hobbes en nuestros días. Tras el pacto, se da la tercera etapa, es decir, el estado de sociedad. En ella, el derecho a todo, por todos, queda reemplazado por un gobernante autoritario, el Estado en cabeza del rey, que usa la fuerza y aplica el terror para garantizar la paz y el orden. En este sentido, hoy en día los órganos de inteligencia que centralizan el control se valen de la fuerza e incluso del terror, para conquistar o preservar, entre otros valores, la paz y la libertad de todos. De modo que, la centralización del control encuentra un serio obstáculo, a la hora de su aplicación por parte de los órganos de inteligencia, en los Estados con legislaciones que tipifican los derechos individuales. Por el contrario, aquellos Estados en los que sus leyes ignoran el valor del ciudadano y el bien común está por encima de los derechos individuales, configuran un escenario sin mayores trabas para aplicar la centralización del control. Se desprende que, de la diferencia resultante, a la hora de aplicar los métodos de invasión, presión, tortura y terror por la necesidad de aplicarlos con el fin de conquistar o preservar un bien superior, puede surgir la iniciativa de imponer la esclavitud generalizada, no evidente, por el engaño, a través de técnicas encubiertas para la estabilidad del poder.    

Tal vez por la costumbre de reemplazar una idea por otra, en el Contrato social de Rousseau, la voluntad general ha desplazado al rey y la naturaleza ha vestido de gala el racionalismo de sus postulados. A partir de aquí, el poder no emana de la arbitrariedad, sino del consenso general, por el pacto existente en el pueblo. Es obvia la genialidad etérea de sus argumentos, quizás en atención a la necesidad que tuvo el autor de atraer la fe en Dios y el rey, para fundar un nuevo credo en el que “recibimos como cuerpo cada miembro, como parte indivisible del todo”. No obstante, señala el camino de la libertad política, traspasándole a la voluntad del pueblo la soberanía que detentaba el rey. Ahora bien, tras definir al nuevo soberano, le otorga divinidad. Con semejante atribución, subraya que es infalible, puesto que la voluntad general nunca pretenderá el abuso. Pero si un sistema opresivo aplica el sometimiento de manera encubierta, por el engaño, entonces la esclavitud resultante no será evidente y, la elección confirmará el deseo de permanecer con el abuso, porque el hechizo de la mentira evita que surja la necesidad de ser libre. En este sentido, la supuesta divinidad infalible, inconsciente, ha forjado la senda de la opresión perpetua. Del análisis histórico se concluye que la voluntad general, expresada por la mayoría, a menudo se equivoca y, casi siempre, con consecuencias catastróficas.

Se sabe que fue Friedrich Engels quien etiquetó a los primeros como “socialistas utópicos”, para distinguirlos del grupo que Marx y él mismo denominaron “socialismo científico”. Como el nombre lo indica, su intención era destacar la falta de análisis científico por parte de los primeros, ya que sus basamentos no eran más que ideales inalcanzables o utópicos. Según Engels, los verdaderos fundamentos de la sociedad capitalista estaban ausentes en los planteamientos de aquellos, e ignoraban la “lucha de clases”, necesariamente conflictiva, para explicar la razón de ser del antagonismo. No obstante, como se ha explicado con sobrada insistencia, los socialistas, al margen del adjetivo que intente subclasificarles, parten de un error científico al ignorar la conocida ley de la utilidad marginal decreciente, capaz de determinar el valor de los bienes.

