[Predominio: 5—. Diosa]

Subimos por la estrecha carretera, salvando curvas diabólicas con la esperanza de ser los únicos sobre la vía. El margen entre un vehículo y otro es mínimo y el precipicio se abre ante mis ojos como el destino cierto de un posible choque. Nos desplazamos con velocidad de vértigo, como si tuviéramos la opción de flotar sobre cualquier obstáculo. Para colmo, el autobús traquetea a punto de desarmarse. La indiferencia del resto de los pasajeros me indica que están acostumbrados a arriesgar la vida en el trayecto. Tal vez creen que los accidentes nunca ocurren por aquí. Elena se relaja a mi lado o intenta simular que lo hace. Nos dirigimos a la costa, queremos disfrutar del mar y tumbarnos en la playa antes de largarnos. Está decidido, aunque en un mundo muerto, pienso, no hay escape.

Cerca de la cumbre el aire enfría el ambiente. Oigo que Elena se aclara la garganta. Por alguna razón seguimos en silencio. No duerme, pero observa la cabina del autobús con la mirada ausente, inmersa en sus pensamientos. Suspiro con la intención de limpiarme, de invocar una alquimia capaz de liberarme. La densidad del presente me somete, el cúmulo de pérdidas por las restricciones impuestas fulmina toda esperanza. La resistencia ante la injusticia del poder totalitario, la rebelión y la lucha clandestina, son el único modo que tengo de permanecer con vida. Los viejos anhelos, los sueños ingenuos están sepultados bajo las lápidas de la realidad.

Despierto en la habitación de la posada antes de la primera luz de la mañana. Me encierro en el baño y leo el reporte de heridos y muertos. Por lo visto, ayer la guardia detuvo a dieciséis muchachos y nadie sabe dónde están. Hay tres conocidos en la lista y eso me perturba. Cuando Elena despierta no digo nada, prefiero que disfrute sin sumar razones a nuestra decisión de marcharnos. Sé que, más allá de la diplomacia inútil, la indolencia del resto del mundo demuestra una complicidad global, una agenda macabra que atenta contra la especie humana. No tiene sentido explicarlo y elijo contemplar la alegría momentánea que vibra en ella, mientras proyecta un futuro a mi lado lejos del terror, la penuria y la desesperanza.

Veo que sale del agua arreglándose el bikini. La espero tumbado en la toalla. Varias gotas de agua de mar salpican en mi cara cuando se inclina para besarme. No nos bañamos juntos para no dejar las carteras a la intemperie, podrían convertirse en el botín de cualquier malhechor. Se trata de una precaución común aprendida desde nuestra más tierna infancia. Boca abajo, ella me sorprende mirando a una negra con la mayor parte de sus nalgas al aire. El minúsculo triángulo de la tela naranja solo le cubre el coxis. ¿Te gusta?, me pregunta. Es su manera de reprocharme. Me incorporo para sentarme y con el movimiento riego sin querer un poco de arena en la toalla. El aroma del protector solar impregna por breves segundos el aire agitado por el viento. La ayudo y masajeo su piel con pecas sensuales al tiempo que lo extiendo por toda la espalda. Los mojados mechones rojizos caen como ramas y debo apartarlos. Luego me meto en el mar y la distancia me obsequia su figura difuminada por mi miopía y, aun así, me resulta una diosa acostada en la arena de un planeta ignoto, otro mundo, un lugar habitable.

[Predominio continúa: 6—. Propuesta]

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