LA DEMONIZACIÓN

A mis padres—.

[La fuga práctica: 5. La demonización]

En la dependencia que los antiguos vasallos tenían, jurándole lealtad absoluta a su señor, se verificaba la necesidad de obtener como contraprestación la oportunidad de trabajar las tierras, sintiéndose protegidos al amparo del noble, rindiéndole a su vez la obediencia debida ante las amenazas que eventualmente aparecían, en detrimento del provecho esperado por el amo. Aquel sistema opresivo era descentralizado, en atención a los límites impuestos para ejercer el dominio total dentro del territorio de cada señor. Los excedentes de producción y las actividades económicas ajenas a los controles eclesiásticos y monárquicos permitieron la conformación de una nueva clase, denominada como burguesía, cuya independencia política emanaba de su autonomía económica. El feudalismo se debilitó a medida que se consolidó aquella. Su dinámica condujo a la reflexión sobre cuestiones prácticas tan indispensables como la existencia de valores trascendentes. El crecimiento en función de su riqueza condujo a los burgueses a exigir reformas en la estructura política, porque querían ser ciudadanos en lugar de súbditos. De modo que la posibilidad de realizar actividades económicas fuera del control establecido permitió, aunque lentamente, la iluminación del pensamiento, la elevación de la conciencia y el estallido del deseo de ser libres.

Se sabe que la conocida revolución científica, la cual irrumpió a finales del Renacimiento, impactó en la corriente intelectual definida como la Ilustración. Suele indicarse como su inicio el año 1543, porque fue cuando se publicó la obra Sobre los giros de los orbes celestes, de Nicolás Copérnico. La primacía de la razón, tras la observancia de un método, para la adquisición del conocimiento, refutó al empirismo que propugnaba la experiencia como la fuente de este. René Descartes, tenido como el padre del Racionalismo, afirmaba que solo a través de la razón se podía descubrir aquellas verdades universales, ocultas al conocimiento derivado de la experiencia, porque eran evidentes e innatas y así, para el empirismo resultaba imposible su revelación. Maestros de la talla de John Locke o David Hume, que creían que solo por medio de los sentidos se podía obtener el conocimiento, se vieron enfrentados con racionalistas como Descartes, Spinoza y Leibniz. Pero, unos y otros destacaban la importancia del individuo, rechazaban el autoritarismo, defendían la emancipación. Vale destacar que, aquellas ideas impregnaron el pensamiento de las élites, no solo en Europa, sino también en América. La fuga de ser súbditos acabó cuando se vieron consagrados sus derechos como ciudadanos.

Es posible afirmar que, la realidad inmanente tras la frontera que guarda el ser como primera propiedad, en cuyo espacio el consentimiento que determina la obediencia del individuo no brota del nihilismo, además de surgir de la influencia positiva del pensamiento de Kant, ni empiristas, ni racionalistas, pueden negar su existencia. Con el malestar que deviene cuando se obliga a la voluntad a obedecer, es decir, por el sometimiento, más el análisis de la prueba histórica que muestra las consecuencias después de exterminar la autonomía y evitar la independencia, la experiencia conduce a la aceptación de la existencia de tal realidad inmanente al individuo. Si dicha realidad se entiende como una verdad universal, ya que es evidente e innata para todo ser humano, para descubrirla solo hace falta la correcta aplicación del método, porque si se rechaza su existencia, entonces no se han aplicado las reglas adecuadamente, negándose la libertad del ser como una propiedad de la naturaleza humana.

Entre las teorías del maestro John Locke, se define el Yo como una continuidad de la conciencia, de manera que, al nacer, la mente del individuo es una tabula rasa. La identidad personal se funda por la continuidad de la memoria, que almacena la información de la conciencia. En este sentido, contradice el postulado de san Agustín, según el cual los seres humanos son originalmente pecaminosos. También rebate la posición de Hobbes acerca de la maldad imperante en la naturaleza humana y se declara contrario a los cartesianos en cuanto a la existencia de verdades evidentes, innatas y universales. Entonces, Locke no presume la buena o la mala fe de la humanidad. Los hombres gozan de derechos naturales como la vida, la libertad y la propiedad. Para obtener la protección de estos, hace falta una autoridad. Así se materializa el pacto, pero de ninguna manera es irrevocable, porque entiende que el derecho a la rebelión puede rescatar los derechos violados, cuando la autoridad no ha cumplido con los límites del pacto. Con ello, la probabilidad de obtener la libertad política aumenta y toda forma de autoritarismo debe ser erradicada, por antinatural. Al ensayar la teoría de la separación de poderes, se adelantó a Montesquieu, aunque este la perfeccionara. Así pues, en la revisión histórica del pensamiento, el individuo que arde de deseo de ser libre halla en los postulados de John Locke, el yunque para fraguar la esfera sobre la que puede proyectar su libertad.