A todo evento, Henri de Saint-Simon, integrado a los socialistas utópicos y padre de la corriente llamada sansimonismo, propugnó la intervención del poder estatal en la esfera económica de la sociedad. Para él, la raíz del conflicto ocurría debido al enfrentamiento entre los productores y los improductivos u ociosos, identificando a estos últimos con la clase eclesiástica y la nobleza. Así pues, no profesaba la abolición de la propiedad, pero argumentó que su existencia solo era legítima si su titularidad se obtenía a través del trabajo, de modo que se opuso a la herencia, por ilegítima. Si bien Saint-Simon estudió positivamente la abundancia y el proceso de industrialización, se observa que sus ideales no entienden cómo se determina el valor económico de los bienes, ignorando la ley de la utilidad marginal decreciente y, por lo tanto, incurriendo en el error científico que conduce a la falta de entendimiento acerca de la dinámica del mercado, esto es, sobre el comportamiento de la demanda y la oferta de los bienes. Aun así, vale destacar que su incomprensión, a la luz de la época que le tocó en suerte, es justificable. Debido a que Henri Saint-Simon nació en 1760 y murió en 1825, no tuvo oportunidad de leer las obras de los tres autores que fundaron el marginalismo, a saber, León Walras, William Jevons y Carl Menger, quienes publicaron sus respectivas obras de manera casi simultánea, en la década de 1870. En cualquier caso, su pensamiento es análogo a las fantasías construidas desde la creencia que asegura que el sol gira alrededor de la Tierra. Vale insistir, una vez presentada la ley de la utilidad marginal decreciente y, con ella, extinguida la “paradoja del valor” económico de un bien, expresada en la obra La riqueza de las naciones, de Adam Smith, cualquier teoría o corriente que fundamente sus argumentos en la falsa concepción del valor-trabajo de los bienes, configura un disparate.

El conocido socialista Charles Fourier, tenido como el padre del cooperativismo francés, se oponía a la industrialización y a la sociedad urbana. Tampoco aceptaba que la familia se basara en el matrimonio y la monogamia. Para él, la humanidad debía superar la civilización como forma social. Dadas sus críticas sobre la situación de las mujeres, debido a la injusticia manifiesta de la época, ha impactado en los movimientos feministas surgidos con posterioridad. Se puede afirmar que Fourier atacó tanto al capitalismo, como a la moral intrínseca en la estructura social de su tiempo. Vale destacar que, tanto socialistas como anarquistas, partiendo de un error científico, han construido doctrinas que afectan todas las esferas de la vida del individuo, con el fin de cambiar el sistema opresivo e imponer uno nuevo, cuyos resultados tampoco propician el ejercicio de la libertad. Así pues, el frenesí de Charles Fourier llegó a criticar la estructura tradicional de la familia, atacando la concepción de esta como el núcleo fundamental de la sociedad. Amparado en una suerte de hedonismo trasnochado, planteaba que la felicidad se obtenía a través de la satisfacción de los sentidos para experimentar el placer. Cualquier costumbre tendente a la realización de sacrificios, para Fourier, se debía a una especie de masoquismo. De manera que la conformación tradicional de la familia cristiana, acogida por el sistema capitalista en todas las clases sociales, carecía de sentido pasional y económico. La base de su argumento era que vivir con las mismas personas toda la vida arrastraba a la monotonía y al conformismo, peor aún, cuando se trataba de la pareja, quienes han de mantener una relación sentimental y sexual de exclusividad, es decir, monogámica, que solo podía conducir al aburrimiento. Además, afirmó, la familia como unidad económica, está incapacitada para proveer el sustento requerido por todos sus miembros, por insuficiente. Tal insuficiencia, explicaba, subraya la necesidad de recurrir a un tipo de asociación cooperativa con otras personas, de manera que, al aumentar el número de implicados, el trabajo cooperativo que surgirá entre ellos resolverá la incapacidad y podrá proveer los recursos para todos. Al respecto, en la actualidad y, al menos en occidente, nadie está obligado a fundar una familia, ni a contraer matrimonio. Ahora bien, se presupone que aquellos que así lo deciden, lo hacen con pleno consentimiento, de modo que aceptan los deberes y derechos matrimoniales. Además, el divorcio ha de servir como vía de resolución de conflictos en caso de que la unión en pareja haya fracasado. Luego, para el individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión y busca la mejor esfera para proyectar su libertad, la decisión de casarse, de fundar una familia o no hacerlo, pertenece al ámbito de la intimidad más estricta. No obstante, sabe que no habrá prosperidad sin orden y la familia, como núcleo fundamental, ha sido el apoyo estable, aunque relativo, para que en la sociedad occidental la calidad de vida haya aumentado con el paso del tiempo. En cuanto a la falta de sentido económico, destaca que Fourier también ignoraba la ley de la utilidad marginal decreciente. Debido a que nació en 1772 y murió en 1837, tampoco tuvo oportunidad de leer a León Walras, William Jevons y Carl Menger, fundadores del marginalismo, quienes publicaron sus respectivas obras de manera casi simultánea, en la década de 1870. En consecuencia, sus ataques contra la institución de la familia no son más que los síntomas furiosos de un ilustre resentido, cuya ignorancia acerca de la dinámica del mercado y el comportamiento de la demanda y de la oferta, lo llevó a plantear fantasías, elaboradas con grandilocuencia. Luego, su propagación es tanto más lamentable, cuanto mayor el número de incautos bajo su efecto. Sobre el conocido “falansterio”, edificación diseñada por Fourier para albergar entre 1.400 y 1.600 personas, con el fin de practicar la cooperatividad productiva desarrollada en sus fantasías económicas, vale comentar que, tal idea supone que la imperfección humana se verá aliviada, mágicamente, por efecto de factores externos, sin tomar en cuenta la naturaleza interna de cada individuo. Así pues, tan pronto las personas se muden al falansterio y comiencen a desarrollar la cooperación económica, abolida la familia, la carga defectuosa que coexiste con la virtuosa, desaparecerá en el acto, produciendo una convivencia ideal entre ellos. La violación de la autonomía individual es tan grotesca que solo el resentimiento feroz puede pretender tal escenario como posible. La dependencia de uno hacia todos es la regla inhumana, disfrazada de solidaridad, que garantiza el poder de dirección de pocos privilegiados. En definitiva, tras la publicación de sus ideas, llama la atención que Charles Fourier haya permeado en las corrientes ideológicas de ciertos intelectuales, dentro y fuera de Francia. Quizás su culto se debió a la supina ignorancia o a la tozuda majadería que brotan de la envidia el odio, el rencor y la frustración; aunque no se debe descartar que tal vez haya sido por la pretensión de multiplicar la maldad.

