[Predominio: 28—. Par]

En el vestíbulo del hotel hay poca gente y la escasa afluencia transita distraída hacia los ascensores o la puerta que da a la calle. Hans le ofrece el teléfono al mayor Landaeta, pero él lo rechaza porque prefiere hacer la llamada desde el suyo. Se aleja unos cuantos pasos y ambos esperamos mientras recibe las instrucciones. Alcanzo a oír el saludo y me repugna la zalamería con la que se expresa. Rastrero, personifica la degeneración que impera en todos los guardias del país. Confiado y sonriente, se acerca a nosotros y dice que está dispuesto a acompañarnos, ya que Stavros es un hombre serio y cumplidor. Landaeta vuelve a llamar y le ordena a Vergara que se presente de inmediato.

Pocos minutos después, veo que de uno de los ascensores salen el capitán Vergara y el teniente Pedroza custodiando a Zoe Moreau. Su cara redonda de muñeca tradicional está afligida. Cumpliendo las instrucciones de Stavros, el mayor Landaeta se despide de ellos al tiempo que les entrega su teléfono.

—Disculpe mi mayor —dice el capitán Vergara—, ¿pero esto es necesario? —refiriéndose a la inseguridad de quedar incomunicado.

—No te preocupes, en este negocio hay plena confianza.

Afuera, observo a lo lejos que Amy está rodeada de un grupo de tipos. Cuando nos ven, encienden las motos. Con ella son siete. Se largan antes de subirnos al vehículo. Yo conduzco y Zoe va de copiloto. Justo detrás de mí está Hans y a su lado tiene a Landaeta.

Salimos de la ciudad. Recorremos kilómetros de tierras en barbecho. La carretera desciende entre las montañas y el aire va aumentando de temperatura. Dejamos atrás el cielo encapotado y ahora hay pocas nubes blancas tapando el sol de manera intermitente. Ya es más de mediodía. Ni siquiera Hans rompe el silencio con el que nos desplazamos. Stavros ha elegido la mansión que se halla equipada con dispositivos de seguridad de todo tipo, cámaras, sensores lumínicos y de movimiento, codificador de voz, alarma, más dos rottweilers bien entrenados. Cuando llegamos al lugar fijado para el encuentro, noto que Amy y sus muchachos han encerrado a los perros. La escasa nubosidad nos obsequia una luz natural espléndida.

Amy Midland abre la enorme puerta de madera. Percibo que Landaeta la mira con morbo reprimido. Barre con la vista sus delgadas piernas. Sin duda queda atrapado entre sus pechos, cuyo volumen presiona el botón de la camisa haciendo un pliegue por donde asoma, sugerente, la piel de sus tetas. Nos conduce a la derecha. Pasamos al estudio impregnado de olor a cuero y madera. Hay menos libros que adornos. Landaeta y Hans se sientan en el sofá y Zoe y yo lo hacemos en cada uno de los sillones. Amy acerca una de las sillas de visita frente al escritorio, después de girar instrucciones por el intercomunicador.

Muy rápido, entran tres de los seis tipos que vinieron con Amy en moto. Llevan fusiles AR-15 apuntando al suelo. Cierran la puerta. Landaeta esconde los nervios e intenta parecer relajado. Mediante el control remoto, uno de los muchachos despliega la pantalla que baja del techo, justo detrás del escritorio. Al encender el equipo, aparece la imagen de Stavros y descubro que se ha afeitado por completo la cabeza y tiene la barba más larga de lo habitual.

—¿Se escucha bien? —pregunta.

—Sí —responde Amy—, adelante. Te vemos y te escuchamos perfectamente.

—Landaeta, ¿cómo estás? —dice Stavros—. Disculpa tantas molestias, pero ya sabes que soy un hombre precavido.

—No importa amigo mío, no pasa nada —contesta Landaeta en plan adulador.

—Hola Zoe, mucho gusto, me dicen Stavros y soy socio de Marino Torres, el Cuate.

La canadiense se limita a mirar con atención, pero guarda silencio.

—Es evidente —prosigue Stavros dirigiéndose a Zoe Moreau— que trabajar para el Cuate no te ha beneficiado, de hecho, tu vida corre peligro. ¿Me equivoco?

—No lo sé —dice la canadiense aterrorizada.

—No te preocupes —dice Stavros—, en breve vas a salir de dudas —y dirigiéndose a Landaeta—: Tengo entendido que jodiste a Alejandro por órdenes del Cuate —y sin esperar la confirmación, agrega—: Como te dije, sé que te ofreció quince mil dólares por la paliza, pero yo te voy a dar el doble.

Amy se levanta y busca detrás del escritorio un maletín. Tras colocarlo en la mesa de centro, lo abre y la cantidad de efectivo atrae la mirada de todos.

—Gracias, Amy —continúa Stavros—. Pero antes —dirigiéndose al mayor Landaeta— debes entender un par de cosas. ¿Está bien?

—Sin problemas —contesta el mayor.

Salimos y dejamos a Amy. Vamos hacia la cocina. Entramos en la habitación de servicio más amplia y vemos, debidamente amordazados, al capitán Vergara y al teniente Pedroza, cada uno atado a un banco. No están golpeados. Uno de los tipos que vino con Amy le entrega a Hans el arma de reglamento del teniente Pedroza.

—Vergara —dice Hans—, mira lo que te va a pasar —y le vuela la cabeza a Pedroza.

El mayor Landaeta pega un grito desafiando a Hans, pero dos muchachos lo neutralizan en el acto. Zoe Moreau comienza a llorar de pavor cuando uno de los muchachos la obliga a ver lo que está pasando.

—Landaeta —dice Hans—, mira lo que te va a pasar —y le vuela la cabeza a Vergara.

Con los oídos zumbando, alcanzo a escuchar a Hans:

—Yo creo que lo mejor es que los dos —refiriéndose a Zoe Moreau y al mayor Landaeta— cumplan con Stavros, ¿no es así?

[Predominio continúa: 29—. Atrevimiento]

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