EL LOBO BLANCO

A Julián—.

Estaba solo y tenía ganas de hablar. Se proyectó deambulando por la plaza y creyó oír una voz conocida. Al prestar atención, quedó encantado al descubrir que se trataba de la suya. Sí, se imaginaba desdoblado, haciendo de su otro yo un personaje distinto, un contertulio agradable, su mejor amigo. Construyó en su mente un hotel cinco estrellas, cuya fachada advertía a primera vista el lujo administrado con clase, sin minimalismo, más bien de estilo barroco. Recreado en su ocurrencia, pasó al vestíbulo y un botón le señaló el camino del bar. El dorado con derroche en columnas churriguerescas y los enormes espejos enmarcados en dorado también, hacían juego perfecto con los mármoles de diferentes tonalidades y sus vetas, para él, arterias de la sangre que da vida a la mejor decoración interior.

—De cara a que…

Decía la voz, su voz encantadora, grave, de locutor sin micrófono ni audiencia. Pensó que, si estaba disfrutando a deshora, antes de entrar para saludarse a sí mismo, aquel bar debía tener un nombre memorable, emblemático, sempiterno. Así que lo llamó El Adonis. Cuando cruzó el umbral, se vio a lo lejos, solitario, dialogando con el camarero, quien no lograba disimular el tremendo aburrimiento que pesaba en su semblante. El impacto de verse tan demacrado, destruido por los trasnochos alcohólicos, intoxicado de mil sustancias incapaces para callar sus clamores, lo sumió en la vergüenza y la tristeza sin fondo.  

Un poco humillado, entumecido ante su imagen de bebedor tempranero, no pudo contener un ataque de ternura, a la vez nostálgica y ansiosa por saberse en la antesala del delirio, quizás de la muerte. Se dispuso a rescatarse, para arrancar su alma del infierno y continuar su destino. Pero aquella resolución necesitaba un propósito que le diera sentido a la vida, una vida que tendría que ser, más que distinta, completamente nueva. Con la conciencia abofeteada por su estado deplorable y aprovechando que ni él ni el camarero parecían advertir su presencia, se dirigió a la ventana más cercana y la abrió soltando un suspiro. Una nube de mariposas amarillas entró revoloteando en círculos mágicos de encantador sosiego.

Lamentó que semejante maravilla fuera invisible para él y el camarero, allá en la barra. Con lentitud desesperante barrió con la mirada toda la estancia. Las mariposas se marchaban con calma celestial, como gotas pequeñísimas de una ligera filtración. La maniobra de rescatarse prometía resultados esperanzadores, dado que El Adonis estaba vacío. Ya muy cerca de sí mismo, giró la cabeza y se contempló un par de segundos.

—Dios mío, ¿qué es esto?

—Soy yo.

—¡Claro que soy yo!

Y ambos personajes de figura exacta por duplicado, soltaron una carcajada terrible, larga y contagiosa. El camarero se echó a reír con ellos, más bien con él, ignorando la causa de la gracia. Superada la sorpresa, sin vacilar y en perfecto silencio, se deslizó sobre un banco junto a sí mismo.

—¿Qué te tomas?

Para no ahuyentarse y ganarse su confianza, debía pedir un trago, pero era muy temprano para beber. Además, estaba decidido a rescatarse. Con la pregunta, su sonrisa desapareció en el acto y batalló contra los demonios que bailaban en su corazón. Imposible de contener, derramó una lágrima a pesar de que no quería verse llorando.

—Tú sigue que yo te acompaño y si tengo que brindar, lo haré con la copa vacía.

Ante el rechazo ingenioso, pasó a fustigarse reprochándose porque nunca había contestado las cartas que se escribió a sí mismo, cuando hizo terapia. Conocía ese estado destructivo, desierto de amor, donde se confunden las peticiones con las exigencias, sin respetar el efecto de las palabras. Un estado tozudo y voluntarioso, que no ve más allá de sus propias circunstancias. El encierro del yo. ¿Por qué insistes con el maltrato?, quería decirse, ¿hasta cuándo piensas vivir en la tiniebla de la locura?

Aquí hay luz, parecía contestarse aferrado a la botella que centellaba sobre la barra de El Adonis. Para matar la oscuridad solo hace falta empinar el codo y beber sin límites. ¿No me comprendes?

A través de las ventanas, los rayos solares iluminaban El Adonis en columnas perpendiculares. Las levísimas nubes de polvo flotaban en medio de la claridad. Tuvo la idea de invitarse a pasear por la plaza imaginaria de enfrente, alejarse de El Adonis y poner distancia a la botella. Aceptó con docilidad sorprendente y mareado de alcohol tropezó con una mesa antes de cruzar el umbral y salir al vestíbulo del hotel.

—¿Sabes qué pienso —se dijo—, el mundo sería menos hostil si todos viviéramos borrachos…

—¡Ten cuidado!, no vayas a caerte —se contestó.

Tras cruzar la plaza, se vio atraído por la callejuela de la derecha. Era larga, sin aceras, angosta y la suave inclinación desembocaba en la avenida. Por encima de los tejados se podía ver las cumbres de la cordillera que delimitaba la ciudad.

Aquella contemplación obligaba a alzar la cabeza, casi mirando al cielo. El gesto de súplica impía, llena de episodios trastornados en una vida errante, no hallaba redención ante sus ojos.

—¿Por qué estás solo?

—No estoy solo, mi perro y mi gato me aman más que cualquiera.

Si somos mitades en lugar de un mismo ser, pensó, puede que esta sea la despedida. Las fauces de la muerte ya resoplan en la nuca, ¿acaso no lo sientes?, se dijo, pero vio que su otro yo caminaba erguido, pisando cuidadosamente. Si yo soy tu mitad y tú eres la mía, mi anhelo por salvarte me rescata. Algo más fuerte que tú, es decir, yo, me acerca a ti y llego a mí. Pero el repudio de sí mismo volvía a abrir una brecha, ensanchándola, como culpándose de todo y de nada, del salvaje mundo de la infancia y su injusticia manifiesta. De modo que la otra mitad, destructiva sin remedio, quiere aniquilarse, condenarse, desintegrándose lentamente, trago a trago, de dosis en dosis, hasta el insoportable final.

—Tengo sed —se dijo.

Y sacó del bolsillo interno de la chaqueta una cantimplora plateada para beber. Lo hacía como aliviando penas añejas, dolores profundos y miedos fatales. Aquello le supuso un esfuerzo tremendo para continuar a su lado, reprimiendo las ganas de irse, abandonarlo para siempre en el fuego de su infierno personal. ¿Cómo rescatarme? ¡Maldita sea!

—El mundo se precipita, viene la guerra.

—…

—Nos someten y nosotros tan tranquilos obedecemos, incluso, en contra de nuestro beneficio. Lo peor…, lo peor es que pagamos para que nos sometan. ¡Somos masoquistas!… No, somos cómodos, indignos, despreciables.

En medio de la catarsis, recordó los regalos que se hizo por navidad. Solitario, el espíritu navideño lo visitaba desde su propia cuenta bancaria. Nadie se acordaba de él en esas fechas. Borracho desde el primero de diciembre, para cualquiera era repulsivo invitarle. El sol resplandecía con furia, pero el frío del tiempo viajaba en la brisa invernal.

Trasportados en alas de la imaginación, él y su otro yo, llegaron a las puertas de un cementerio ignoto. El pasado, la mortificación por lo vivido, es el desperdicio del presente. Más que perdón, hace falta que puedas conciliarte con lo que fue y ya nunca será.

—Busquemos la tumba de los míos.

La sola presencia, es decir, la existencia palpitante de sí mismo intentando rescatarse de las garras de la muerte, configuraba un poder tan grande que, aun queriendo alejarse para ahogar sus dolencias vomitando licores, no podía resistirse. Caminando entre lápidas, escucharon el aullido de un lobo blanco. El temor no surgía, dado el sereno derrotero del destino perseguido.

Bajo sus pies apareció por fin el apellido de su padre. El ogro recordado en sueños y pesadillas despierto. La vieja casa atrapada en la violencia, el rigor y toda clase de objetos voladores estrellándose contra las paredes, por culpa de la furia paterna. El grito impotente de chiquillos indefensos, los recorridos taciturnos noctámbulos, el espionaje de espacios íntimos y ajenos, la curiosidad descarriada, infantil, ingenua… Todo esto surgía alado por la fuerza de la existencia del que aún ama contra el que desea extinguirse. Pisando el pasado en una lápida inerte, la contradicción de enterrar la carne para mantener vivo el recuerdo, ahora, puro resentimiento feroz y venenoso, ardía reclamando su trono mortal.

—Debes abrazarlo —se dijo.

—¿A quién?

—Al pasado.

—De eso nada.

—¡Púdrete entonces!

El lobo blanco comenzó a aullar con desenfreno.

Los cipreses se movían amenazadoramente. De un olivo cayó una cuerda, la horca de Judas, pensó. La traición a sí mismo, la conciliación de lo que fue se traduciría en la negación de lo que he sido. Sacó la cantimplora plateada y bebió con desesperación. Hay luz en la botella, claro que sí.

