INTERSECCIÓN

A Elsa Elena—.

Pompeyo Alejandro abandonó el campamento antes de las seis de la mañana. Nadie lo vio, sus compañeros dormían exhaustos. Sin la voz experta del guía, decidieron esperar a que volviera para seguir adelante. El itinerario previsto constaba de seis días de expedición por las faldas de esa cordillera tropical. Como a las dos de la tarde, la angustia por su ausencia se notaba en el rostro de los tres excursionistas, aunque ninguno dijo nada. Comieron pan con jamón y queso y bebieron agua fresca hasta que Pedro Luis confesó que estaba nervioso. Pepe prefería hacer tiempo por miedo a perderse si emprendían su búsqueda. Andrés mató la discusión proponiendo caminatas cortas. Saldrían de a dos, mientras uno de ellos se quedaba cuidando los enseres en el lugar donde durmieron. Completaron tres trayectos, de modo que a las cinco de la tarde cada uno había cumplido ambos roles. La caída del sol alivió la sensación de bochorno, pero la oscuridad de la noche, con el filo de su brisa, penetró sus pieles inyectándoles temor crudo. Los tímpanos de Pepe amplificaban los ruidos silvestres, ¿has oído eso?, decía asustado. Preguntó lo mismo tres veces sin que le respondieran, hasta que, primero Pedro Luis y, luego Andrés, se sintieron aturdidos por los sonidos nocturnos del monte. Encendieron una fogata, no para calentarse, sino para salir de las tinieblas.

El crepitar de la leña les impedía oír los pasos que se acercaban desde los árboles. La linterna de Andrés estrelló su rayo contra el cuerpo del guía. Los tres perdieron el control por una ola de emociones encontradas. Tanto querían abrazarlo, como golpearlo. Era medianoche cuando apareció Pompeyo Alejandro, más contento de lo habitual, sin hambre y con ganas de hablar. Les pidió que lo escucharan y después aceptaría los reproches. En vez de sentarse mirando el fuego, insistió en que debían abortar la excursión, ya que lo mejor era salir de inmediato de la montaña. ¿A esta hora?, indagó Pedro Luis. Sin más remedio, recogieron los enseres azuzados por la urgencia que tenía Pompeyo Alejandro, quien contó lo que había vivido y las causas de su demora cuando regresaban al punto de partida.

Aunque no hiciera falta, empezó su relato destacando lo mucho que conocía aquellos montes. Pedro Luis quería saber por qué se había ido sin ellos. Pompeyo Alejandro explicó que al despertar antes del alba quiso caminar solo un par de horas, por lo menos hasta la Garganta del Diablo, el paso más peligroso del itinerario previsto. Debido a su experiencia, esa sensación podía ser algo premonitorio, de manera que quiso explorar el primer tramo del trayecto.

Poco antes de llegar al desfiladero que más tarde, junto con ellos, tendría que bordear hasta la gran Roca del Indio, observó una senda nueva que conducía al interior del bosque. Apenas llevaba una hora y cuarto caminando y pensó que los tres estarían aún dormidos. Llevado por la curiosidad, cogió la estrecha ruta desconocida. La rareza del paisaje lo cautivó al instante. La densidad de la vegetación era indescriptible. Al mirar sus botas, descubrió que sus pasos hollaban el monte sin rumbo. El sendero había desaparecido. Continuó sin sentirse extraviado, más bien atraído por la pureza de la desolación, cuya delicia lo conectaba con la naturaleza. Advirtió que era un sitio tan inaccesible que dejó de preguntarse cómo es que nunca estuvo en ese lugar.

Una niebla absurda, por tardía, comenzó a envolverlo y, a pesar de la hora, Pompeyo Alejandro se obstinó en pensar que era propia de la mañana. La escasa visibilidad lo desorientó y ya había perdido la noción del tiempo. Fijó su atención en lo que estaba más cerca de él. El musgo y los líquenes pegados en las rocas, el bamboleo de una brizna de hierba, los zumbidos esporádicos de varios insectos voladores y la diversidad de aromas silvestres lo sugestionaron hasta creerse un pionero, cuya presencia mancillaba aquel trozo de selva.

