EL PRIMER MOVIMIENTO

A mis padres—.

[La fuga práctica: 2. El primer movimiento]

El origen de la Edad Contemporánea aparece con la Revolución francesa. La República, como persona jurídica del Estado, surge de la sangre derramada en la guillotina. Tras examinar el nuevo orden, la soledad del individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión contradice, en apariencia, las revoluciones que, a partir de 1789, han ocurrido en occidente. No obstante, basta comparar las características del sistema que aniquilaron, solo para imponer uno nuevo, tanto o más opresivo que aquel que justificó sus crímenes. Sustituir un sistema por otro que tampoco produzca el nacimiento de la libertad, para el individuo que ya concibe la primera propiedad, con autonomía e independencia, es un toque cosmético. Para él, no se trata de un cambio en absoluto. La necesidad de ser libre permanece y la evidencia se profundiza con el paso del tiempo. Los hechos reseñados registran el modo en que la esclavitud persiste modificando el sistema que aplica el sometimiento. Al mirar el pasado se encuentra que de la república de Weimar surge Hitler; las revueltas en Italia montan a Mussolini; la monarquía del Zar Nicolás conduce a Lenin y luego a Stalin; la inestabilidad, por confusión de intereses en pugna, empoderó a Napoleón III; y la Revolución francesa desembocó en el emperador Napoleón.

Dada la definición de Max Weber, contenida en su obra La política como vocación, según la cual el Estado tiene el “monopolio de la violencia legítima”, se observa un elemento que resulta adverso al primer movimiento de rebelión. El individuo que arde de deseo de ser libre no puede mirar al Estado con ojos benevolentes. Quizás lo tenga como un mal necesario, aunque en su ideal, debido a que es portador de los tres puntos básicos en su conciencia, tanto puede abogar para erradicarlo, como tolerar su mínima expresión. Lo primero lo llevará a la anarquía y se verá obligado a sortear las rutas laberínticas de un sector de la izquierda radical. Si sale ileso, tal vez encuentre sosiego para proseguir la rebelión entre los anarcocapitalistas. Lo segundo lo conducirá al minarquismo, donde la influencia y el tamaño del Estado se circunscriben a garantizar la justicia y la seguridad territorial, preservando la ley y el orden y la soberanía de la nación. En consecuencia, el crecimiento del Estado no es compatible con la rebeldía legítima, cuya pretensión es el rescate de un valor que le pertenece al individuo y que le ha sido arrebatado: la libertad.

Luce peor ante sus ojos la existencia de entidades supranacionales, cuya concentración de poder imparte directrices hacia los Estados que domina, territorios subyugados a los designios de una minoría que determina todos los aspectos de la vida individual, borrando diferencias esenciales derivadas de la nacionalidad, las costumbres o las tradiciones, de modo que la autodeterminación queda sepultada por el traspaso de la soberanía nacional.

Además de errónea, porque el fundamento que la justifica parte de un malentendido acerca del valor de los bienes, la promesa utópica de Marx no es más que un dogma imposible de alcanzar, mientras el control social que se aplica impone el terrorismo con todos los medios del poder. La feligresía reunida en torno al dogma marxista, irracional por definición, dada su fe igualitaria, ha consentido en anular todo razonamiento. Inconscientes, ceden su primera propiedad, pierden su soberanía individual, convirtiéndose en masa subordinada a los caprichos de un único líder. En este sentido, entre otros, el desprecio hacia la autonomía y la independencia del individuo coincide con el fascismo. Las proclamas de Mussolini subrayando la fuerza individual, perseguían el desborde de los instintos humanos, pero con la potencia requerida para la dominación. La fuerza de la barbarie, esto es: la expresión primitiva de la masa humana. Aunque tildado de anarcomarxista por los nazis y de protonazi por la feligresía de izquierda, Junger comulga con Marx cuando dice que los obreros representan una estructura humana universal, pero se distancia, al menos de manera literal, cuando declara que “las obligaciones jurídicas se transforman en obligaciones militares”. Se tergiversa el sentido de la voluntad de poder que planteó Tucídides. Así, queda abierta la compuerta de las interpretaciones temerarias. Para muchos, Mussolini se apoyó en Hegel y Hitler en Nietzsche, aunque no se puede olvidar a la legión de comentaristas que insisten en la justificación hegeliana para los totalitarismos, tanto de izquierda como de derecha. Lo mismo ocurre, basados en ciertas deducciones asombrosas, con la filosofía de Nietzsche. Al respecto, hay registros de tiranos, autoproclamados socialistas, citando las obras de ambos pensadores, en alocuciones presentadas ante una manada servil, aduladora y, sobre todo, aburrida por su escaso nivel intelectual. Para el individuo que concibe su ser como la primera propiedad y que goza de autonomía e independencia, la basura irracional, por vía de incomprensión, da paso a la decadencia nietzscheana, iluminando su ocaso.

