[Predominio: 22—. Rutina]

Bajamos en el ascensor. Pienso en Elena una y otra vez, como una idea fija. Rodeado, el cañón de los fusiles que cargan los cabos es suficiente para dejarme llevar. El sargento se tapa la nariz con un pañuelo cuando nos detenemos frente a una puerta de metal. Tras abrirla, uno de los cabos me pega un empujón. Me encierran en ese cuarto sin ventanas. El hedor a excrementos me provoca náuseas. Respiro con tanta dificultad que solo trago el aire necesario, esperando adaptar mi olfato a la penetrante fetidez. Vomito casi asfixiado. Luego batallo contra la sensación de ahogo que persiste.

Al rato, los tres cabos se asoman después de abrir la puerta. Me sacan del cuarto pestífero y me meten en otro ubicado al final del pasillo. Está oscuro y huele a sangre. Tampoco tiene ventanas.

—Quítate la ropa —dice un cabo.

Siento alivio porque me dejan en ropa interior. Aunque la humillación es absoluta tal y como estoy, el hecho de mantener mis partes íntimas cubiertas supone que no sufriré agresiones sexuales. Con los brazos en alto, me cuelgan de un gancho en el techo. Los dedos de mis pies apenas rozan el suelo. Envuelven mi torso con un colchón delgado que atan con cinta adhesiva, igual a la que sirve para enviar paquetes por correo.

Sin saber cuánto tiempo tengo colgando, superado el dolor, ahora siento un hormigueo en mis brazos casi a punto de dormirse. Por fin entra el mayor Landaeta. Viste el uniforme y con el pelo húmedo, su aspecto es impecable. Un cabo aparece con un palo en la mano. Batea el aire como jugando beisbol.

—A él le encantan los animales —dice el mayor Landaeta.

—¿Sí? —inquiere el cabo apoyando el palo en su hombro derecho.

—Viene del zoológico —comenta Landaeta.

—Bueno, mi mayor, usted manda —dice el cabo.

—Vamos a empezar —ordena el mayor. El cabo se coloca frente a mí y agita el palo como esperando el lanzamiento— Águila, paloma, pato, cisne —dice Landaeta— Águila, paloma, pato, cóndor —el cabo estrella el palo contra mi costado izquierdo.

—¿Qué tal?, mi mayor.

—Bien, pero sigue atento —sugiere Landaeta—. Águila, paloma, cóndor —me pega otro palazo en el costado izquierdo— Águila, cóndor —otro más en el mismo costado— Cóndor, cóndor, cóndor —tres golpes en el mismo sitio— ¿Cuál es la clave?

—Cóndor, mi mayor —responde el cabo y me pega un palazo más en el costado izquierdo.

—Muy bien —dice Landaeta—. Cambio.

El cabo se mueve de posición.

—Águila, paloma, pato, cisne —pausa—. Águila, paloma, pato, búho —el cabo estrella el palo contra mi costado derecho— Águila, paloma, búho —me pega otro palazo en el costado derecho— Águila, búho —otro más en el mismo costado— Búho, búho, búho —tres golpes en el mismo sitio— ¿Cuál es la clave?

—Búho, mi mayor —responde el cabo y me pega un palazo más en el costado derecho.

—Perfecto —dice Landaeta—. Cambio.

El cabo retoma la posición inicial.

La rutina de palazos se repite sin alteraciones, de manera que mi costado izquierdo recibe golpes después de oír la palabra cunaguaro. Tras moverse de posición, el cabo golpea mi costado derecho cuando el mayor dice la palabra clave: lobo.

—¿Todavía te gustan los animales? —me pregunta Landaeta.

Silencio.

Desfallezco.

—Ahora toca el especial —anuncia el mayor.

Cuando dice cóndor, el cabo pega un palazo en mi costado izquierdo; búho, un palazo en el derecho; cunaguaro, en el izquierdo; y lobo, en el derecho.

—Cóndor, búho, cunaguaro, lobo… Cóndor, búho, cunaguaro, lobo…

Siento que el colchón no me protege y el impacto de cada palazo me causa mucho dolor.

—Ahora, el premio —dice el mayor Landaeta— ¡Pantera!

El cabo suelta el palo y me abofetea con ambas manos a la vez, una por cada lado de mi cara.

—Sigue hablando con animales y la próxima vez te vamos a dar hasta que te mueras como un perro —dice el mayor Landaeta y se marcha.

El cabo me suelta y caigo tendido en el suelo. Cualquier movimiento que hago me duele. Pienso que me fracturó, al menos, una costilla en cada costado. Me quedo dormido no sé por cuánto tiempo. Al despertar, tengo mucha sed y un hambre atroz. Vuelvo a pensar en Elena una y otra vez, como una idea fija que me tortura, porque quisiera saber qué le han hecho a ella.  

[Predominio continúa: 23—. Traslado]

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