Ahora bien, cuando el análisis histórico muestra que, en lugar del ejercicio de la libertad, al individuo se le ha impuesto la sustitución de un sistema por otro, opresivo también, cuyas diferencias radican en el encubrimiento o no del control para la estabilidad del poder, resulta válido afirmar que la esclavitud, ya sea evidente o no, es una constante, pese a los avances tecnológicos. Si una vida sin libertad no tiene sentido, luego, el absurdo es el único sentido que tiene la vida bajo la opresión. Impedido el progreso continuo, la civilización parece invocar el regreso de la barbarie, es decir, el retorno definitivo al estado de naturaleza, descrito por Hobbes, con su célebre frase homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre. No obstante, como se ha dicho, para el individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión, la historia cuenta el pasado de su especie, no el de unos seres ignotos o el de unos monstruos. Así, aunque carezca de responsabilidad sobre el curso histórico elegido por aquellos que detentaron el poder y tampoco pueda dar cuentas por las acciones de terceros, está llamado a conservar e intentar la proyección de un valor que le pertenece: la libertad. De acuerdo con ello, ha de evitar la tentación de culpar a otros, igual que debe emprender su esfuerzo sin albergar resentimientos. De lo contrario, la lucidez requerida quedará empañada o peor, anulada, transitando la ruta dando bandazos de ciego.

Debido a que la esclavitud del individuo, evidente o no, es una constante en el análisis histórico, por la sustitución de un sistema opresivo por otro que tampoco facilitó la proyección de la libertad individual, cabe la pregunta formulada en 1944 por Hayek: “¿no es evidente que unas fuerzas siniestras deben haber frustrado nuestras intenciones, que somos víctimas de alguna potencia maligna, la cual ha de ser vencida antes de reanudar el camino hacia cosas mejores?”.

Está claro que el control es un propósito para la estabilidad del poder y, en consecuencia, su aplicación, además de invadir el espacio que guarda las fronteras del ser como la primera propiedad del individuo, configura una acción contraria al principio de Laissez-faire. De hecho, la demonización de tal principio ha surgido por miedo a la inestabilidad o pérdida definitiva del poder. Sus propagadores, de buena o mala fe, han contribuido a reforzar la falsa creencia. Las personas, en su deseo de sentirse seguras y protegidas, consienten en la aplicación de controles que han borrado la línea que separa el ámbito público del privado. La restricción de las iniciativas individuales desmotiva la realización de esfuerzos y la inversión requerida para su emprendimiento, con sus respectivos riesgos asociados. En adición a ello, la intervención del Estado en la vida del individuo, lejos de legar un mundo más seguro, ha conseguido una atmósfera de incertidumbre permanente, con mayor o menor agitación social, dependiendo del tipo o grado de encubrimiento del control aplicado para la estabilidad del poder.

Con facilidad se puede observar cómo los sistemas derivados del marxismo han elaborado doctrinas que afectan todas las facetas de la vida. Ignorando la ley de la utilidad marginal decreciente, la libertad económica del individuo es una fantasía y, sin ella, la libertad política no es más que pura dependencia de los favores estatales. Luego, dentro de tales doctrinas, la proyección de la libertad individual es imposible. No obstante, la subsistencia de los dogmas marxistas, con sus adaptaciones relativas, persiste, amenazando con la erradicación total de la posibilidad simple de vivir en un mundo habitable. El individualismo ha llegado a concebirse como una expresión repugnante. La aspiración del bien común ha tomado cualquier cantidad de definiciones para disimular la supresión de la libertad, a través de la resignación como virtud al confundirla con la genuina tolerancia.

