[Predominio: 1—. Dispersión]

La veo cruzar las piernas queriendo descubrir su intimidad. El breve movimiento produce un pliegue indeseado en su falda y ella se apresura a alisarlo con la mano. Hay poca gente en el andén. No sé cómo se llama y no me interesa conocerla. Un hombre mira el mapa de líneas posibles que está colgado en la pared. Lleva un traje oscuro y un sombrero gris con cinta negra. El eco metálico del tren emana desde la caverna. El ruido crece, me llega el aire a su paso y mis tímpanos resisten el chillido en los rieles cuando se detiene. Los pasajeros salen con la prisa de costumbre y se alejan hacia las escaleras. Tras el reciclaje de viajeros, el andén se vacía y quedo rodeado de pura soledad. Decido sentarme y elijo un banco equidistante entre los extremos para evitar la fetidez que exhalan las bocas del túnel. Aguardo hasta que el tedio me supera. Salgo y busco la plaza. Un chico patea un balón y su compañero lo devuelve. Las palomas se agitan por el paso de un grupo de estudiantes. Sentado frente al kiosco de flores, un viejo cabecea aferrado a su bastón. Nadie se reúne, todos siguen caminando, algunos en silencio solitario, otros en pequeñas tropas civiles, desfilando la rutina diaria. Resulta imposible proyectar, imaginariamente, líneas rectas que acoplen los puntos humanos. La ausencia de simetría en la trayectoria de sus desplazamientos configura la independencia ficticia de los vivos. El vacío supera el espacio que llenan sus cuerpos. El distanciamiento se retrata como la mejor estrategia para mantener a la masa subyugada. Al aire libre, entre metros de separación, las voces fallecen en los oídos cercanos. Bloqueado cualquier impulso de rebeldía, la afluencia sincopada de mortales no supone una amenaza. La existencia está constreñida al deber cotidiano. Percibo un fenómeno generalizado: el pensamiento ha muerto. Mi observación indeleble se enfoca en las filiaciones peligrosas, riesgo ignorado por las mayorías, pero que a mí me atormenta. En las noches de insomnio repaso los datos alcanzados y una ola de angustia dispara mis sentidos. En la oscuridad de esas madrugadas, recorro las catacumbas de mi memoria para descubrir el motivo que ahuyenta el sueño. Un guardia me dice que circule. No puedo estar de pie en la plaza. He de sentarme o marcharme. En medio de la dispersión, una chica me rebasa por la derecha. El guardia mira sus nalgas. Entonces me alejo de la plaza detrás de la hermosa mujer, mientras él sonríe con picardía siniestra.

[Predominio continúa: 2—. Crónica]

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