[Predominio: 2—. Crónica]

El día despunta sin nubes. A media mañana muchos salen de sus casas con pitos y banderas. La euforia crece en el punto de encuentro. El calor aumenta en la concentración. La marcha tiene un destino, pretende que se haga justicia. La ingenuidad es total. Se lanzan proclamas, glorifican la mentira. Es un matadero selectivo que le importa nada al resto del mundo. Se trata de la energía para someter al individuo, el drenaje de la rabia. Caminan convencidos de que libran una lucha legítima. Están hartos, dicen. Apretados, las pieles exhalan aromas de lociones agradables, desodorantes potentes y sudores fétidos. Observo vendedores que ofrecen gorras, helados, agua. El mayor peligro está en el frente, por eso dejan que los jóvenes vayan en la cabecera de la marcha. Después de retratarse y declarar ante las cámaras, los convocantes han desaparecido. Entre saludos y espaldarazos, la marea de emociones sirve de telón para esconderlos. Noto furia descompuesta. Sigo marchando entre los incautos en silencio.

Se oye una detonación, luego otra seguida de gritos. Veo a lo lejos una nube blanca que brota del suelo. Me detengo, la trayectoria se ha quebrado. Los manifestantes, infelices de diversos modos, desesperados, han hecho un espacio en su agenda para expresar el horror que los atenaza. Oigo sollozos. El miedo infecta los rostros, el ímpetu se evapora con los gases lacrimógenos. El desenlace se ha vuelto costumbre. Tras una semana marchando, todos mis sentidos están en guardia. Mi temor está colgado en las azoteas de los edificios. El azar podría convertirme en el blanco de un francotirador. Se sabe que asesinan con un disparo en la cabeza. Caen los muertos como un goteo y se cuentan las bajas al concluir la jornada.

Ese día voy a la morgue. Acepté la invitación de unos estudiantes. Sentado en el asiento trasero, descubro que entre ellos impera una suerte de jerarquía militar. El copiloto, jefe de la cuadrilla, ordena al conductor que vaya más rápido. Llegamos con varios minutos de retraso. Supe que habían acordado una cita con uno de los observadores de la ONU. Ya van más de sesenta asesinados en la lista de jóvenes caídos en las protestas. Los heridos son más. Colado entre periodistas, logro ver sangre seca en el suelo de la entrada de la morgue. Nadie podía pasar. Aquí afuera el ambiente es anárquico. Los cortes de luz y de agua han resultado fatales para los servicios forenses. Por los llantos ahogados de una señora supongo que sus lágrimas derraman la pérdida de un hijo. Me pregunto cuánto dolor siente la víctima de un disparo en la cabeza y cuánto dolor deja su muerte. El resultado de la ecuación es el tamaño de la injusticia, materia prima de negociaciones y acuerdos. Un oficio rentable e indetenible: el triunfo de la tiranía.

Uno de los estudiantes me dice que ayer una chica de diecinueve años quiso suicidarse lanzándose por una ventana del edificio de los tribunales. Iba a la audiencia preliminar. Su abogado logró evitar que lo hiciera. La detuvo en plena carrera agarrándola por la cintura como lo hacen los jugadores de rugby. Ella era una más de las detenidas en las marchas habituales, en las protestas diarias del fracaso. Una variable constante entre los millones de traicionados. La violaron en el calabozo. Me dice que, por los testimonios, los estudiantes saben que a los guardias les encanta el sexo anal. Asegura que hay muchachos a los que les metieron el fusil por el culo.

Llego a casa como a las diez de la noche. Exhausto, me valgo de las fuerzas que brotan del hambre, fuerzas que solo sirven para comer, nunca para rebelarme. Ceno sardinas en lata con galletas de soda. Me ilumina la llama de una vela vacilante. El corte de luz lleva más de un par de horas. El triunfo diario de la tiranía se impone gracias a los acuerdos pacíficos, la diplomacia inútil y el sistema clientelar que disfrutan las multinacionales. Mi observación indeleble se enfoca en las filiaciones peligrosas, riesgo ignorado por las mayorías, pero que a mí me atormenta. Voy a la cama sumido en la penumbra, recorro las catacumbas de mi memoria para descubrir el motivo que ahuyenta el sueño. Del conglomerado de imágenes, salta un recuerdo aparentemente inocuo: el día que un guardia me dijo que circulara, ya que estaba prohibido permanecer de pie en la plaza. Debía sentarme o marcharme. Entonces una chica me rebasó por la derecha. El guardia miró sus nalgas y yo me alejé de la plaza detrás de aquella hermosa mujer, mientras él sonreía con picardía siniestra. 

[Predominio continúa: 3—. Evasión]

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