SÁNDOR MÁRAI

Pese a que todo su diario está escrito a máquina, la última página, fechada el 15 de enero de 1989, la escribió a mano: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora”. Sándor Márai se quitó la vida pegándose un tiro en la cabeza, el 21 de febrero de 1989.

Nació en Kassa, Hungría, en 1900. Después de ingresar en el Instituto para el Periodismo en Leipzig, lo abandona para irse a Frankfurt. Su talento lo lleva a conquistar espacios exigentes y comienza a publicar en el prestigioso Frankfurter Zeitung. Se muda e inscribe en la Universidad de Berlín. No se gradúa. Se casa y junto a su esposa se marcha a París —¿por voluntad o destino?—, punto de partida para numerosos viajes. Vuelve a Hungría en 1928. En la década de 1930 publica alrededor de dieciséis libros. Entre 1945 y 1948 aparecen ocho más. Con muchos lectores, tanto húngaros como germanoparlantes, se vio reducido a la nada como artista e intelectual. El comunismo soviético lo aplastó. Parte a Suiza, Italia y Nueva York. Como es lógico, la rebelión húngara de 1956 le da ánimo. De nuevo en Europa constata que la operación, diseñada por la CIA, terminó en una masacre. El gobierno norteamericano tuvo que traicionar a los suyos en plena línea de fuego. Márai encuentra sobrevivientes tragando el amargo cáliz de la derrota. En 1979 se instala en San Diego, California. El muro de Berlín cae apenas unos meses después de su suicidio. A su editor, István Vörösváry, le escribió: “Lo siento mucho, ya no puedo más. La debilidad no desaparece y, de seguir así, pronto tendrán que ingresarme. Quisiera evitarlo. Gracias por vuestra amistad. Cuidaos mucho. Os deseo todo lo mejor”.

En 1938 el canciller de Austria se rinde ante Hitler y renuncia. Al día siguiente de la noticia fatal, Sándor Márai juega tenis. Para J.M. Coetzee: “Se ha comportado como una caricatura del intelectual burgués, despreciando a la chusma de la derecha y a la chusma de la izquierda, retirándose a sus placeres personales”. La repulsión implícita en el comentario también se percibe en la opinión que tiene sobre la “oeuvre” de Márai: “su concepción de la forma novelesca era, no obstante, anticuada, su concepción del potencial de la novela era limitada, y sus logros en ese medio fueron, en consecuencia, escasos”; y en particular, de El Último Encuentro: “No cuesta mucho creer que ese éxito es en gran medida una respuesta a los elementos de romance popular… a esa caricaturesca capa de kitsch de la que Márai, a su manera compleja e irónica, se distancia y al mismo tiempo acepta como inevitable”; y fulmina diciendo: “se lee como una transcripción narrativa, por momentos torpe, de una obra de teatro”. Llama la atención que, el también escritor, profesor y crítico literario, Nabokov, dijo: “Dostoyevski era más dramaturgo que novelista… Consideradas como novelas, sus obras de teatro son demasiado largas y difusas”. Tal similitud, ¿obedece a la mera casualidad? Reparar en ello quizá no tenga la menor importancia. ¿Quién sabe?

¿Cuál puede ser el ingrediente en El Último Encuentro capaz de producir el resabio? El nexo insustituible entre la búsqueda de la verdad para lograr la libertad, por más dolor que suponga el esfuerzo. Dos hombres, mejores amigos en la juventud, se citan después de cuarenta años de absoluta separación. Los valores no se pierden, ni el rencor o el odio los exterminan. Incluso el silencio es expresión de principios morales duros y ciertos. He ahí una posibilidad para explicar la razón (o sinrazón) con la cual se ataca a la magistral novela.

Confesiones de un Burgués consta de dos partes al estilo clásico. El protagonista anónimo narra su infancia y temprana juventud, en donde se evidencia el valor del respeto, la tradición, la familia, la cultura, el sentido de patria, los miedos, el dolor del crecimiento; la importancia que tiene el orden para toda sociedad. En la segunda, la calidez de la existencia se congela: han asesinado al heredero al trono (1914, Sarajevo). Arranca el viaje: Leipzig, Frankfurt, Berlín, Londres, Florencia, Medio Oriente, París, Budapest. La civilización se hunde, la barbarie gana terreno y adeptos. “Quiero dar fe de una época en la que vivía una generación que deseaba el triunfo de la razón por encima de los instintos y que creía en la fuerza y en la resistencia de la inteligencia y del espíritu, capaces de detener el avance de las hordas ansiosas de sangre y muerte”.

Nota: publicado en la sección de literatura, revista Petróleo YV, Grupo Energizando Ideas.

Text box item sample content

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies