[Predominio: 35—. Sujetos]

Aunque Stavros desea una explicación, no voy a hablar de mi amigo Eduardo Gallent, de modo que intento conocer el estado de las negociaciones.

—Por lo visto —digo—, la información que tiene Catherine te interesa bastante, ¿no es así?

—Nada nuevo, en realidad —dice Stavros.

—Entonces, ¿no te interesa?

—Puede que sí —responde Stavros con indiferencia fingida.

—Bueno —aclaro—, ya que tú no dices nada, ¿por qué piensas que yo te debo una explicación?

Stavros ríe nervioso.

—En primer lugar —responde Stavros—, Elena quiere saber cómo es posible que el grupo de Biti sepa de ella y, en segundo, los dos quieren largarse de este país.

—Lo que le diga a Elena no te incumbe —lo reto— y, que yo sepa, nunca has querido que me vaya, de hecho, en lugar de ayudarme, lo impediste dejándote engañar por el Cuate.

—¿Y qué opción tienes? —cuestiona Stavros—, si no aclaras mis dudas, no hay trato. Si no hay trato, el Cuate joderá a Elena si no liberas a Zoe y, si la liberas, te quiebro yo.

El ambiente se tensa. Stavros contiene la rabia que le quema por dentro. Amy se levanta y me mira tratando de convencerme para que hable. Luego se pone a recoger los vasos como si fuera la sirvienta del lugar, simulando que la conversación no le afecta. En medio del silencio, Hans carraspea.

—No sé a qué te refieres cuando dices que ahora juegan distinto y la verdad, no me interesa saberlo —dice Elena dirigiéndose a Stavros con determinación—. Creo que nadie te ha dicho lo que en realidad eres, pero yo te lo voy a decir: además de un criminal, eres un pobre hombre.

—Cálmate, Elena, por favor —sugiere Hans.

—¡Qué va! —replica Elena—, ya estoy harta —y mirando a Stavros—: si piensas matar a Alejandro, vas a tener que matarme también. ¡Imbécil!

—Cálmate —insiste Hans.

Stavros bebe lo que le queda en el vaso y se lo entrega a Amy, quien parece una estatua a su lado.

—¿Dónde está el baño? —pregunta Elena poniéndose de pie.

—Ven —responde Amy—, yo te llevo.

Cuando Elena pasa junto al desprevenido Hans, en un rápido movimiento le quita la pistola y le pega un tiro a la mesa de centro. Aturdidos, vemos que en el acto la deja caer sobre la mesa agujereada.

—A mi padre le encantan las armas y me enseñó muchas cosas —dice Elena—. Así que, o me matas tú o te mato yo —y dirigiéndose a Amy—: llévame al baño.

Antes de que ellas salieran del estudio, aparece el escolta de Stavros preguntando qué pasó.

—Tranquilo —contesta Hans—, estábamos mirando la pistola y le pegué un tiro a la mesa.

El tipo observa a Stavros para comprobar la versión y este le hace una seña para que desaparezca. Amy y Elena esperan y salen después de él. Hans me observa desconcertado y no se atreve a guardar la pistola.

—Te recuerdo que soy un suicida nato —digo.

—¿Y Elena también? —pregunta Stavros con cinismo.

—No —respondo—. Como sigas jugando al jefe, tratando de sacar provecho de nuestra situación, ella sí te va a matar. Es más, te advierto que, si quieres seguir vivo después de matarme, mejor mátala primero.

—Esto se jodió —comenta Hans—. Yo no voy a matar a Alejandro y a Elena tampoco.

—¡Cállate! —grita Stavros.

—Estamos en punto muerto —digo.

—Pues sí —confirma Stavros—. Eso me pasa por confiar en un loco como tú. Eres brillante, pero tu locura es superior a tu inteligencia.

—No sabía que fueran distintas —digo para chocarlo más—. ¿Soy brillante porque estoy loco o estoy loco porque soy brillante?, he ahí la cuestión.

Las chicas regresan en silencio. Elena vuelve a mi lado en el sofá, pero Amy busca una silla y se ubica junto a Stavros en lugar de sentarse en el apoyabrazos de su sillón.

—Me parece que tú tampoco tienes alternativa —digo—. Si quisieras matarnos, ya lo habrías hecho. Mira, ahí tienes la pistola, ¿por qué no nos has volado la cabeza?

—Ya te lo dije —contesta Stavros—, aunque tu mujer no lo crea, no quiero matarte, no gano nada con tu muerte y tampoco quiero que salgas del equipo.

—Stavros, veo que no me has entendido —aclaro—, yo ya estoy fuera, o me matas o me dejas ir.

Por fin Stavros comprende que nunca tuvo el control de la reunión. Sus premisas eran puras fantasías.

—¿Sabes por qué estamos dispuestos a hacer lo que sea para irnos? —pregunta Elena y explica—: Porque, mientras los tipos como el Cuate y tú se han dedicado a negociar con la tragedia del país, la gente como Alejandro y yo, ya no vivimos. Nuestra existencia se redujo a la nada, soportando toda clase de calamidades. Eso es algo que, desde los lujos que disfrutas y la adrenalina del poder en la sombra, jamás entenderán sujetos como el Cuate y tú.

[Predominio continúa: 36—. Declaración final]

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