EL NACIMIENTO DEL DESEO

A mis padres—.

[La fuga práctica: 1. El nacimiento del deseo]

Cuando un esclavo ignora su condición y cree que aún goza de libertad, no quiere cambios porque no los juzga pertinentes. Dados los riesgos implícitos en la acción de rebelarse, solo la conciencia de saberse sometido dará lugar a la necesidad de conquistar un valor que le pertenece y que le ha sido arrebatado: la libertad. Tal necesidad puede convertirse en deseo; he ahí la condición requerida en el individuo que lo llevará al primer movimiento de rebelión.

¿Cómo puede un esclavo ignorar que, en efecto, no es un ser humano libre? Por el engaño. Entre otras, la Alegoría de la Caverna de Platón y la obra de Eric Arthur Blair, conocido como George Orwell, en especial sus novelas Rebelión en la granja y 1984, ilustran dicha realidad valiéndose de la ficción. Quizás sean innumerables los esclavos que, sabiéndose sometidos e incluso sintiendo la necesidad de lograr un cambio, permanecen inmóviles sin ir más allá de las quejas inútiles. A lo sumo, buscan alcanzar cierta comodidad bajo la opresión, apartando un poco las cadenas, sin romperlas, para expirar el aire yerto que los separa de sus semejantes. Así, solo cuando la necesidad que tiene un individuo de ser libre se abraza al deseo de serlo, el miedo derivado de los riesgos implícitos en la acción de rebelarse dejará de paralizarlo. La pura conquista del valor que le pertenece supera su propia vida. Llena el vacío, le confiere un propósito a sus días y, si fallece en el intento, la libertad destacará con su muerte, ya que, sin ella, la existencia no tiene sentido.

De modo que es el deseo y no la mera necesidad lo que funda el primer movimiento de rebelión en el individuo. Para que se verifique el “me rebelo, luego existimos” de Albert Camus, hace falta que en la conciencia detone la necesidad de ser libre, por insuficiente. La existencia condicionada a la rebelión solo podrá darse tras experimentar el deseo de ser libre y no la mera necesidad de serlo. Tras el estallido, no es una regla que el ardor que inflama el deseo surja como una consecuencia inevitable, de hecho, es impredecible. En su lugar, puede aniquilarse por completo, arrasando con la explosión tanto la necesidad como el posible deseo de conquistar el cambio. De resultar así, los que ignoran y los que no, quedarán condenados a la esclavitud. El valor que les pertenecía lucirá ajeno. La libertad parecerá impropia de la naturaleza humana.

Hace falta entonces examinar de alguna manera, las condiciones capaces de producir el nacimiento del deseo, por encima de la necesidad estéril, de ser libre. También vale la pena observar si el deseo que tiene un individuo puede transmitirse, multiplicando el primer movimiento de rebelión.

Cuando la falta de libertad es evidente, la opresión que aplica el amo sobre el esclavo, además de su obediencia, pretende infligir un malestar que, por su carácter permanente, evite toda acción de rebeldía. En este caso, la necesidad de un cambio puede ser intermitente, pero también puede visitar al oprimido y quedarse de forma perpetua, acompañándolo hasta en las horas que duerme. Será el nivel de tolerancia ante su condición lo que marcará la diferencia, el estallido y, quizás, el surgimiento del deseo de ser libre. Dicha tolerancia al sufrimiento se verá agotada cuando la capacidad de reprimir el dolor rebase el límite de almacenamiento. Entonces, es imperioso distinguir la tolerancia por resignación de aquella que deriva de la aceptación, ya que esta resiste lo necesario sin descuidar las ambiciones. En la primera, el límite es indeterminado y, tal vez, inexistente. De modo que la cantidad de sufrimiento que ha de almacenar un esclavo, por resignación, puede ser ilimitada. No hay garantía de rebelión, puesto que su conciencia jamás provocará el estallido de la necesidad de ser libre, viéndose y proyectándose como lo que es: un esclavo; su condena irremediable. En cambio, dado que la tolerancia que deriva de la aceptación no descuida las ambiciones, esto es, lo que debería ser: la libertad, un valor que le pertenece, la rebelión está garantizada. El dolor que tolera, lejos de ser un sufrimiento, gesta el estallido, mientras aguarda el momento propicio, el ardor que inflame el deseo, el primer movimiento de rebelión.

No obstante, cuando la falta de libertad no es evidente, por el engaño, la opresión que aplica el amo sobre el esclavo, además de su obediencia, pretende inducir un bienestar que, por su carácter permanente, evite toda acción de rebeldía. En este caso, la necesidad de un cambio es, en apariencia, inexistente. Así, la opresión prolongada en el tiempo persigue que el esclavo conciba una idea errónea de la autonomía y la independencia. Los que ignoran, están condenados a la esclavitud. Debido a la distracción y al bienestar frívolo que disfrutan, abandonan pasivamente aquello que les pertenece. No conciben la libertad como un valor y la juzgan como algo extravagante e impropio de la naturaleza humana. Es el triunfo de la negación. El vacío y la ausencia de propósitos se sumergen en el mar del entretenimiento. La facultad de pensar se debilita y la conciencia desaparece por la gratificación de impulsos irracionales. En cualquier caso, el control que ejerce el amo sobre el esclavo se verifica en el registro que guarda de sus movimientos. No se trata del antiguo vigilante que toma nota sobre las acciones de sus prisioneros, sino que estos se dedican a informarle los detalles de sus vidas, a cambio de satisfacer demandas básicas de la vanidad humana. El reconocimiento y el aplauso de sus semejantes son la ilusión del prestigio esperado, tras el cual, quizás, ha corrido sin frenos durante una parte de su vida. Un perverso ardid diseñado para exterminar la conciencia y así, sepultar la necesidad de ser libre. No hay garantía de rebelión, puesto que la conciencia jamás provocará el estallido requerido en el individuo, viéndose y proyectándose como lo que no es: un ser libre; dueño de su destino. En cambio, si rompe con el engaño, el hechizo perderá su efecto y se producirá una fuga hacia la realidad, esto es, la necesidad de conquistar un valor que le pertenece y que, inconsciente, ha permitido que le arrebaten sin oponer resistencia: la libertad. A partir de aquí, la rebelión está garantizada. Salir de la mentira y estar alerta provoca el estallido, mientras aguarda el momento propicio, el ardor que inflame el deseo, el primer movimiento de rebelión.

En ambos supuestos, la información que domina el individuo es un elemento esencial para que se desarrolle el proceso. Sin embargo, cuando la falta de libertad es evidente, dado el malestar infligido por el amo sobre el esclavo, con el fin de evitar toda acción de rebeldía, el estallido de la necesidad de ser libre, provocado por la conciencia, dependerá de la tolerancia que deriva de la aceptación que no descuida las ambiciones. Al respecto, si la información que posee el individuo lo lleva a creer en un orden social rígido, cuyas desigualdades evidentes o el igualitarismo absoluto se debe a los prejuicios y dogmas con los cuales ha sido educado, el valor de la libertad carecerá de sustancia y, siendo una idea vacía, no despertará su interés. Lo que debería ser, no será la libertad. Sus ambiciones quedarán restringidas a la supresión del malestar, sin pretender un cambio del orden social, opresivo e injusto, que le ha tocado en suerte. De manera que la información, en este caso, lejos de nutrir a su conciencia para que detone la necesidad de ser libre, impide el estallido y así, ni siquiera alcanza a concebir el deseo de serlo.

