Ha muerto después de una larga agonía. Los diarios se ocupan de mantener informada a la población. Es un desastre. Muchos observan su cuerpo con solemnidad. Solo dan gusto a sus ansias curiosas. En medio de la turbación, la hipocresía suple al oxígeno, las mentiras oficiales contaminan el verbo con la misma ligereza con la que se suelta un gargajo. El ingrato privilegio de haberse consagrado a la vida pública, dicen los eternos confundidos, los equivocados de siempre.

Sus paseos diarios eran más que una costumbre. Se dejaba ver con frecuencia para que los artistas detallaran su hermosura antinatural. Con ropa desaliñada, de aspecto sucio, su feminidad se perdía y aquello le sirvió de carnada para las mujeres liberales. Grandilocuente cuando la circunstancia lo requería, conquistó pasillos de palacios y rincones peligrosos del poder. Mentes deslumbradas por su falsa presencia, sin voluntad de resistirse, sucumbían frente a sus demandas imposibles. Sencilla, ordinaria y hasta grosera en los momentos de fatiga. Nunca logró disimular el desprecio sutil por los obreros. La ignorancia —se dijo— es el desecho gratuito con el que llegaré a la gloria. Un abismo separaba las palabras de sus actos. La perversidad palpitó agazapada, sin descanso y al acecho para no perder a su presa. El drenaje de sus complejos y la crucifixión de todos para expiar su odio, permanecieron ocultos hasta el colapso del tiempo y el espacio, hasta la tarde en que ya fría de muerte, aún no llegaba a la tumba.

Contemplar el rastro de su enfermedad resultó una labor curiosa para quienes la veían. Sus enemigos se regocijaban. La justicia —dijeron—, ha castigado con sobrados méritos. Amigos e indiferentes buscaron consuelo en las praderas del engaño: Como los grandes sabios de la humanidad —mentían puerilmente—, se va transformando en una mujercita enjuta.

No pudo ocultar el esfuerzo que desgastaba sus menguadas energías. Lucirse ante la gente con la cabeza erguida resultó la demostración infernal de su esclavitud. Nunca, pese a la oscuridad tétrica de su conciencia, renunció al placer torcido de imponer su falsa y vacía indignidad. La actitud imperturbable —en apariencia— había sido tallada con empeño. Para ella daba lo mismo dirigirse a comprar un frasquito Coco Chanel N° 5 o un potente veneno para ratas. La única diferencia —dijo— estriba en el rótulo o en la etiqueta del envase. Por eso sugirió tantas veces posturas incoherentes: matar para favorecer a la vida, condenar con la intención de proteger al pueblo libre, humillar con la bandera de la igualdad. Un caos provocado para atajar el poder, para no admitir que, en lo más profundo de su fuero interno, ella misma se sentía tan poca cosa, tan miserable e inútil, que se valió de cualquier artificio para engordar sus fantasías mesiánicas.

Permitieron que la vieran. Nadie suspiró por ella. Sus allegados no se resignaban. La desaparición ha significado una irrebatible y contundente derrota. Tal vez el dolor de aceptar el adiós eterno es lo que ha impedido, en ella, la tranquilidad que tienen los restos que yacen en el camposanto.

Allí estaba la urna, lujosa, barroca, en franca contradicción con todas sus prédicas. Después de preparar el cuerpo, lo vistieron de rojo para cumplir su voluntad. Por supuesto que se trató de un último desafío. Algo que se rebelaba por encima de los cánones del luto estricto. Un símbolo de sus malditos ideales. Una afrenta para quienes padecieron sus maniáticos delirios de grandeza. La absurda revancha contra la historia.

Durante el velatorio no se pronunció rezo alguno. Tampoco se le permitió al sacerdote que oficiara la misa de rigor. Ni siquiera lo intentaron. Sin que hiciera falta, ella se encargó de expresar por escrito su preferencia de quemarse en las candelas del infierno, antes de ascender al paraíso guiada de la mano de cualquier cura fantoche. Hubo música, licor, cantos de borrachos, estribillos pegajosos y muy desafinados.

La noche se va al aparecer el rocío. Afuera, un hombre camina y a veces dibuja un círculo con sus pasos, tanteando lo que le interesa igual que los escualos justo antes de atacar. Advierte que el sepulturero ha salido de la casona blanca. Es extraño —se dice—, jamás había visto a uno tan peinadito. Oye que grita, está llamando a sus edecanes para comenzar con el entierro. El primer rayo del alba ilumina la escena.

—Calla, silencio —dice el hombre que esperó con impaciencia—. Tengo algo para ti.

El sepulturero se acerca con enfado. Mira al otro y descubre que es un zambo genuino, tan atrevido que le está ofreciendo un pacto. Le ha pedido el cuerpo de la muerta. El puro cadáver.

—¿Acaso la quiere desnuda? —pregunta el sepulturero con vocecita de niña al borde de un llanto.

—¡Que va! —responde el zambo en medio de una carcajada—. La quiero para adorarla, para hacerla mía sin serlo, para pasar las noches de desvelo mirando su figura de hueso. La quiero acostada en otra alcoba, durmiendo el sueño largo, sin el temor a sufrir una traición. Para tumbarme con ella sin que la gente me moleste. Será nuestro secreto. No más. La quiero así, con su vestido rojo. 

Text box item sample content

Related Posts

Leave a Reply

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies