[Predominio: 31—. Marcado]

Los nubarrones atrapados en el valle bloquean el brillo de las estrellas. El día ha sido oscuro y, quizás por eso, me parece que las luces de las lámparas alumbran la sala con un tono mortecino. No sé, tal vez la distorsión de lo que percibo se deba al deseo que tengo de ganar claridad en medio de la tiniebla. El goteo lánguido de la lluvia persiste dilatando la agonía previa a su fallecimiento. Esperar a Amy se ha convertido en una guerra abierta contra la ansiedad, cuyo armisticio empieza cuando cruza la puerta de mi casa.

Hans se levanta en el acto, va a su encuentro y le da un beso en la boca.

—¿Y esto? —pregunta Amy.

—¿Qué? —replica Hans—, ¿no te gustó?

—Claro que sí, pero como aún estamos trabajando…

Noto que él se ha involucrado más de lo previsto. No lo sabe, pero su orgullo masculino le impide calibrar el trato. La típica relación de pareja no existe. Es evidente que en ella no ha brotado ningún vínculo sentimental. Salta a la vista en sus expresiones femeninas que solo disfruta del sexo, nada más.

Ya sentados, veo que Amy advierte la angustia que atenaza a Elena. Pospone su curiosidad al respecto y nos dice que, entre los financistas de la ONG de Rajiv, hay un grupo iraní bien conectado en las esferas políticas de Estados Unidos.

—¿Cómo es posible? —pregunto—, en el mapeo que hice no había iraníes.

—Sí —explica Amy—, pero gracias a tu reporte, Stavros pudo rastrear al grupo que se escondía detrás de un fondo domiciliado en Luxemburgo. El nombre le llamó la atención y recordó que estuvo implicado en varias campañas feministas europeas. Agitación de calle y cosas por el estilo, con miras a lograr un cambio en la legislación.

—¿Acaso hay iraníes pagando movimientos feministas en Europa? —pregunta Elena.

—Iraníes propiamente, no —dice Amy—. Lo que pasa es que dicho fondo funciona en sociedad con algunos oficiales de la CIA.

—Increíble —comenta Elena—, peor que cualquier distopía.

Amy nos recuerda que el último embrollo tuvo dos causas: Cuba e Irán. Debido al cambio en la política exterior, los negocios proyectados y el blanqueo de capitales, en el circuito cubano, se vino a pique cuando Washington decidió retroceder y cortar las relaciones diplomáticas. Además, por las sanciones y la eliminación del código Swift, muchas cuentas iraníes quedaron bloqueadas. Todo eso supuso un trastorno, pero el flujo de armamento no podía detenerse, el narcotráfico tampoco. Aunque las fiestas electorales venezolanas no bastaban para lavar tantos ceros y, para colmo, también se les impuso sanciones y bloqueos a muchos personajes del régimen, era necesario continuar realizándolas. El dinero seguía fluyendo e interrumpir la extracción del coltán causaría un caos indescriptible y, como se sabe, el Congo no puede satisfacer la demanda multinacional por completo.

Guarda silencio por unos segundos para comprobar si alguno de nosotros tiene dudas sobre los precedentes. Luego prosigue explicando que, si bien uno de los contactos que tiene el Cuate en la CIA calmó los nervios de muchos, tras informar que varios jerarcas del Partido Demócrata mantenían reuniones con oficiales de inteligencia iraníes en París, las opiniones encontradas dividieron a los agentes implicados, creando dos bandos de facto. Como la única forma de operar era a través del circuito oriental y debido a que el Partido Comunista chino no es monolítico, pese a la imagen que se proyecta al resto del mundo, los detractores de las transacciones hallaron cómplices tanto en China, como en la CIA. Así, Zoe Moreau, la canadiense, igual que el chino asesinado por Hans, operaron siguiendo las instrucciones de una facción rebelde a la línea acordada.

—Ni el chino ni la canadiense han traicionado a Stavros, ya que el fondo de inversión para el que trabajaban se limitó a obedecer órdenes.

—Pero ¿qué tiene que ver el Cuate? —pregunta Hans.

—Los chinos y los oficiales de la CIA que operaron como una facción rebelde, unidos en un bando de facto, utilizaron a Marino Torres para proteger a Zoe Moreau, dado lo que hizo Stavros con el chino.

—Un momento —dice Hans—. Según lo que dijo Alejandro, el Cuate quería identificar a la canadiense para sacarla de circulación.

—Eso fue lo que dijo Marino Torres para mantener su tapadera —explica Amy—. En realidad, ya tenía prevenido a Landaeta para custodiarla y trasladarla en el momento en que supiera dónde tendría un espacio en su agenda, ya que todavía no le confirmaban un encuentro en Cúcuta o en Bogotá. La idea del Cuate era reunirse con ella antes de que regresara a Canadá y él, a México.

—¿Cómo fue que los chinos y los de la CIA utilizaron al Cuate? —pregunta Elena.

—Ya que está relacionado con agentes de la CIA y esconde esos vínculos obsesivamente —explica Amy—, su apariencia de hombre cándido y bonachón, no le serviría para excusarse ante los títeres que ha manipulado y que todavía reclaman el incumplimiento de la agenda que, durante años, ha promovido. Con delatarlo o filtrar la cuantía de lo que ha ganado a través del engaño, vociferando su supuesta fe en la democracia y su apego al pacifismo o al principio de la no violencia, quedaría reducido a la nada, es decir, Marino Torres preferiría la muerte que verse sufriendo esa condena.

—¿Y por qué mandó a joder a Alejandro? —pregunta Hans—, con sacar a la canadiense era suficiente, ¿no es así?

—Porque Alejandro mantiene una postura radical —contesta Amy—. Son muchos intereses en juego y, de momento, la única forma de administrar la impunidad es a través del diálogo y las negociaciones. Para explicarme, digamos que no hay posibilidades de realizar una operación militar de tipo quirúrgico, ya que el país está podrido de cabo a rabo.

—¿Y acaso Alejandro tiene el peso suficiente para alborotar el avispero? —insiste Hans con un toque de ingenuidad.

—Pues, él solo, no, claro que no —responde Amy—, pero son muchas las voces que comienzan a adoptar una postura radical en el país. La gente se ha cansado de la mentira reciclada.

—¡Qué va! —dice Hans—, la gente tiene hambre y los que se hartaron, se fueron.

—Bueno —concluye Amy—, esa es tu opinión y quizás tengas razón, pero Marino Torres piensa distinto.

Silencio.

Oigo el lamento rítmico de la lluvia y pienso que el país llora un dolor contenido y cuando escampe, seguirá llorando aún sin lágrimas, reseco de penurias y mortificaciones. 

Sé que Amy ha querido presentar un pedazo de la torta para que aceptemos la tregua acordada entre Marino Torres y Stavros. Como es su costumbre, ella acaba de administrar la verdad. En ningún momento ha sido capaz de mantenerme la mirada y, no lo ha hecho, porque está al tanto del peligro que supone que un radical como yo conozca tantas cosas. He ahí el nerviosismo. Sin duda, estoy marcado con la venia de Stavros, quien no es inmune, porque no es inocente.     

[Predominio continúa: 32—. Chantaje]

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