[Predominio: 20—. Reportes]

El salvoconducto que tiene Hans, gracias a los contactos de Stavros con las autoridades, le permite desplazarse en pleno toque de queda. Al llamarlo, dejo claro que necesito reunirme con él en mi casa. Dice que vendrá de inmediato, pero oigo la voz de Amy cuando pregunta ¿cuál es la urgencia? Incapaz de pensar que ellos estarían juntos a esta hora de la noche, hablar primero con él ya es una pretensión imposible.

Mientras esperamos, observo el semblante de Elena y noto su preocupación. El rotundo silencio nocturno, en lugar de sosegarme, amplifica mis tensiones.

—Tendrás que decirle todo a los dos.

—Amy es un micrófono humano de Stavros —digo para que ella entienda mis dudas.

—Ya lo sé, por eso quería que hablaras primero con Hans —explica—, pero no hay más remedio.

—Puedo administrar la verdad, quizás así obtenga la información que deseo sin exponerme por completo.

—No lo creo.

—¿Por qué?

—Porque con la llamada, ya estás expuesto.

Casi son las once de la noche cuando suena el timbre. Hans entra con la alegría que cabalga sobre la satisfacción. Así me indica que está cumpliendo el sueño de acostarse con Amy. Ella no oculta la molestia que trae. Sin saludar a Elena, ni tomar asiento, me reclama:

—¿Cómo que soy lesbiana?

—Ah, es por eso —digo.

—¿Te parece poco? —insiste Amy y se deja caer en el sofá.

Elena me mira con una expresión cargada de interrogantes. Hans ríe de nervios, aunque disfruta los disparos verbales que me lanza Amy.

—Los siento —digo—, jamás pensé que Hans fuera un chismoso.

—¿De verdad crees que soy lesbiana? —me pregunta Amy con indignación.

—Sí.

Elena está sorprendida y me reprende con los ojos.

—No voy a negar que he estado con un par de chicas —agrega Amy sin necesidad—, pero a mí me gusta demasiado un macho.

—Entonces —comento con ganas de picarla—, yo no estaba tan equivocado.

—¿Sabes qué? —pregunta Amy dirigiéndose a Hans—, en cualquier momento hago realidad tu fantasía. Él sonríe como un niño desconcertado. Luego ella mira a Elena—: ¿Te gustaría hacer un trío con nosotros?

Elena me observa y para castigarme por las estupideces que le he dicho a Hans sobre Amy, responde:

—La verdad es que no, porque no me gusta Hans.

Ellas sueltan una carcajada monumental. De alguna forma, Amy se siente reivindicada. Entre risitas y comentarios inaudibles, las dos se van a la cocina.

—Eres un redomado imbécil.

—No te preocupes —dice Hans—, la verdad es que a Amy le gusta que pienses que ella es lesbiana.

—Sí, se nota que le gusta mucho.

—Es en serio. Más que lesbiana, como te habrás dado cuenta, a ella le encanta que sepan que tira en los dos bandos.

—¿Le gusta a ella o a ti?

Vuelven con agua y jugo de piña. Nadie quiere café a esa hora.

Decido ser directo y digo que tengo un mapa probable de los posibles financistas de la ONG y también que he descubierto al exembajador que sirvió en la ONU para que Rajiv se ganara el contrato. Informo que he marcado a la canadiense, Zoe Moreau. Describo sus vínculos con un fondo de inversión chino. Destaco que se trata de una entidad a la que todavía asesora y que ella estuvo relacionada con el chino que mató Hans.

Dada la presencia de Elena, él me mira confuso.

—No pasa nada, Hans —dice Elena—, entiendo perfectamente.

—Cumplo órdenes —dice Hans para justificarse.

—Antes de informar a Marino Torres —digo—, quisiera saber por qué la canadiense y el chino hicieron juntos varias operaciones bursátiles.

Amy se adelanta e impide que hable Hans. Dice que el embrollo tuvo dos causas: Cuba e Irán. Debido al cambio en la política exterior, los negocios proyectados y el blanqueo de capitales, en el circuito cubano, se vino a pique cuando Washington decidió retroceder y cortar las relaciones diplomáticas. Además, por las sanciones y la eliminación del código Swift, muchas cuentas iraníes quedaron bloqueadas. Todo eso supuso un trastorno, pero el flujo de armamento no podía detenerse, el narcotráfico tampoco. Las fiestas electorales venezolanas no bastaban para lavar tantos ceros y, para colmo, también se les impuso sanciones y bloqueos a muchos personajes del régimen. Interrumpir la extracción del coltán causaría un caos indescriptible y el Congo no puede satisfacer la demanda multinacional por completo.

—Antes de sentir los efectos de todo eso —explica Amy—, uno de los contactos que tiene el Cuate en la CIA calmó los nervios de muchos. Explicó que varios jerarcas del Partido Demócrata mantenían reuniones con oficiales de inteligencia iraníes en París. La única forma de operar era a través del circuito chino.

—¿Por qué Zoe desvió los fondos? —pregunto.

—El Partido Comunista Chino no es monolítico, aunque deseen proyectar esa imagen al resto del mundo. Las transacciones tenían y tienen detractores. Al parecer, la canadiense, igual que le pasó al chino, cayó en la trampa y ahora le toca asumir las consecuencias.

Entrego a Amy mi reporte final y ella me asegura que hablará con Marino Torres lo más pronto posible. Sé que primero debe informar a Stavros.

—¿Cuándo nos vamos? —pregunto refiriéndome a Elena y a mí.

—No lo sé —contesta Amy—, nadie lo sabe. Creo que será una extracción sorpresa.

—Mejor —dice Hans para calmarme—. Cuando veas que la canadiense no se presenta, sabrás que empezó la cuenta regresiva.

—¿Y tú cómo sabes eso? —pregunta Amy. —Por mi experiencia, así solemos hacer ese tipo de cosas.

[Predominio continúa: 21—. Interrogatorio]

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