Las mariposas amarillas vinieron, pero eran más, muchísimas más. Comenzaron a envolverlo entre su círculo mágico, sacándolo del trance, para fulminar la terquedad que lo atenazaba. Se creó una burbuja que protegía el aire sobre la tumba del padre. Una luz lila iluminó la escena. Ellos, el mismo, la vida y la muerte reunidas sobre la lápida del pasado rugían en franca confrontación.

—He de rescatarte para salvarme —se dijo.

—Entonces mátame como Caín a Abel.

—De eso nada. Tú no eres Abel, yo no soy Caín y tampoco somos hermanos.

El lobo blanco calló, las mariposas se fueron en línea horizontal y la luz lila se extinguió. Lloraba de impotencia el duelo de cerrar la botella. Sabía que dormiría aletargado hasta peores momentos. Desfallecía y con él, se debilitaban las ansias destructivas de siempre. No moriría en ese lugar. Viva su mitad redentora, se desplomó sin fuerzas, respirando su última resaca, pero al acecho siempre, cazando momentos execrables para retomar la bebida justo donde la había dejado, en El Adonis, bar fantástico, suntuoso, inspirador de desgracias incondicionales.

—Quiero irme a casa —se dijo.

Ya le dolía hasta el pelo. El abatimiento de la derrota doblegaba su soberbia, sintiendo un desgarro brutal. La visión de la guerra no pasaba, la lucha perpetua y librada en desventaja contra la botella quería encontrar nuevos enemigos. Masacrarse lucía irresistible, pero sin el recurso etílico, de seguro que las emociones ocuparían su lugar. Fabricando fantasías imposibles, la frustración lo acompañaba hora tras hora, mientras la botella aguardaba quieta el temido descorche. Sudoraciones profusas y veladas insomnes lo atormentaron sin piedad. Hablaba a solas, mirando el andén del metro como la salida que requiere un único salto, el último de su vida. La aglomeración lo desencajaba por doquier, disgustado y peleando con su yo redentor.

Ante su casa, descubrió nuevos muros alzados en minutos. Protecciones condenables porque evitaban la libertad de salvarse, guardaban el ansia imperiosa de la intoxicación y el frenesí. Aquellos muros enormes se elevaban con rapidez diabólica y, desesperado, pretendía dinamitarlos para suicidarse entre sus escombros. Perdido entre los impulsos irracionales, caminaba sin rumbo, sintiendo el desprecio por lo que ha sido y la repugnancia de la realidad. Entonces llamó a su mitad temeraria, él mismo, para que viniera y arrasara con todo. Respirar le hacía daño, el paisaje hostil, fortalecido por el desgano, lo había lanzado al fondo de un hoyo tétrico, en medio de la selva primitiva de sus instintos. Rebelado, no se daba por vencido trepando las paredes de aquel abismo infinito.

Gritó con todas sus fuerzas y el eco de sus gritos no alcanzó la superficie. Aterrado, quería beber, pero no podía volver a hacerlo. ¿Dónde estaba El Adonis?, no lo sabía. Ignoraba también su destino. Creyó que la tensión de su propio salvamento constituía la gloriosa fantasía de su definitiva frustración. Dolorido por la pregunta que se hizo: ¿Por qué estás solo?, sabiéndose incapaz de implosionar, se dio cabezazos contra los nuevos muros de su casa. Sin llegar a desfigurarse, se hincó de pronto lánguido por la fuerza de la evidencia.

El teléfono sonó tan lejos que apenas podía oírlo. Enterrado en el fondo de su bolsillo, no daba crédito a lo que estaba pasando. Recordó la cuerda colgada en el olivo, cerca de la lápida del pasado, rumiando depresivamente. Molesto por el repicar telefónico, logró sacarlo con el fin de aplacar su perturbación.

—¿Quieres suicidarte? —se preguntó con la voz del condenado.

—Quisiera que no —se contestó sin esperanzas.

Supo entonces que viviría hoy, solo por hoy. Aplazada su sentencia de muerte, la redención pretendida quedó sujeta al indulto diario de su condena.

—No estás solo —se dijo, mientras contemplaba alucinado que los nuevos muros se derretían como el hielo en verano, dejando libre la entrada de su casa.

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2 Responses
  1. Julian sanchez

    El Lobo ,es un relato de los que me han transpolado a una realidad en la que no puedo escapar ,si que pulir y acojer.Excelente relato introspectivo e imaginario de como la trayectoria y el bagaje ,en el que aflora lo trajico ,el milagro y la belleza ….Gracias Maestro de la pluma .Por y estar sentado en su silla y palomar las letras y convertilas en ejemonia

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