[Predominio: 26—. Complicidad]

Voy con Hans a la oficina para recibir el dinero. Marino Torres le ha dicho a Amy que alguien de su confianza nos dará los quince mil dólares que faltan antes de las diez de la mañana. Tras servirnos un café y un vaso de agua, cada uno se sienta en su escritorio. Sin acusarlo directamente, sé que Hans sospecha de Stavros. Su duda es lógica porque, aun siendo el director del equipo, ambos descubrimos que es un traidor. Para Stavros, todo lo que hacemos es un negocio y la gente es un recurso necesario para sacar provecho. Calcula el margen de rendimiento sin tomar en cuenta la vida ni la seguridad de las personas implicadas. El riesgo que asume en las operaciones se limita a un porcentaje financiero, cuyo límite se halla en la cantidad que está dispuesto a perder, con independencia del número de muertos o heridos.

Si bien Stavros es un tipo despreciable, como tantos que han hecho fortuna a costa del exterminio de un país, no me conviene que Hans actúe con suspicacia. A diferencia de Amy, él conoce a varios jóvenes rebeldes porque estuvo conmigo en algunas reuniones. Igual que yo, se aprendió sus apodos. Está al tanto que, entre los felinos y aves regias, no hay un cunaguaro ni una pantera, tampoco un cóndor ni un búho; y sabe que el lobo que conocimos continúa en libertad. De modo que administro mis palabras y dejo que él lleve la batuta de la conversación para no entrar en detalles.

—Creo que es hora de hablar con Amy —dice.

Su propuesta me pone en guardia. Dada su relación con ella, temo por las cosas que pueda revelarle cuando están desnudos en el lecho de amor.

—¿Sobre? —me hago el tonto.

—Pues, que Stavros es una mierda, una rata que en cualquier momento nos elimina para sacar tajada.

—¿Por qué piensas que deberíamos hablar con ella?

—Porque anoche no estaba bien, la vi angustiada como nunca. Ella sabe que alguien de arriba te mandó a joder.

—¿Hace falta que te diga quién fue? —lo reto.

—No, yo lo tengo clarísimo: Stavros.

—Lamento decirte que estás equivocado.

Observo que se muere por oír el nombre. Desde el principio y, contrario al manual de reclutamiento, todos operamos a ciegas. La lealtad se apoya en el miedo a sufrir un perjuicio. Con el tiempo se descubre cuál es el negocio: la clandestinidad. Entonces, si el rango en el equipo confiere el poder necesario, la traición es rentable cuando se venden los datos de manera oportuna. Las transacciones precipitadas carecen de valor y, si se trata de información sensible, se corre el riesgo de perder la vida en el intento. Los ascensos se conquistan mediante purgas verticales, violando la cadena de mando.

Lanzo mi primer ataque:

—Fue Marino Torres, el Cuate —digo.

El impacto es brutal.

Silencio.

Me mantengo callado para elevar la tensión e intento controlar los daños:

—Entiéndelo —digo—: No fue Stavros.

—Entonces —deduce Hans—, si es así, Amy no sabe dónde está parada.

—No lo sabe, pero tampoco le importa —comento.

—¿Por qué lo dices?

—¿Quién pesa más, el Cuate o Stavros?

—No lo sé —contesta sinceramente.

—¿Qué crees que piensa Amy?

—Para ella el Cuate pesa más que Stavros.

—Exactamente.

—No te entiendo.

—A la hora de un enfrentamiento, ¿ella estaría con el Cuate o con Stavros?

—¿Qué me estás diciendo? —reacciona Hans—, ¿Qué Amy lo sabe?

—No lo sabe, pero lo sospecha. Esa es su angustia.

—¿Qué vas a hacer?

—Fíjate que te he dicho esto porque no me importa que se lo digas a Amy. Solo quiero saber si cuento contigo o no.

—Vuelvo a preguntar, ¿qué vas a hacer?

—Voy a reventar todo.

La expresión de Hans es pura complicidad temeraria. Pregunta cuál es mi plan, pero me adelanto:

—Primero dime qué pasó con Zoe Moreau.

[Predominio continúa: 27—. Garantía]

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