El empresario y reformista Robert Owen, padre del cooperativismo británico, quiso cambiar el sistema capitalista, dadas sus evidentes injusticias, proponiendo un esquema de cooperativas obreras de producción y de distribución. Con el fin de estimular y promover el método cooperativo, creó los billetes de trabajo, labour notes, que recibían las cooperativas tras vender sus productos en la Bolsa Nacional de Cambio Equitativo del Trabajo, con sede en Londres. Tal ambición fracasó y se sabe que Owen tuvo que desembolsar ciertas cantidades de su propio peculio, ya que ni los billetes de trabajo lograron sustituir al dinero, ni dicha Bolsa consiguió el impacto requerido en el mercado. Vale destacar que el valor de los bienes se calculaba con base al tiempo invertido para medir la cantidad de trabajo. De manera que dicho cálculo incurría en el error científico contenido en la teoría valor-trabajo de los bienes. De modo que Owen también ignoraba la ley de la utilidad marginal decreciente. Como nació en 1771 y murió en 1858, tampoco tuvo oportunidad de leer a León Walras, William Jevons y Carl Menger, fundadores del marginalismo, quienes publicaron sus respectivas obras de manera casi simultánea, en la década de 1870. Además, Owen se oponía al individualismo, esgrimiendo que el carácter de toda persona es una creación de los medios socializadores y del azar de las situaciones para su formación. Así, las condiciones de vida determinan al individuo y, para mejorarlas, se debe reformar el entorno de la sociedad. Comparte con Rousseau la idea de que la humanidad no es malvada, sino que las circunstancias son las que impiden que aflore la bondad. Sin las condiciones que rodean al individuo mejoran y favorecen al bien que por naturaleza habita en él, entonces la sociedad quedará despojada de la aflicción, no habrá delitos ni pobreza, y la ignorancia será el único obstáculo para alcanzar la felicidad total. Si bien la creación de la Gran Unión Consolidada de los Oficios, Grand National Consolidated Trades Union, GNCTU, supuso un nefasto precedente para la historia del sindicalismo, por sus mártires de Tolpuddle, los esfuerzos de Owen, pese al error científico del que parten sus postulados, representan una distinguida hazaña contra la injusticia y los sistemas opresivos. No obstante, a la luz de los conocimientos legados por grandes pensadores, para el individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión y que busca la mejor esfera para proyectar su libertad, el llamado Owenismo resulta inútil, por fantástico.