La niebla se hizo más densa. Ralentizó el paso hasta que se detuvo. Vaciló por primera vez. Indeciso, en su mente se desataron fantasías atemorizantes. Bestias felinas rugían acechándolo detrás de los helechos. Tembló de nervios. Mareado, ni siquiera podía ver la punta de sus botas. Escuchó los tañidos rítmicos de un metal, seguidos por el trino de un ave ignota. El cuerpo desnudo, fibroso y cobrizo de una mujer con la melena salvaje cruzó corriendo ante él. Sus pulseras se agitaban tintineando, mientras blandía una daga brillante. Siguió de largo en la espesura de la niebla, soltó un quejido y desapareció entre los árboles. Oyó que un animal agonizaba escondido en la maleza. Con recelo, Pompeyo Alejandro se acercó para identificarlo. Un puma jadeaba con los ojos suplicantes, derramando sangre por un costado. La niebla levantaba y calculó con prudencia la distancia para tumbarse a salvo. El deseo de acostarse cerca del felino moribundo le demostró que era víctima de una inefable alucinación. Si quería volver, necesitaba salir del trance. Continuó hasta que una laguna apareció ante sus ojos en el fondo de un valle. Se lavó las manos, mojó su cara y su cuello. Se incorporó sintiendo que salía del delirio. Buscó la sombra de un árbol para orientarse y descubrir por dónde hallaría el camino de vuelta al campamento.

Observó una ruta empinada y prefirió tomarla, aunque necesitara escalar alguno de sus tramos. Abajo era imposible estar seguro ya que, desde ahí, un par de trechos parecían insalvables. Comenzó el ascenso y notó que el calor se hacía insoportable. En el cielo no flotaba ni una nube y podía apreciar la hermosura del paisaje con perfecta nitidez. Un olor rancio desplazó a las fragancias silvestres. Oyó los ecos de una multitud invisible desde ese punto del sendero. Pensó en los rituales que practicaban algunas civilizaciones extintas. En un quiebre del camino advirtió que podía continuar subiendo o empezar el descenso. Comenzó a bajar y los ecos cesaron. Dado el nuevo ángulo, pudo ver la porción del paisaje escondida tras la montaña. Entre el verdor de los árboles, divisó a lo lejos una construcción de piedras en franca armonía con la pendiente del montículo sobre la que se alzaba. Casi era un duplicado de las ruinas de Calakmul, el yacimiento maya descubierto en la región del Petén, estado mexicano de Campeche, en la península de Yucatán. Mientras Pompeyo Alejandro contemplaba semejante maravilla, sumido en el colmo de su desconcierto, por insólito, un vendaval se llevó el olor rancio y trajo de nuevo las fragancias silvestres.

Desde su sitio, que estaba por encima del Calakmul, o lo que casi era su duplicado, más un cielo sin nubes, podía ver las siluetas de varias personas subiendo y bajando por sus enormes escaleras. Trató de espabilarse, se dijo que estaba soñando o tal vez fuera víctima de una alucinación tan intensa que no podía salir de ella con solo desearlo. De acuerdo con su razonamiento, aquello era imposible, pero lo que sentía, oía y veía, pese a lo que pensaba, no respaldaba las sospechas para creer que estaba viviendo una ficción.