Ahora bien, cuando la falta de libertad no es evidente, por el engaño, dado el bienestar inducido por el amo sobre el esclavo, con el fin de evitar toda acción de rebeldía, el estallido de la necesidad de ser libre, provocado por la conciencia, dependerá de la caída de la mentira para que la verdad ocupe su lugar. No obstante, si la información que maneja el individuo es falsa o contradictoria, el hechizo continuará afectando su conciencia, bloqueando la fuga hacia la realidad. Luego, ni siquiera surgirá la necesidad de conquistar un valor que le pertenece. En su caso, el estallido requerido no se producirá, porque a la confusión por el engaño, ha de sumársele el disfrute de un bienestar fútil, viéndose y proyectándose como lo que no es: un ser libre; dueño de su destino.      

Se deduce que, ni la cantidad de información que domina el individuo, ni la facilidad que tenga para su acceso, determinan las condiciones capaces de producir el nacimiento del deseo, por encima de la necesidad estéril, de ser libre. Al contrario, tienden a impedir su alumbramiento. Siendo un elemento esencial para que se desarrolle el proceso, habrá que determinar, si los hubiere, ciertos puntos básicos en su contenido, es decir, no formales, para que el estallido de la necesidad de ser libre, provocado por la conciencia, propicie el ardor que inflame el deseo de serlo.

A la vez que la conciencia de un individuo le indica que está sometido y siente la necesidad de conquistar un valor que le pertenece, crea una frontera, dentro de la cual la decisión de obedecer no rebate el impulso de su voluntad. En primera instancia, es imperioso que haya delimitado un espacio, esto es, su mismo ser, de modo que lo conciba como un valor de su propiedad. En consecuencia, todo sometimiento implica una invasión de dicho espacio e imposibilita que pueda autodeterminarse como un ser humano íntegro. Tal concepción, aunque la incluye, va más allá de la intimidad. Se refiere a la propiedad que tiene el individuo sobre su ser, en tanto ser humano y en cuanto ser humano completo. Así, el ser del individuo constituye su primera propiedad. No se trata del postulado esgrimido por el anarquismo individualista desarrollado en la obra El único y su propiedad, de Johann Kaspar Schmidt, conocido como Max Stirner, ya que la libertad no es un ideal planteado por ideólogos modernos, ni una ilusión del movimiento humanista para perpetuar la servidumbre. Por el contrario, solo en libertad es posible la autodeterminación del individuo.

De modo que, la concepción del ser del individuo como la primera propiedad, dispone a su conciencia para detonar la necesidad que tiene de ser libre. De no concebirlo así, en el primer supuesto, dado el malestar que inflige el amo sobre el esclavo, la necesidad hallará su cauce a través de quejas inútiles. En el segundo, dado el bienestar e incapaz de identificar la invasión, el individuo no puede romper con el engaño. La mentira es una intrusa que ocupa el lugar de la verdad, pero en plena confusión o por simple ignorancia, no la identifica. Se condena sin saberlo bajo el peso de la fantasía.

Además, dentro del espacio que guarda al ser del individuo tras su frontera, ha de cuidarse la capacidad de elegir entre múltiples opciones. La ausencia de alternativas a la hora de decidir es un modo de sometimiento, con o sin violencia, explícito o tácito, sutil o directo. La invasión, por vía restrictiva de las iniciativas que pueda plantearse el individuo, impiden el ejercicio de la autonomía de su ser. Con ello, su primera propiedad queda traspasada por la cesión de su soberanía, convirtiéndolo en un ser subordinado a los designios ajenos. Esta capacidad de elegir constituye el núcleo irreductible de la autonomía del ser humano. Cualidad que ha de ser extirpada por el amo para someter a sus esclavos. Sin ella, el individuo no puede autodeterminarse. Si bien puede sentir la necesidad de ser libre, dada la falta de autonomía, el deseo de serlo no nacerá en su conciencia, ya que está incapacitada para alumbrarlo. Vale agregar que, una vez elegida una opción entre varias alternativas, la acción o la omisión que demande para traducirla a la realidad, ha de llevarse a cabo sin depender más que del propio esfuerzo. Luego, si decide asociarse con otros para lograr fines que en soledad no podría conquistarlos, esta reunión no quebranta su independencia, ya que surge del consentimiento mutuo y no a través de la imposición o del sometimiento. Este tipo de relación entre varios individuos configura la interdependencia, cuya cooperación no viola la autonomía de los implicados. En efecto, cuando el individuo requiere, en contra de su voluntad, de algo o de alguien para desplegar su energía en favor de las decisiones que ha tomado, su independencia es una ficción.

