JUEGO IMPASIBLE

La historia y la experiencia ecuménica nos demuestran que San Agustín eligió como indicador para valorar correctamente las normas humanas a los preceptos de origen divino. Ningún prejuicio, por más racionalista que sea quien lo esgrima, puede derrumbar la eternidad valiosa de La Ciudad de Dios, aunque el modelo perfecto resulte sólo una luz, una guía para la civilización frente a la barbarie. También lo hizo Santo Tomás, pero dejando claro la estirpe aristotélica que señalaba el curso de sus obras. El anhelo de justicia halla, a modo de referencia, uno o varios principios teológicos para su mejor aprehender. La cuestión nunca ha sido fácil, al respecto John Rawls indaga: «¿En qué circunstancias y hasta qué punto estamos obligados a obedecer una ley injusta?». La pregunta encuentra respuesta en fuentes externas al Derecho.

Platón llega, a través de la teoría de las ideas y por su concepción del amor, al Sumo Bien, con lo cual todo aquello que tienda o permita alcanzarlo es, para él, la justicia que se integra y reposa en el trípode de la templanza, el valor y la sabiduría. Los romanos creyeron advertir ciertas reglas inscritas por la Naturaleza, tal y como si una pluma las hubiese redactado en el pergamino intangible, esto es, en el espíritu de cada ser humano. La convicción, con algunas modificaciones accidentales, no de esencia, fue recogida por los llamados iusnaturalistas del siglo XIX. Immanuel Kant descubrió en Crítica de la razón pura que los datos de la experiencia y las formas en sí son insuficientes, por lo tanto, busca la norma de validez absoluta. Establece el imperativo categórico: «Obra de modo que la razón de tus actos pueda ser erigida en ley universal». Augusto Comte, la escuela positivista, no admitió esfuerzo alguno por encontrar en el Derecho cualquier fundamento filosófico y lo degradó a simple custodio de las condiciones de vida de la sociedad.

La amplitud del estudio paraliza por su enorme dimensión. Sin embargo, no es el Derecho el que determina a la justicia, ya lo aclaró el magnífico jurista Hans Kelsen en su Doctrina Pura del Derecho. Los cimientos sobre los cuales se construye la estructura de cualquier legislación han de brotar de la ética, de la sociología, del pensamiento político, de principios o valores filosóficos, entre otros. Lo relevante es que las normas, ordenadas por jerarquía, plasmen la realidad social y moral del pueblo y que existan los mecanismos adecuados para su correcta aplicación. De ahí su carácter autárquico, que se impone a pesar de la inconsciencia colectiva, luego, los actos en ejercicio del poder nunca en usurpación del mismo deben su sentido invulnerable e inviolable al Principio de Legitimidad. De lo contrario, lamentablemente, cobra fuerza la terrible sentencia de Dostoievski en los labios del hermano Karamazov: «Sé solamente que el sufrimiento existe, que no hay culpables, que todo se encadena, que todo pasa y se equilibra… Todo está permitido».

Cuando el ordenamiento jurídico es quebrantado para favorecer proyectos particulares, cuyo motor ronca peor si el combustible que lo impulsa es una mezcla de odio, resentimiento… venganza, y quienes llevan la difícil responsabilidad de impedirlo, callan sin ocultar sus ansias de lince, se revela con nitidez el horror presente: la seguridad que ofrece el «juego impasible de normas» se ha ido a descansar bajo las lápidas del cementerio y yace ahora junto a todos los muertos.

Nota: artículo publicado en El Universal, 2005.

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