Preocupado porque el reloj marcaba las dos de la tarde, la idea de volver al campamento pudo más que el impulso de visitar lo que casi era un duplicado de las ruinas de Calakmul. Continuó bajando la montaña y, al llegar a la llanura, el tupido follaje de los árboles de distintos tamaños ensombrecía por completo la tierra plagada de hojas muertas. Vio el único rayo de sol que traspasaba la cerrada frondosidad a más de diez metros de distancia. Fue a su encuentro atraído por esa claridad perpendicular. Supuso que se dirigía en la dirección adecuada y continuó creyendo que estaba a menos de dos horas del campamento. Dibujó un mapa en su mente sobrevolando el perímetro para trazar una línea del trayecto que había recorrido hasta el momento. Según sus apreciaciones, rodeaba el terreno, de manera que llegaría a la gran Roca del Indio por el lado opuesto y después de bordear el desfiladero, encontraría la estrecha senda que cogió llevado por la curiosidad. Tales cavilaciones lograron serenarlo y se imaginó contando su aventura ante la mirada incrédula de los tres excursionistas que debían estar esperándolo con mucha inquietud. Se rió de sí mismo, él tampoco daba crédito a su experiencia. Se dijo que quizás lo más prudente fuera mantener en secreto todo aquello e inventarse otra historia, medio accidentada, para justificar su ausencia. Caminaba tranquilamente cuando percibió que alguien lo seguía escondido entre los árboles. Descubrió que no se trataba de una persona. Una multitud lo alcanzó. Hombres y mujeres desnudos o semidesnudos, con pulseras de metal, hueso o marfil, marchaban con rapidez y en estricto silencio. Los que iban al frente de aquella procesión lo rebasaron y quedó entre la muchedumbre que pasaba de largo sin percatarse de su presencia. Delante y a su izquierda, observó un niño y una niña, desnudos ambos, cautivos en jaulas con barrotes de bambú, cargadas por ocho hombres con el culo al aire, pero con sus genitales cubiertos.

En un claro amplio, ataron a los infantes, cada uno a un tronco sobre un pedestal de piedras, coronado por tablas que servían de tarima. La multitud se aglomeró alrededor. Pompeyo Alejandro decidió permanecer detrás de un árbol, aunque nadie parecía advertir su intromisión. Desde su mediocre escondite pudo ver lo que pasaba a pesar de la distancia. Con una vara angosta que zumbaba cortando el aire, el líder se acercó a la niña y le dijo algo al oído. Su carita se desfiguró por el miedo y comenzó a llorar en silencio. Nadie tosía siquiera. En un arrebato, estrelló la vara contra las piernitas del niño y este pegó un alarido ensordecedor. Repitió la maniobra y con la misma fuerza contra la niña. Ambos infantes gritaban al unísono llorando con desesperación la crueldad. Los azotes se multiplicaron. Pompeyo Alejandro intentó detener el sadismo de aquel extraño ritual, pero su cuerpo no le obedecía. Trató de alzar la voz, de llamar la atención, quería interrumpir de alguna manera las torturas. No pudo. Estaba condenado a ser un espectador más de esa infamia. Las rojas líneas horizontales en las piernitas de los niños chorreaban hilos de sangre. Por sus caras, era evidente que lloraban más por terror que por el dolor que sufrían. El líder dejó de pegarles y les gritaba en un idioma extraño. Pompeyo Alejandro comprendió que los amenazaba con seguir azotándolos. El suplicio de los niños se percibía en sus pechos agitados ante la mirada vigilante del líder. Un par de azotes precedieron a los nuevos gritos del líder y los infantes excitados por el martirio, se asfixiaban con su propia respiración. Siguiendo las órdenes, una mujer se colocó detrás de la niña y un hombre detrás del niño. El líder volvió a decirles algo al oído y la mortificación en sus caritas anegadas de llanto no hallaba redención ni alivio. Con el puño golpeó el corazón de la niña para provocarle un infarto. De inmediato, la mujer la degolló. El niño sufrió lo mismo. Recogieron la sangre en recipientes de plata. Después que bebiera el líder, el silencio se rompió. Unos cuantos elegidos saciaron su sed y eufóricos, todos celebraban la borrachera de sangre.

No fue hasta que se marcharon, llevándose con ellos los cadáveres de los niños, cuando Pompeyo Alejandro volvió a tener dominio sobre su cuerpo. Se dejó caer, ¿qué es esto?, se decía, ¿qué me está pasando? Asustado, se incorporó sintiendo un ligero mareo. Quería volver al campamento antes de la caída del sol, pero esto ya no era posible.

