[Predominio: 3—. Evasión]

Voy a la plaza porque deseo verla. En el puesto de control hay otros guardias. Recorro con la vista el espacio y me digo que todavía estoy a tiempo. Puede que aparezca en cualquier instante. Nada. Tras poco más de una hora, no veo a la hermosa mujer. Al día siguiente vuelvo a buscarla. Tampoco tuve éxito. Llevo tres días acudiendo a la plaza y decido cambiar de ubicación. Quizás desde otro ángulo logre divisarla cuando pase. Me acuerdo de su recorrido y presto atención a la hora estimada. Tal vez deba aceptar que ella no volverá. Llevo una semana sin darme por vencido porque me resulta más doloroso declinar. Recordarla me inspira. Insisto con esperanzas precarias, entonces la distingo caminando sin prisa.

Me ubico en su trayectoria para que me observe a su paso. Lo hace del mismo modo que miramos tantos rostros desconocidos. La sigo y descubro que come en soledad. Termina y regresa a su lugar de trabajo. Ahora es más fácil ponerme en su camino para que me observe cuando pasa a mi lado. Contemplarla es un deleite.

La ciudad está enardecida, pero los focos de protestas están diseminados. Hay sitios ardiendo, hay otros con normalidad. La dicotomía demuestra que el número de indignados aún no es suficiente. Los francotiradores asesinan a uno o dos muchachos por día y con eso les basta para dispersar a la masa. Luego la guardia caza a los rebeldes que pagan el descuido mientras huyen.

Ella llega a la taberna donde suele comer. Decido abordarla. Ese día las detonaciones se escuchan con levedad por la distancia. En medio de los estallidos de risas y gritos de comensales mirando un juego de fútbol en la tv, le tiendo mi mano y me presento. Noto que se siente segura, no le supongo una amenaza. Me deja con la mano extendida, pero acepta que la acompañe si pago la cuenta. Descubro que el jefe de los camareros es su tío. Está protegida, por eso no tuvo nada que temer. Sentados frente a frente, hemos hecho de nuestros encuentros una ceremonia parca, precisa, constante. Acostumbrados a vernos, confiesa que se llama Elena y no Elvira. Mintió por precaución, tal y como le han enseñado en casa.

En algunos lugares los enfrentamientos entre rebeldes y guardias se prolongan hasta casi la media noche. A medida que la ciudad va cayendo en el silencio urbano, las detonaciones esporádicas retumban en la oscuridad y sus ecos se escuchan tenebrosos. Los informativos aseguran que todo está bajo control. Los cortes de luz y agua cada vez son más recurrentes. Pienso en la morgue y en los desafíos que libran los servicios forenses.

Elena me ha invitado a una pequeña fiesta. Voy a su barrio. Me siento a su lado y dejo que su silencio conquiste el espacio. Pese a la algarabía que nos rodea, ella está triste. Ajena a la celebración, mira al resto de los convidados como si un vidrio dividiera el recinto. Quiero saber qué le pasa. Me dice que no sabe cómo explicarlo. Una pareja baila con ritmo afectado. La sensualidad de la mujer queda sepultada bajo movimientos vulgares, aunque el público la anima a seguir con las contorciones de cadera y las sacudidas de sus nalgas. Agita las tetas acercándolas a los ojos de su pareja, quien se detiene embelesado antes de continuar bailando.

Me parece que siempre estás triste, digo. Una mezcla de perfumes femeninos me liquida cuando tres chicas cruzan el salón detrás de nosotros. Sí, siempre estoy triste, dice. Me mira y el verde de sus ojos me ahoga por breves segundos. Le aparto un mechón de pelo y digo que nunca he estado con una pelirroja. No sé si me ha oído. Yo también estoy triste, digo. Pues, lo disimulas muy bien, rebate. Lo he dicho en serio, insisto. El bailarín saca su pistola porque le incomoda en la cintura cada vez que intenta agacharse. La deja en nuestra mesa y vuelve a lo suyo. Después de mirar el arma, ella me pide que la acompañe.

Salimos a la calle y cruzamos de acera. Nos detenemos cuatro casas más abajo. Pone un dedo en mis labios para que no diga nada. Las detonaciones son recurrentes y no muy lejanas. También se escuchan gritos. Ven, digo, volvamos a la fiesta. Entramos de nuevo y descubro cascos, chalecos, fuegos artificiales y tubos de plástico arrinconados al fondo de la cocina. Sé que se trata del material para oponer resistencia a los guardias durante las protestas. Ella me deja y busca la pistola del bailarín. Pasamos a la cocina y dejo que me conduzca hacia la ventana. Dispara un par de veces, luego berrea con indignación impotente. En medio de su dolor, le quito el arma de la mano y vuelvo a la mesa para dejarla donde estaba. A mi regreso, ella me abraza en el umbral de la cocina y dice con desesperación que tiene miedo, por eso siempre está triste. Le aterra salir de su casa, pero debe trabajar como enfermera de un oculista. Sus temores también están colgados en las azoteas. No quiere ser víctima de un francotirador. Cuando no es por mi casa, dice, entonces protestan cerca de mi trabajo. Comprendo que nada puedo hacer y me limito a abrazarla en silencio.      

Nos separamos. Un tipo que cojea porque lleva una herida en la pierna, intenta saludarla. Está borracho. No nos presenta. Atravesamos el recibo y nos sentamos en la mesa. La pistola ya no está. La pareja que bailaba ahora bebe en la barra. Nos hemos dicho todo casi sin palabras. Es difícil divertirse en medio del exterminio selectivo. Hace falta drogarse o al menos emborracharse. Ella quiso bailar una canción romántica. Se me pegó como nunca otra mujer lo había hecho, como buscando un refugio imposible.

Afuera, las detonaciones aumentan y los gritos también. Hay muchachos corriendo, en plena fuga, intentando alcanzar la seguridad de una guarida. El cojo se queja porque ha tropezado con un mueble y la herida en su pierna vuelve a sangrar. La fiesta finaliza al callar la música. Todos hemos esperado hasta el último minuto para largarnos, no por diversión, sino por el riesgo que corren nuestras vidas a cielo abierto, en medio de los enfrentamientos nocturnos. Dice que estas fiestas son el trampolín de la evasión. Lo sé, no hay otra forma de relajarnos hoy en día. Quizás sí, rebate, aunque mucho más caras.

El conductor se voltea y me guiña el ojo alabando mi conquista. Luego mete tres balas en la recámara de su arma antes de arrancar. Vimos un par de chicos detrás de una esquina esperando que los faros se alejaran para salir corriendo. Un grupo de guardias en moto iba a por ellos. Elena se acerca a mí y cierra los ojos mientras pone su cabeza en mi pecho.     

[Predominio continúa: 4—. Sentencia]

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