[Predominio: 27—. Garantía]

Salimos de la oficina y veo que el cielo tiende a encapotarse. El calor aumenta mientras declina la mañana. Amy se ha comunicado con Hans para informarle que ha recibido el dinero en efectivo. Como suele ocurrir, el cambio del lugar y de la hora en el último momento garantiza mayor seguridad en la entrega. Escucho que Hans le pide que nos acompañe al hotel en donde está alojada Zoe Moreau. Le explica que ella está bajo la custodia de un grupo de guardias, mientras el Cuate decide si deben enviarla a Bogotá o a Cúcuta. Al parecer, ha tenido un retraso en la agenda y no quiere volver a México antes de encarar a la canadiense.

Durante el trayecto, uso el teléfono para enviar un correo a Eduardo Gallent, mi único amigo. Si bien nació en el Congo, nos conocimos en Madrid hace veinte años. Manuel, su padre, era un veterinario al servicio de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, distinguida por sus siglas en inglés: FAO. Eduardo me presentó a sus padres, quienes vivían en Valencia, en una hermosa casa ubicada en Santa Bárbara. La paella que hizo doña Teresa con leña de naranjos ha sido tanto un deleite inolvidable, como un daño permanente, ya que nunca he vuelto a degustar un sabor parecido en el tradicional plato valenciano. En aquel momento, ya en retiro, noté la desilusión que pesaba en la vejez de don Manuel.

—Todo era un engaño —dijo—, dediqué mi vida a un timo descomunal.

Con el tiempo, don Manuel nos animó a Eduardo y a mí a participar en un conjunto de simposios, en Madrid, sobre la cultura islámica. Ninguno de los dos queríamos hacerlo, pero dada su edad y su insistencia, ambos accedimos preguntándonos qué diablos pretendía él. Durante el receso de la primera conferencia, a punto de largarnos, nos abordó un tipo que machacaba el español con claro acento británico. Dijo que conocía a Manuel y que deseaba comentar ciertas cosas que podían interesarnos. Intercambiamos teléfonos y, tras comprobar el vínculo con el padre de Eduardo, volvimos a ver al británico, a quien comenzamos a llamar Biti. Había tenido una experiencia tangencial en la inteligencia de la OTAN, aunque en aquel tiempo operaba de forma independiente. El sismo que se fraguaba en Latinoamérica, rotando ejes de poder en el control de las nuevas rutas del narcotráfico, más las alianzas hechas con potencias del hemisferio oriental, configuraban una alteración en las condiciones habituales con las que los capitales europeos solían calcular los riesgos. Por mi parte, decidí alejarme porque tuve la impresión equivocada de que era un charlatán un poco enloquecido, aunque Eduardo cultivó la relación, colaborando activamente con el grupo de Biti.

Como no pude renunciar al equipo, Eduardo me indicó que, si mi vida o la de Elena —a quien no conoce todavía— llegaban a estar en peligro, solo tenía que preguntar por su padre, fallecido hace diecisiete años. Cumpliendo sus instrucciones, escribo:

Hola Eduardo, por cierto, ¿cómo está Manuel?

Lo envío y guardo mi teléfono en el bolsillo.

Nos topamos con Amy frente al hotel. Dice que acaba de informarle todo a Stavros.

—¿Y qué tal? —pregunta Hans.

—Está que arde —y comenta mirándome—: Espero que tu teoría sea cierta.

Me limito a sonreír y le cedo el paso para que ella entre al vestíbulo primero. Veo al mayor Landaeta sentado en un sillón. Hoy no lleva el uniforme. Amy se aleja de nosotros y Hans me acompaña a su encuentro.

—¿Quién es él? —pregunta Landaeta disgustado.

—Soy la garantía de que recibirá el dinero hoy mismo —responde Hans con tranquilidad—, pero si usted no quiere cobrar, me voy y punto.

El mayor Landaeta me mira desconcertado.

—No, él no es amigo mío —digo—. De hecho, creo que prefiere irse sin darle el dinero.

—Eso es correcto —dice Hans con cinismo—. Por mí, puede matarlo ahora mismo o meterlo preso, lo que usted quiera. Yo no me gano quince mil dólares todos los días. ¿Me entiende?

—¿Y dónde está el dinero?

—Lo tiene Zoe Moreau, la canadiense que están custodiando sus guardias —responde Hans.

—¿Qué? —el mayor Landaeta pregunta desconfiado.

—Si no me cree, llame a mi jefe y confírmelo usted mismo.

—¿Y quién es tu jefe?

—Un buen amigo suyo… Le dicen Stavros.   

[Predominio continúa: 28—. Par]

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