El filósofo Étienne Cabet, fundador del movimiento icariano, el cual llegó a la conformación de comunas igualitarias en América del Norte, pretendió alcanzar la utopía por medio del comunismo voluntario. Al respecto, se nota la influencia del pensamiento de Owen en Cabet, ya que este estuvo en contacto con aquel durante su exilio en Inglaterra. Insistía en la educación como vía legítima para persuadir a los individuos. Aunque gran parte de la tradición filosófica lo califica como comunista democrático, tal oxímoron quizás se deba a la pretensión de destacar el rechazo de Cabet hacia la violencia, o la imposición forzada, de la doctrina comunista. Dijo que no hacía falta la revolución, ya que se llega al comunismo por el convencimiento. Por supuesto, defendía la abolición de la propiedad privada en favor de conquistar el igualitarismo social. En cualquier caso, más allá de que todas las comunas icarianas fracasaron, los postulados de Cabet atentan contra la autodeterminación del individuo, colonizando su núcleo irreductible, esto es, la autonomía, ya que impide la capacidad de elegir ante múltiples opciones. En adición a ello, la independencia individual de los icarianos no es más que una ficción, subrayando como algo provechoso la dependencia total de la comuna para la supervivencia. El control de las actividades de cada individuo es absoluto, impidiendo el libre desarrollo de iniciativas que puedan significar una amenaza para la existencia icariana como sociedad igualitaria. El cálculo del valor de los bienes se basa en el error científico contenido en la teoría del valor-trabajo para producirlos, de modo que el convencimiento como vía voluntaria para abrazar la doctrina comunista, solo es posible desde la ignorancia de la ley de la utilidad marginal decreciente. A todo evento, dado que Cabet nació en 1788 y murió en 1856, tampoco tuvo oportunidad de leer a León Walras, William Jevons y Carl Menger, fundadores del marginalismo, quienes publicaron sus respectivas obras de manera casi simultánea, en la década de 1870. A partir de la presentación del marginalismo, como se ha dicho, cualquier movimiento, doctrina o corriente que se base en el error contenido en la teoría del valor-trabajo de los bienes, configura un disparate semejante a sostener que el sol gira alrededor de la Tierra.

Para el individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión y que busca la mejor esfera para proyectar su libertad, del análisis destaca, no los movimientos ni las doctrinas fantasiosas clasificadas bajo las etiquetas de: socialismo utópico, socialismo científico, anarcocomunismo, anarcosindicalismo, mutualismo, sino la evidencia del estallido, producido por la conciencia, en la necesidad de ser libres. No obstante, el deseo de serlo, que ardió tras la explosión, se apagó al construir doctrinas, científicamente erróneas, por la ignorancia, más un cúmulo de preciosas fantasías que, lejos de tomar en cuenta la verdadera naturaleza humana, con toda su carga de defectos y virtudes al mismo tiempo, negaron el alcance de su imperfección, postulando credos imposibles, condenados en toda lógica a un fracaso irremediable.

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