[Predominio: 23—. Traslado]

Creo que llevo mucho tiempo tumbado en el suelo, pero no puedo saberlo con exactitud. En ropa interior, el frío que siento aumenta la vulnerabilidad de mi estado. El dolor disminuye, aunque persiste con cada respiración. Mi hambre atroz ya ha traspasado un límite y comienzo a sentir debilidad, aunque la sed es lo peor. Mataría por un vaso de agua. Nunca tuve la boca tan seca. Intento desechar la idea de salir y no soy capaz de hacerlo. Elena está presente en cada pensamiento.

Un cabo abre la puerta, se acerca y examina mi cara con una linterna. La luz me encandila.

—¿Podrías darme agua? —pregunto.

—Tranquilo, ya te vas de aquí.

Cierra la puerta cuando sale y me deja en la penumbra con el peso de la incertidumbre.

El silencio es aterrador, retumba hiriendo mi presencia. Por pequeño que sea el movimiento, el sonido del roce de mi cuerpo contra el suelo se amplifica en el vacío. Perdí la noción del tiempo y solo eso, ya es una tortura gigantesca.

Se abre la puerta y entra el capitán Vergara, seguido por el teniente Pedroza. Sin acercarse a mí, me observan un par de segundos.

—Ya va siendo hora de irse, ¿no le parece? —dice Vergara.

—¿Podrían darme agua?

—Claro que sí —contesta el capitán—, pero primero escúcheme. Si usted quiere dormir en su casa, tiene que pagar el traslado.

—¿Cuál traslado?, no entiendo.

—Fíjese, la cosa es así. Usted nos paga veinte mil dólares en efectivo y nosotros lo trasladamos hoy mismo a su casa.

—Pero ¿de dónde voy a sacar veinte mil dólares?

—Usted sabrá, seguro que se le ocurre algo.

Ambos se dirigen a la puerta. Desde el umbral, el capitán Vergara me dice:

—Vamos a dejar que lo piense un rato.

—Yo no tengo dinero.

—Eso es lo que dicen todos. Relájese. Así como está no se le va a ocurrir nada. Mientras tanto, voy a decirle a Elena que le traiga un vaso de agua.

—¿A quién?

—A Elena, su mujer. ¿Usted no vive con ella?

—¡Hijo de puta!

—¿Cómo dijo? —me desafía.

Silencio.

—¿Acaso no quiere agua? —pregunta con perversidad—, ¿no le gustaría que Elena le trajera un vaso de agua?

—¿Ella está aquí?

—No, pero podemos ir a buscarla. ¿Qué le parece?

El capitán Vergara aguarda en vano mi respuesta.

—¿Sabe qué? —me advierte—, piénselo bien, relájese, seguro que se le ocurre algo para pagar el traslado. Yo creo que lo mejor es que se tome el vaso de agua en su casa y no que nosotros busquemos a Elena, ¿no es así?

Cierra la puerta. La penumbra, el dolor, el hambre y la sed no son nada al lado de mi angustia. Mentiría si digo que han desaparecido, están conmigo, maltratándome, pero tan solo imaginar que pueden traer a Elena afinca mi desesperación, hundiéndome hasta el exterminio.

Al rato vuelve el capitán Vergara y el teniente Pedroza.

—¿Cómo hacemos? —pregunto.

—¿Se le ocurrió algo?

—No tengo esa cantidad, no sé cómo podemos hacer.

—Pero la puede conseguir, ¿cierto?

—Necesitaría tiempo.

—¿Cuál es la prisa?, yo soy un tipo paciente —y mira al teniente Pedroza—: ¿Y tú?

—También.

Ambos me observan expectantes.

—¿Cuándo puede pagar el traslado?

—Tal vez en una semana.

—¿Una semana?, imposible —dice Vergara—. Mire, aunque tengamos paciencia, esto no es un hotel.

Silencio.

—¿Cuánto puede pagar hoy? —pregunta el teniente.

—Tendría que hacer una llamada.

Un cabo aparece y le informa al capitán Vergara que el mayor Landaeta lo solicita de inmediato, de modo que me deja con el teniente Pedroza. La puerta queda abierta y ambos nos mantenemos callados.

No tarda mucho en regresar.

—Vístase —me ordena—. Vamos a llevarlo a su casa.

A bordo del vehículo oficial que conduce el teniente Pedroza, el capitán Vergara explica que alguien ha pagado cinco mil dólares por mi traslado.

—¿Quién?

—No lo sé, pero dejó claro que el dinero es de parte del Cuate. Antes de liberarme, me advierte que debo pagar quince mil dólares en efectivo y tengo cinco días para hacerlo.

[Predominio continúa: 24—. Insolente]

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