INTERROGATORIO

[Predominio: 21—. Interrogatorio]

Las tinieblas y el silencio de la madrugada suman tensión a nuestra incertidumbre. Elena no ha dicho una palabra, pero tampoco finge que está dormida. La noche parece infinita. Respiramos con la cadencia del miedo que llevamos cautivo en el cuerpo. Ella me abraza buscando un refugio temporal.

—¿Qué crees? —pregunta—, ¿vendrán a buscarme contigo o sin ti?

—No tengo ni idea, ni siquiera sé cuándo lo harán.

Ella esconde lo mejor que puede sus temores y yo hago lo mismo. No tiene caso atormentarnos mutuamente.

Con el primer rayo del alba, me levanto abatido por culpa del escaso sueño continuo. Después del café de rigor, ella me conduce a la puerta. Se despide sin saber cuándo volveremos a vernos.

—Tranquila —digo sin fundamento—, no creo que hoy nos vayan a sacar.

Desde mi estación de trabajo, ordeno un poco el material que nos han facilitado. Me cuesta concentrarme. Miro a Zoe Moreau. A media mañana, su cara redonda de muñeca tradicional se ve sorprendida. La asistente de Rajiv le dice un par de cosas. La distancia me impide escuchar. Dos tipos con traje oscuro la invitan a desalojar el sótano. Se la llevan y mis nervios se agudizan. La veo cruzar la puerta de vidrio y antes de que desaparezca, la asistente de Rajiv me toca el hombro derecho.

—Disculpa —me dice sonreída—, no quería asustarte.

La escoltan otros dos tipos con trajes oscuros también. Debo salir con ellos. Un capitán de la guardia desea hablar conmigo. Ella gira la orden como si se tratara de algo rutinario y fugaz, segura de que en breve volveré a mi lugar de trabajo para continuar con mis análisis. Pienso en Elena. Arriba, cruzamos el vestíbulo oyendo nuestros pasos. Afuera, el sol brilla con generosidad y hay pocas nubes blancas. Me acercan a un grupo de guardias, me dejan ahí y se marchan.

—Buenos días —dice el jefe del grupo y me tiende la mano—, yo soy el capitán Vergara. Vengo con los tenientes Bermúdez, Pedroza y Salcedo. Estamos aquí por órdenes de mi comandante Cardón y tiene que acompañarnos.

—¿Y eso por qué? —pregunto.

—No puedo decirle. La verdad es que a nosotros nos dan una orden y punto.

—Lo siento, pero así no voy a ninguna parte.

El capitán Vergara sonríe.

—No voy a desobedecer una orden —dice mientras los tenientes me rodean para cortarme el paso—. ¿Usted quiere que me lo lleve a coñazos? Mire, aquí estamos en una universidad y no sería bueno dar un espectáculo. Con darle la orden a los muchachos —mirando a los tenientes—, lo meten rapidito en la unidad —refiriéndose al vehículo oficial.

Declino y me dejo llevar sin más resistencia.

—Así me gusta —dice el capitán Vergara—, mi comandante Cardón ya me había dicho que usted era un hombre razonable.

Aunque soy un civil, me conducen a la sede de la inteligencia militar. El teniente Pedroza no se separa del capitán Vergara, quien se despide de mí antes de subirme al ascensor. Los tenientes Bermúdez y Salcedo me indican el camino hasta un pequeño despacho. Me dejan a solas y cierran la puerta. El aire acondicionado ha convertido el minúsculo espacio en un congelador.

Pierdo la noción del tiempo con facilidad, por eso miro el reloj constantemente. Me impresiona la lentitud con la que pasan los minutos. Solo oigo el zumbido del aire que suelta el difusor cuadrado del techo. De vez en cuando escucho pasos en el pasillo. Ya tengo cuarenta y cinco minutos esperando sin saber qué hago aquí.

La puerta se abre y me pongo de pie por el susto. Entra un tipo flaco, moreno y de mi estatura, con camiseta blanca y pantalones cortos de color negro. Es evidente que viene justo después de cumplir con su rutina deportiva.

—Mucho gusto —me tiende la mano—, soy el mayor Landaeta. ¡Coño, pero qué frío hace aquí! —y pega un grito desde el umbral de la oficina para que alguien apague el aire acondicionado.

Después de sentarse, abre una gaveta del escritorio y saca un cortaúñas.

—Me parece que estamos todos muy ocupados, ¿no es verdad? —dice mientras se corta la uña del pulgar izquierdo—. ¿Puedo tutearte? —pregunta con cinismo.

—Claro.

—Bueno, no quiero perder tiempo contigo —se corta las uñas de la mano izquierda y no me mira a los ojos—. ¿Sabes que tenemos a muchos jóvenes detenidos?

Silencio.

—Tu nombre ha salido en varios interrogatorios. Dicen que los ayudaste a organizarse. Según ellos, tú les dijiste que, si los jóvenes tomaban las calles, los militares patriotas derrocarían al gobierno. ¡Qué locura!, ¿a quién se le ocurre semejante barbaridad?

Silencio.

—¿Qué? —ahora se corta las uñas de la mano derecha—, ¿no vas a decir nada? —Pausa—. Tu sabrás los nombres, pero a los que te han delatado los llaman el cóndor, el búho, el cunaguaro, el lobo y la pantera, por cierto, ella es una que está bien buena. Tiene las tetas paraditas y un culo divino.

Permanezco sin decir una palabra. El mayor Landaeta termina de cortarse las uñas, se pone de pie y sale de la oficina. Regresa de inmediato con un sargento, tres cabos y dice:

—Guárdenlo un rato en el zoológico. A él le gustan los animales.

[Predominio continúa: 22—. Rutina]

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