Tras la segunda Guerra, el mundo experimentó un cambio que supuso la necesidad de librar lo que se conoce como guerra fría. Los órganos de inteligencia estatal se convirtieron en comunidades imprescindibles para la permanencia y la estabilidad del poder. Así, las acciones clandestinas y el encubrimiento del control rebasaron cualquier límite deseable, bajo la urgencia alegada de preservar valores superiores como la paz y la seguridad de todos. La magnitud de la alteración en la vida cotidiana de los ciudadanos se vio afectada de manera gradual y sutil. Con sobrada lentitud, el relevo de ideas allanó el camino del sometimiento, porque la primacía del individuo dejó de ocupar un sitio honorable en la visión de una sociedad regida por un sistema propicio para la proyección de la libertad. De esta manera, el hemisferio occidental, tantas veces vanagloriado como la cuna de la libertad, se alejó de aquellos principios que lograron la consagración de los derechos individuales, tanto en Europa, como en América. Quizás por la legítima necesidad de tener seguridad y protección, los individuos permitieron, inconscientes, que se les arrebatara las condiciones mínimas para emprender sus iniciativas sin controles estatales. La libertad económica se perdió, aunque el disimulo de su pérdida obedece al tipo de sistema opresivo que tutele la sociedad de que se trate, ya que, dado el culto por el encubrimiento debido a su obvia eficacia, la imposición de la esclavitud occidental en nuestros días tiende más a la forma no evidente. Sin embargo, para la vergüenza del ser humano como especie racional y para el horror de la historia que sigue siendo presente, se puede advertir la subsistencia de regímenes abiertamente totalitarios, cuya permanencia en el poder supera medio siglo de existencia, sin ningún tipo de amenaza, es decir, con estabilidad completa. Perdida la libertad económica, la política y la personal no son más que una ficción, con todos sus juguetes recreativos.

A todo evento, la primacía del individuo nada tiene que ver, como se ha dicho, con el egoísmo planteado por Stirner. Se refiere a los tres puntos básicos, estos son: la concepción del ser como la primera propiedad, la autonomía y la independencia. En todo caso, el respeto por las opiniones de cada uno y la trillada libertad de expresión han sufrido serias restricciones o supresiones. En efecto, tal atmósfera, aunque en ciertos casos pueda parecer difusa, no es benigna para el individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión y quiere proyectar su libertad. La mutación de la palabra tolerancia, comprendiéndola erróneamente como si fuera resignación, ha hecho que los seres humanos acepten cualquier perjuicio, incluso, sin reaccionar contra la imposibilidad de proyectar la libertad que les pertenece.

Si bien es cierto afirmar que el desarrollo del comercio produjo una metamorfosis social, derogando un sistema opresivo anclado en rígidas jerarquías y conquistando otro en el que los individuos gozaban de mejores oportunidades para autodeterminarse, no es suficiente. Y no lo es porque la verdadera raíz que impulsó tal metamorfosis fue la realización de actividades comerciales fuera del control ejercido por la monarquía y la iglesia. Vale insistir, el control, es decir, la invasión del espacio que guarda las fronteras del ser como la primera propiedad, que conquista la autonomía y evita la independencia, configura en cualquiera de sus modalidades, esto es, encubierto o no, el propósito del poder que conduce, inevitablemente, a la imposición de un sistema opresivo y, luego, al establecimiento de la esclavitud, ya sea evidente o no. Al respecto, recuérdese el comentario de Hayek, en su obra Camino de servidumbre, acerca de las “consecuencias todavía no extinguidas” del ataque de los príncipes territoriales de los siglos XV y XVI para someter y destruir a la burguesía alemana. En cualquier caso, el fenómeno de la espontaneidad de la acción económica aumentó las probabilidades de alcanzar la libertad política. La libertad personal ganó terreno, a pesar de que aquellos individuos demandaban, en toda lógica, seguridad y protección dentro de un orden que les permitiera continuar prosperando. De modo que la demonización del principio de Laissez-faire ha impedido el avocamiento especializado para detectar cuál ha de ser la manera para aprovechar la espontaneidad de la acción económica. El control, invadiendo el espacio que guarda las fronteras del ser del individuo como la primera propiedad, entre otras cosas, se ha empeñado en dirigir los impulsos sociales para alcanzar metas predeterminadas. En lugar de comprender y difundir el entendimiento del marginalismo, expuesto por León Walras, William Jevons y Carl Menger, donde se explicó que el valor económico de un bien lo determina la ley de la utilidad marginal decreciente, se ha verificado un alejamiento irracional con la propagación de disparates, causando un sufrimiento feroz a la humanidad. La primacía del individuo fue sustituida por el colectivismo trasnochado. Como se sabe, fueron alemanes los que perfeccionaron, por así decirlo, el cúmulo de fantasías socialistas que superó la imaginación de cualquiera de sus adversarios, construyendo un credo con el manto académico requerido para su exportación. La permeabilidad de esos sueños, antecedentes mentales de las peores pesadillas en la realidad, tuvo éxito gracias al lubricante pomposo de los personajes que se dieron a la tarea de elaborarlas. El control, como uno de los propósitos del poder, escaló niveles insospechados. La irracionalidad creó un infierno colectivo y la espontaneidad individual sufrió el exterminio perpetrado por los totalitarismos evidentes.

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