Llegó a su encuentro un viejo vestido con chaleco y sombrero tipo safari. No iba armado. Muy afable, despejó los temores de Pompeyo Alejandro y, después de saludarlo, dijo que se llamaba Gastón. Escuchó muy atento el relato sin borrar la sonrisa de su cara. Ante la evidente confusión, le explicó calmadamente el origen de aquellas visiones tan extrañas como desquiciantes. Dijo que ambos se encontraban en la intersección de varios campos de espacio-tiempo y que no sabía cuántos sumaban la totalidad, pero que, sin duda, eran más de los que alguna vez imaginó. Debido a que Pompeyo Alejandro había ingresado sin invitación alguna, no tuvo quien lo orientara a través del tránsito. Había caído en una región peligrosa para su estabilidad psíquica. Un plano desconocido para Gastón y celebraba el hecho de verlo sin trastornos profundos o, de alguna forma, irremediables.Cuando Pompeyo Alejandro quiso mostrarle el lugar donde se llevó a cabo el sacrificio de los infantes, miró estupefacto que lo que fuera un amplio claro del bosque, ahora era una comarca rural con una iglesia construida sobre el punto exacto en el que asesinaron a los niños.

Gastón señaló con el dedo cuál era su casa. Dijo que en su pueblo existía una leyenda según la cual, en ese mismo lugar, hubo una civilización extinta y politeísta que procreaba para beberse el jugo del futuro. Trataban de conseguir la energía que pudiera darle eternidad al presente. Por supuesto que no lo lograron y agregó que ahora él podía confirmar la veracidad de aquella historia. Lamentaba que Pompeyo Alejandro hubiera sido el testigo obligado de un rito tan aberrante, pero aclaraba que, aunque él no lo supiera, la humanidad continuaba practicando cultos similares, incluso más cruentos y sofisticados.

Pompeyo Alejandro volvió a sospechar que estaba alucinando, le aterraba darse cuenta de que perdía la cordura porque, obviamente, no soñaba. Gastón se percató de sus dudas y lo invitó a conocer su casa. Agradecido por el gesto, rechazó la invitación explicándole que tres excursionistas lo esperaban y, con seguridad, ya deberían estar muy preocupados por su ausencia.

—Si me permites —dijo Gastón—, puedo acompañarte hasta la estrecha senda que cogiste llevado por la curiosidad.

—Me encantaría —contestó Pompeyo Alejandro y añadió—: Si quieres, puedes venir conmigo hasta el campamento.

—No lo creo —y para evitar la desconfianza, mintió—: no quiero pasar la noche fuera de casa, no tengo linterna y me perdería si me alejo tanto. No conozco lo suficiente esa ruta como para regresar en la oscuridad.

Volvían por caminos que Pompeyo no había pisado. Las anécdotas que contaba Gastón eran impresionantes. Vidas y épocas coexistiendo de forma imposible, si se concibe al tiempo como una dimensión lineal. Gastón explicó que la invitación de conocer su casa significaba el ingreso permanente a la intersección de los campos temporales y que se la había hecho porque le gustaría, en caso de que él la aceptara, despejar las dudas que pudieran surgirle a medida que se adaptaba a su nueva vida. Antes de despedirse, Pompeyo indagó:

—¿Por qué a mí?

—Tu curiosidad te dio paso y eso no fue un evento casual.

A estas alturas del relato, Andrés quería saber qué iba a hacer Pompeyo Alejandro, pero no se atrevió a formular la pregunta porque lo vio preocupado, mirando hacia atrás, como si los persiguiera el peligro. Marchaban en fila india. Inquieto, él dejó que los tres excursionistas lo rebasaran y quedó en la última posición. No volvió a hablar. Cerca de la caseta de control del guardabosques, un olor rancio desplazó a las fragancias silvestres. La fetidez en el aire les produjo náuseas a los tres, aunque ninguno tuvo que vomitar. Habían caminado sin prisa toda la noche. También hicieron breves descansos. Con el primer rayo de sol, apagaron las linternas. A Pedro Luis se le ocurrió tocar la puerta para compartir el desayuno con el guardabosques, pero la caseta estaba vacía. Decidieron dispersarse para inspeccionar el lugar y en ese momento descubrieron que Pompeyo Alejandro, sin dejar el menor rastro, los había abandonado antes de las seis de la mañana. 

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