Como se sabe, no existe la “paradoja del valor” económico de un bien, expresada en la obra La riqueza de las naciones, de Adam Smith, ya que, aunque el agua es más útil que los diamantes, estos alcanzan un precio más alto en función de su escasez. Además, el conocido marginalismo, claramente expuesto por León Walras, William Jevons y Carl Menger, explica que el valor económico de un bien está determinado por la utilidad de la última unidad producida del mismo. Si la utilidad es la medida de la satisfacción, esta disminuye siempre que aumente la cantidad. Así pues, para quien está sediento, el primer vaso de agua es más satisfactorio que los sucesivos y, dicha satisfacción, decrece si la cantidad es mayor. A esto se le conoce como la ley de la utilidad marginal decreciente. En todo caso, si la razón de ser de la demanda de un bien obedece a la coexistencia de tres factores: la necesidad de comprar, la capacidad de pagar y el deseo de hacerlo; y la razón de ser de la oferta de un bien obedece a que su coste o costo de producción sea menor o igual al precio; entonces, cuando se tiene como errónea la explicación de Marx sobre el valor de los bienes, porque el fundamento que la justifica parte de un malentendido, también se puede asegurar que sus planteamientos son, pese al tamaño de su feligresía, científicamente inválidos. De manera que sus adoradores persisten con la obstinación que tienen los que aseguran que el sol gira alrededor de la Tierra, es decir, por supina ignorancia o tozuda majadería, aunque quizás se deba a la pretensión de multiplicar la maldad.     

En la sustitución de un sistema opresivo por otro, se observa que la libertad permanece secuestrada, aplicando violencia cuando se requiere, para garantizar la paz de los esclavos. De modo que los elementos esenciales del poder son la autoridad y la fuerza. La legitimidad de ambos elementos es lo que garantiza su permanencia. Al respecto, cuando se desconoce de manera generalizada, el poder pierde la base sobre la que se erige. Las revoluciones que han sustituido un sistema por otro, tanto o más opresivo que aquel que justificó sus crímenes, se han valido de la violencia, alegando que son los nuevos legitimarios, sacando a los usurpadores del cargo, con el fin de ejercer la autoridad y aplicar la fuerza con el debido formalismo institucional. No obstante, tras el examen requerido, los nuevos sistemas nunca redujeron la influencia del Estado en la vida de los individuos, ni su tamaño. Al contrario, entre las atrocidades perpetradas durante el siglo XX, se puede incluir el crecimiento del aparato estatal hasta niveles inauditos, como lo fueron la Alemania Nazi y la Unión Soviética. En todos los casos de sustitución de un sistema por otro, destaca el control como un propósito del poder y que, en estos dos, llegó a niveles obsesivos.

Todo control ejercido sobre el individuo es una invasión del espacio que guarda su ser dentro de sus fronteras. Los llamados totalitarismos, simplemente ejecutan dicho control de manera evidente y con muy pocas restricciones en cuanto a la violencia para mantenerlo. En la actualidad, para nadie es un secreto que, gracias a los avances tecnológicos, el poder utiliza métodos encubiertos. Así se produce el exterminio de la conciencia, se fulmina la autonomía, obligando al individuo a subsistir bajo una relación de dependencia con el Estado. Incluso, tal aberración se promueve como si fuera algo provechoso, ocultando su efecto perverso. Si dentro de la frontera que guarda el ser del individuo, se ha creado un espacio donde la decisión de obedecer no rebate el impulso de su voluntad, entonces, el consentimiento determina su obediencia. Luego, todo control perseguido por el poder no es más que una invasión para colonizar la capacidad de elegir, esto es, el núcleo irreductible de la autonomía del ser humano. Como se ha dicho, tal cualidad ha de ser extirpada por el amo para someter a sus esclavos. Si la falta de libertad impuesta es evidente o no, la diferencia radica en las pretensiones de los sistemas. Dicho de otro modo, el poder que somete puede valerse de distintos sistemas, pero en última instancia, la opresión configura una relación de amo sobre esclavo. La autoridad y la fuerza, como elementos esenciales del poder, pueden, como demuestra la historia, violar el requisito, quedando únicamente el monopolio de la violencia que tiene el Estado, sin que importe la legitimidad expresada en la definición de Weber. Perdida la base sobre la que se erige el poder, mantiene el control de los esclavos con autoridad y fuerza ilegítimas. Pero ¿cómo puede un amo gozar de legitimidad ante sus esclavos? Imposible. Aunque la ausencia de dudas, esto es, por el reconocimiento pasivo, sin rebeldía, ante la autoridad que ejerce y la fuerza que impone, conlleva al amo a alegar en su favor que goza de dicha legitimidad, amparado en la paz de sus esclavos.

