CULTO DEMENCIAL

Resulta imposible negar que muchos nacieron así: incapaces para reconocer el supremo valor de las diferencias. Otros, por comodidad o pereza tal vez, se quedaron a menos de la mitad del camino. Sus complejos, aletargados bajo la piel, bullen con efervescencia crónica para tergiversarlo todo.

Marx, Engels, Lenin, Stalin

Confundidos, sirven de abono para la maleza roja. Permiten que el hermoso señuelo de la izquierda —moderada o radical— los cautive, pese a que sus postulados han carecido, desde Marx y Engels hasta nuestros días, del verdadero rigor científico. He ahí la causa que explica el rotundo fracaso del socialismo.

Creen que el método utilizado funciona tanto para esgrimir alegatos y críticas de la sociedad actual, como para aventurarse en la oscura faena de las adivinanzas. “Por lo demás —escribió Albert Camus—, ¿no es por eso por lo que su libro fundamental se llama El capital y no La revolución?” No conforme con ello, se jactan de ofrecer una promesa utópica e infantil: ¡la de un mundo mejor, guiado de la mano de lo peor del mundo! Tal absurdo provoca hilaridad a la luz de los hechos, diría, del vuelo precipitado contra los escombros del muro de Berlín, contra el desecho de las mentiras.

Para ser al mismo tiempo determinista y profético, dialéctico y dogmático, se requiere de un régimen que no oculte su carácter, su retraso. La libertad ha de ser exterminada para dar paso a la imposición, esto es, a la igualdad de los esclavos. La pobreza, convertida en catapulta mágica, quizá logre lanzar al único jefe hacia el disfrute de varias décadas en el ejercicio del poder.

Al respecto Maurice Duverger nos ilustra en su obra Instituciones Políticas y Derecho Constitucional: “Las dictaduras marxistas constituyen, en consecuencia, el propio tipo de las dictaduras revolucionarias: emplean métodos autoritarios para construir una nueva sociedad”. En efecto, la voluntad de un pueblo debe ser condenada a cadena perpetua. Las celdas electrónicas están listas, programadas para no traicionar a la “dictadura del proletariado” o a la “democracia participativa”.

Pero quien nunca ha tenido claro que lo que está en juego, en tela de juicio, es la libertad, no puede reflexionar como Dios manda. El aparente dilema se lo traga de la misma manera que fue digerido en el pasado, seducido por el romanticismo mesiánico de la izquierda latinoamericana. Tal vez utilice unos escasos centímetros públicos para manifestar la perenne confusión que mora en su espíritu. Por fortuna ya no convence.

No lo hace porque en sus escritos los lectores advierten con facilidad que todavía no capta los argumentos básicos de Stuart Mill (1806-1873). Sí señor; tan básicos y universales como la diversidad, tan obvios que sólo un necio se atrevería a ignorar.

Luego, los postulados de la Revolución Francesa: Libertad e Igualdad, han sido, son y serán incompatibles.

Insisto, ya lo resaltó Karl Popper en su Búsqueda sin Término: “Me costó cierto tiempo reconocer que esto no es más que un bello sueño; que la libertad es más importante que la igualdad”. Sin duda que para quien nunca ha tenido claro lo que está en juego, la amenaza radica en el mero corazón de la naturaleza humana. En realidad la ignora. Ni la acepta ni la rechaza. Sin saberlo, se humilla al construir silogismos con premisas salvajes; razonamientos flojos que resbalan por culpa del fundamento enclenque que se apoya en el mito, en el fiasco rotundo que, en el siglo XXI, supone el demencial culto igualitario.

Nota: Publicado en El Universal, Venezuela.

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