[Predominio: 30—. Pautas]

Pasamos la tarde intentando calmarnos. El descalabro de Elena provocó la interrupción de su trabajo y Hans se muestra comprensivo, de hecho, luce más angustiado de lo que imaginé. Decidimos poner al tanto a Amy en persona, en lugar de llamarla. Después de comer, pese a que todavía faltan un par de horas para reunirnos, los tres vamos a mi casa. Elena entra en la habitación y me quedo con Hans en la sala.

Con el ocaso, la lluvia cae suavemente. Pareciera que los nubarrones administraran la descarga atrapados en el valle. A Hans le apetece un trago, pero no tengo ningún tipo de bebida alcohólica para ofrecerle, ni siquiera una cerveza. Decide ir a la licorería de la esquina. Cuando sale, aprovecho para decirle a Elena que le he enviado un correo a Eduardo Gallent.

—¿Y qué contestó?

—Todavía nada.

El verde de sus ojos se ahoga en la angustia, me dice sin palabras que no hay salida.

—Es increíble lo que nos está pasando —comenta.

—Sí —digo—, quizás sea el único destino para quienes alguna vez pensamos que podíamos hacer algo.

—Pero es que se trata del país, es decir, estamos presos donde nacimos porque unos criminales secuestraron los poderes del Estado. ¿Qué?, ¿acaso al resto del mundo no le importa?

—El resto del mundo, eso que llaman la comunidad internacional, se mueve por intereses, no por valores o principios, y sus intereses están bien asegurados. Todos participan del negocio.

—¿Y la gente que se pudra y que se muera?

—A la hora de tomar ese tipo de decisiones, la gente no cuenta, no existe. Nada más fíjate en lo que se ha convertido la defensa de los derechos humanos en la ONU. Cualquiera, con un par de neuronas, puede descubrir que no es más que una burla. Puros discursos cínicos y vacíos, pura inutilidad.

Hans regresa con una botella de wisky y se sirve un trago. Toma asiento y se queja de la lluvia.

—Según lo que entiendo, el Cuate desafió a Stavros —dice.

—Pero seguirán siendo socios —comento.

—Cuesta creerlo, pero después de saber quién es Stavros…

—Puede ser, tal vez unas cuantas bajas, enfrentamientos leves, hasta que logren un nuevo entendimiento entre ellos.

—A lo mejor Amy tiene buenas noticias.

Necesito poner un freno, quiero que sepa el tamaño de mi desconfianza, deseo advertirle que la soledad en la que estoy también supone un peligro para él.

—Hans, si te mandaran a matarme, ¿qué harías?

—Me gustaría saber por qué —dice sin esconder la sorpresa.

—Es posible que yo sea una variable nula en la ecuación, de modo que, para cumplir con el último encargo, tuve que descubrir cosas que muy pocos pueden saber, ¿me explico?

—No mucho.

—Creo que el último encargo fue un error. Yo no era el indicado para hacerlo y, seguramente, algunos ya están nerviosos por eso.

—¡Pero si lo hiciste en tiempo récord! —exclama Hans—. Tú no lo viste, pero yo sí. Stavros casi salta de alegría cuando entregaste el reporte, dijo que eras un duro y que, si hubieras nacido en el primer mundo, tu vida sería muy distinta.

Elena me mira porque al oír las palabras de Hans, su angustia alcanza la cima. Ella sabe que, tan pronto decidí reventarlo todo, las alabanzas de Stavros hacia mí confirman lo peor.

—Hans, no has contestado la pregunta —insiste Elena—. Si te mandaran a matar a Alejandro, ¿qué harías?

—Creo que nadie podría convencerme.

—Y si te negaras a hacerlo, ¿qué te pasaría?

Silencio.

Por fin, ella logra que capte el peligro. Con el último encargo y al negarse a sacarme con Elena, el Cuate me ha dejado claro que prefiere matarme. Como soy del equipo de Stavros, su socio, tiene que respetar ciertas pautas. Para ejecutarme, primero debe justificarlo y, para hacerlo, ya tiene la excusa perfecta. La información a la que tuve acceso analizando datos en la ONG de Rajiv, es tan sensible, como inconveniente. Los implicados gozan de buena reputación, algunos lucen impolutos ante los ojos del público. La paliza que me dio Landaeta, por órdenes de Marino Torres, ha sido el falso positivo con el cual, tergiversándolo todo, exaltará los nervios de aquellos que se vean amenazados cuando sepan que yo conozco lo que quisieran desaparecer.  

[Predominio continúa: 31—. Marcado]

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