[Predominio: 24—. Insolente]

Cuando entro en mi casa me parece que estoy soñando. Una especie de nebulosa lo impregna todo.  Sé que no es real, igual a la distorsión que sentía, hace años, alterado de alcohol y drogas tras varias noches sin dormir. Elena pega un grito y me recibe con un abrazo envuelto en lágrimas. En el sofá está Amy. Aunque se alegra de verme, lleva la preocupación por lo que me ha pasado tallada en el rostro.

—Agua —digo.

—¿Qué te han hecho? —pregunta Elena—, ¿dónde te duele?

Si bien el dolor ha disminuido, respirar continúa siendo un suplicio. Bebo agua desesperadamente y derramo un poco sin querer. Al tercer vaso, Amy me detiene y me indica que lo haga con calma. Más sosegado, cuento lo que me pasó. Omito un detalle: es cierto que, entre los muchachos que ayudé a organizarse, algunos líderes de grupo utilizaban apodos. Había felinos y aves regias, pero ningún cunaguaro, ni pantera, tampoco cóndor, ni búho; y al lobo que conocí, no lo han detenido todavía. Prefiero callar al respecto, puesto que Amy ignora esas cosas. Es evidente que alguien del equipo ordenó mi detención. Además, sin el expediente judicial de rigor, los guardias implicados se comportaron como una banda de secuestradores, con todos los privilegios institucionales. Explico que, según lo que me dijeron, alguien pagó, de parte del Cuate, cinco mil dólares por mi traslado, pero tengo cinco días para pagar los quince mil que faltan.

—¿Cómo? —pregunta Elena con angustia.

—Vamos a calmarnos —dice Amy—. Primero tiene que examinarte un médico y es urgente.

Intento aumentar la presión sobre el dinero y resto importancia a mi salud. Sé que a Amy no le angustia la cantidad porque al equipo le sobran recursos para este tipo de contingencias. Por eso quiero que pase el reporte de inmediato. Ella decide llamar a Hans para que venga a buscarnos. Luego se comunica con un médico de su confianza, quien ordena que me presente en la clínica lo más pronto posible.

En la habitación, Elena me ayuda a desvestirme y las pequeñas contorciones para quitarme la camisa me producen un dolor agudo, mucho peor al que tuve cuando me vestí en aquel cuarto saturado de olor a sangre. A ella le sorprende que ninguno de mis costados tenga moretones, a lo sumo varios enrojecimientos que no guardan proporción con el tamaño de la paliza que he descrito.

—¿Por eso te pusieron el colchón? —dice—, ¿para no dejar rastros?

No me atrevo a asegurarlo, pero digo que sí moviendo la cabeza porque el dolor se ha disparado y temo que empeore al hablar.

El hambre ya es pura debilidad. Mastico con lentitud pequeños bocados del pasticho que Elena recalentó para mí. Descubro que comer es otra fuente de dolor y lo dejo sin saciarme por completo. Esperamos a Hans y cabeceo en el sillón de la sala.

—Está a punto de llegar —dice Amy mientras cuelga.

Para hacer otra llamada, Amy se aleja un poco, pero no lo suficiente porque alcanzo a oír que, en lugar de reportar a Stavros, saluda a Marino Torres. La angustia en los ojos verdes de Elena es un mar de desolación e impotencia. ¿Qué vamos a hacer?, indaga con la mirada y sabe que se trata de una pregunta sin respuesta.

Amy vuelve y se sienta frente a mí.

—El Cuate dice que no te preocupes por el dinero.

Sin darse cuenta, me acaba de decir quién es el autor intelectual del secuestro. Sé que ella ni siquiera lo sospecha, pero con las claves fantásticas: cóndor, búho, cunaguaro, lobo y pantera, Marino Torres dejó claro cuál es mi sitio. Para él, no soy más que un insolente a quien puede destruirle la vida por completo.

[Predominio continúa: 25—. Escarmiento]

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1 Response
  1. julian sanchez

    Excelente la presión a la que me somete como lector, creándome angustia, desolación e inquietud en sus tres últimos capítulos. Despierta el ansia de leer el próximo. Le felicito por sus descripciones y su perspicaz manera con la que envuelve la trama. Gracias por su pluma e imaginación.

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