En definitiva, el miedo que paraliza al esclavo, dado los riesgos implícitos en la acción de rebelarse, lo condena de forma irremediable. Así, tal reconocimiento supone una legitimidad, a todas luces falsa, que prolonga el ejercicio de la autoridad y la fuerza bajo un sistema de poder opresivo. Frente a ello, el individuo que ya concibe la primera propiedad, con autonomía e independencia, no tiene más opción que rechazar el resultado del examen histórico. Si la necesidad de ser libre permanece, pese a los cambios revolucionarios, y la evidencia se profundiza con el paso del tiempo, el deseo de serlo, lejos de apagarse, arde con mayor intensidad.

Sin ánimo de restar mérito a un gran filósofo, al individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión, el consuelo místico de Hegel no logra serenarlo. El ansia del deseo insatisfecho lo consume todo, porque sabe que, sin libertad, la vida no tiene sentido. Los lectores de Hegel, tratando de explicar al maestro, trazaron la conocida dialéctica hegeliana, cuya dinámica requiere que, a un planteamiento inicial entendido como tesis, se le oponga el contrario, es decir, la antítesis, para deducir de ambos una conclusión o síntesis que, a su vez, será la tesis de su contrario, antítesis, para deducir la nueva síntesis, persistiendo en el método hasta alcanzar el absoluto. Será entonces el momento “en que coinciden los ojos del espíritu y los del cuerpo”, cuando el devenir de la historia universal, el tribunal del mundo, lo absolverá todo. El bien y el mal quedarán justificados “el día espiritual de la Presencia”, porque esa unidad total de reconocimiento de conciencias aprobará la realidad absoluta y el Estado será el Destino. De ser así, lo mismo da la necesidad estéril de ser libre que el deseo de serlo. La esclavitud, evidente o no, está justificada en la lógica de Hegel. Siguiendo su pensamiento, aquellos que soportaron o murieron por la opresión extrema, piénsese en la obra Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn, o en la Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi, han aportado a la historia un grito necesario para su avance. Nada más. En este sentido, cabe mencionar, entre otros, a los españoles asesinados o sometidos por Franco; a los chinos, por Mao y sus sucesores; a los norcoreanos, por la dinastía verificada en el traspaso presidencial de Kim Il-sung, padre de Kim Jong-il, padre de Kim Jong-un; a los cubanos, por Fidel y Raúl Castro; a los venezolanos, por Hugo Chávez y Nicolás Maduro. A todo evento, la libertad deberá esperar el final de la historia y el primer movimiento quedará sepultado como pura retórica. Se comprende la indignación de Bielinski cuando se dirigió a Hegel: “Tengo el honor de comunicarle que, si tuviera la suerte de trepar hasta el último grado de la escala de la evolución, le pediría a usted cuentas por todas las víctimas de la vida y de la historia”.

Ahora bien, si dentro de la frontera que guarda el ser como primera propiedad, se ha creado un espacio donde la decisión de obedecer no rebate el impulso de su voluntad, entonces, el consentimiento que determina su obediencia no brota del nihilismo. Así pues, descarta de plano el egoísmo extremista de Max Stirner. Entre muchas consideraciones, por más pura que sea la soledad del individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión, sabe que no está aislado y que su existencia no es la única en el mundo. En este sentido, aspira a vivir en orden, donde las oportunidades para desarrollar sus iniciativas no encuentren restricciones. Con ello, el esfuerzo independiente conseguirá resultados proporcionales a la energía y el tiempo invertidos, y no la frustración, derivada de obtener lo contrario a sus metas iniciales; característica común y generalizada dentro de los sistemas opresivos.

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1 Response
  1. Julian sanchez

    Profunda reflexión y análisis político social de el ser y el alma del individuo, entre la esclavitud y el deseo a la libertad, el encadenamiento y el despertar de las doctrinas sociales que aplastan el deseo, el impulso y la materialización a ser libre….excelente.

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