De manera que los tres puntos básicos en su contenido, es decir, no formales, para que el estallido de la necesidad de ser libre, provocado por la conciencia, propicie el ardor que inflame el deseo de serlo, son: el ser del individuo como la primera propiedad; la autonomía y; la independencia. Luego, toda información o ausencia de ella que atente o suprima dichos puntos básicos, configura un instrumento del que se vale el amo para mantener la mansedumbre entre sus esclavos.

Se advierte que, el ser como primera propiedad, puede concebirse como tal a través de la educación que ha recibido el individuo. La información que absorbe durante la infancia y la temprana juventud ha de contener los principios que la fundan. Los sistemas opresivos, lejos de impartir este conocimiento, hacen lo contrario. Con este método, inhabilitada la conciencia, los adultos ignoran que su ser es la primera propiedad en la vida. Programados para funcionar con eficiencia y eficacia relativa, se dedican a resolver asuntos operativos, temporales o permanentes, pero siempre dentro del sistema que les ha formado. Sus acciones nunca atentarán y tampoco serán una amenaza capaz de producir el cambio. Tal vez ni siquiera reflexionen al respecto. A lo sumo, enfocarán sus esfuerzos para disminuir o erradicar el malestar que causa la opresión, disfrazándola. El entretenimiento invade el espacio sin encontrar resistencia, reforzando así, el mantenimiento del sistema que suprime el ejercicio de la libertad. Entonces, se ve que la concepción del ser como primera propiedad halla obstáculos a la hora de transmitir los principios que la fundan, pero ello no indica que el individuo que ya la ha concebido se encuentre necesariamente aislado, del mismo modo que los sistemas opresivos tampoco alcanzan el éxito total, aunque se verifique en la mayoría. A fin de cuentas, esa mayoría es la que nutre y fortalece la falta de libertad, ya sea evidente o no.

A medida que el individuo que concibe la primera propiedad intenta transmitir los principios que la fundan, el resultado no depende de su acción. Se enfrenta con barreras, casi todas invisibles, cuya demolición está fuera de su alcance. Nada puede hacer para rescatar la autonomía extirpada en la conciencia de quienes le escuchan. Sin capacidad de elegir, la concepción de la primera propiedad luce imposible, ya que supone ciertas molestias, e incluso sacrificios, en atención a la responsabilidad que tendría sobre sí mismo, una vez concebido su ser como la primera propiedad. Además, debido a los nudos que sujetan la red de la opresión, dentro de la misma se justifica y hasta se promueve la dependencia. Con obstinación se rebate que las acciones u omisiones han de llevarse a cabo sin depender más que del propio esfuerzo, haciendo de la independencia una ficción.

Puede precisarse que la probabilidad de transmitir los tres puntos básicos tiende a cero. En consecuencia, la probabilidad de que ocurra un estallido colectivo de la necesidad de ser libres, simultáneamente provocado por las conciencias de los individuos de una sociedad, también tiende a cero. Así, cuando la necesidad estalla y provoca el nacimiento del deseo de ser libre, el individuo experimenta el primer movimiento de rebelión en la más pura soledad. De modo que la reunión de dichas soledades configura un evento insólito, por improbable pero posible, y si de hecho llegare a ocurrir, la conquista de la libertad traería una nueva era que, sin duda, será mejor de lo que jamás pudo proyectarse.

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