A LOS BUENISTAS

Con independencia de la proporción o del alcance que pueda tener un enfrentamiento bélico, sus beneficiarios resultan ser tan pocos que, en principio, luce extraño que buena parte de la población mundial apoye la guerra como un medio legítimo de resolución de conflictos. Si la situación que se juzga inaceptable persiste, agotada la vía diplomática o cualquier forma de mediación a través del diálogo, el choque está servido para que la victoria favorezca al más poderoso. Solo quienes actúan bajo dictámenes de intereses inconfesables son capaces de exigir paciencia a quienes sufren la injusticia, aunque se mueran esperando el ansiado desenlace. Es evidente que tal perversión de valores cumple el propósito de aniquilar lo que vale la pena, debido a que la vida humana se desprecia y se tiene a la especie como un recurso, desechable incluso, para conquistar y mantener el poder.

Sin duda, la mayoría condena la violencia y prefiere la paz. No obstante, la subordinación a ciertos ideales o la obediencia de algunas normas, en detrimento de la libertad, pueden nublar el juicio, olvidando quiénes son los legisladores y a quiénes protegen las leyes que sancionan. Para nadie es un secreto que, según el país sujeto a análisis, en mayor o menor medida, los órganos jurisdiccionales, en lugar de administrar justicia, administran impunidad, en función de los privilegios que detenten los sujetos implicados.

Intereses encubiertos operan en la sombra para manipular a la opinión pública, deformando hasta anular el sentido común que, dada su escasez, en la actualidad luce como el menos común de los sentidos. La existencia de un fenómeno generalizado colectivamente, es decir, la enorme cantidad de personas reunidas en torno al dogma buenista, han empoderado a una camarilla de infelices con motivaciones siniestras.

Entre otras características, los buenistas dan por cierto cualquier hecho reseñado en los principales medios de comunicación, es más, los expertos que aparecen en la prensa, la radio y la tv, son los únicos merecedores de confianza y, por lo tanto, son las personalidades correctas para difundir la verdad y el modo de comprender toda circunstancia. Para los buenistas, las big tech son incapaces de reunirse y planear estrategias, tácticas y acciones que atenten contra la libertad. En la mente de los buenistas, el conjunto denominado como big pharma no gasta millones de dólares en cabildeo, los parlamentos del mundo nunca tienen contacto con dichos laboratorios, porque, según el dogma buenista, en los planes del big pharma prevalece y prima la salud y el bienestar humano. Los buenistas tampoco conciben que las organizaciones supranacionales se hayan convertido en mamotretos costosísimos, donde se crean agendas futuras para someter a la humanidad bajo la forma de un gobierno único mundial. En este sentido, todo material probatorio que tienda a elevar la conciencia y contradiga el dogma buenista, es tildado y desechado, ipso facto, como una teoría de la conspiración.

No son pocos los que entienden que, desde hace años, a Venezuela la han utilizado como un país laboratorio. Evidentemente, tal entendimiento suena absurdo para los buenistas criollos, quienes sirvieron de tontos útiles jugando a la democracia mientras se perpetuaba la tiranía genocida. Sin embargo, teniendo en cuenta que en Venezuela yace la reserva de petróleo más grande del mundo y que, además de la República Democrática del Congo, la extracción de coltán en territorio venezolano satisface la demanda multinacional, es posible asegurar que los venezolanos caminan sobre la fuente energética más cotizada de la Tierra. En consecuencia, cabe deducir que la causa de los experimentos sociales está en función de la rentabilidad, porque un pueblo ignorante y sometido jamás exigirá sus derechos, sino que estará condenado a luchar para sobrevivir casi muerto de hambre o de sed.

Sin ánimo de enumerar de forma taxativa, entre los éxitos acuñados por los ingenieros sociales en Venezuela, cabe mencionar la entrega de la soberanía de manera pacífica, esto es, sin que se haya producido una franca violación del derecho internacional como consecuencia de una guerra o de un enfrentamiento armado por invasión del territorio. En cuanto a la pérdida de la soberanía, vale destacar que durante la cesión de las instituciones para que fueran controladas por agentes extranjeros, los buenistas criollos se dedicaron a negar la existencia de semejante traición a la Patria. También se puede incluir en la lista de éxitos arrojados por los experimentos sociales, la necesidad de controlar el espectro político ya sea a través de la corrupción, la extorsión o el chantaje, de manera que aquellos que se oponían al sistema dominante permanecieran sometidos en la desesperanza y la frustración, sin comprender que, en realidad, la mayoría no apoyaba el aberrante totalitarismo, sino que la democracia había desaparecido. El voto dejó de funcionar para elegir y el sufragio era un juego, cuyos resultados estaban previamente acordados. Es inolvidable que los buenistas criollos insistían en participar en fraudes electorales, alegando que la trampa solo se producía debido a la abstención. No es casualidad que una de las empresas dueñas del software para ejecutar el fraude en las elecciones venezolanas haya sido contratista en las últimas elecciones presidenciales de los Estados Unidos.

En la oscuridad de las consecuencias por la negación y a la luz de los hechos que anuncia un tiempo preñado de amenazas, algunos venezolanos que viven en el exterior sienten que ellos vienen del futuro. Por lo general, los buenistas del resto del mundo los ignoran, aunque unos pocos tienden a consolarlos sin creer una palabra, pese a la lucidez implícita en las advertencias.    

Así pues, de la mano de los buenistas, pensando que se persigue un determinado fin, cuando en realidad se trata de lo contrario, el resto de los ciudadanos son llevados dócilmente hacia un matadero. Una forma de vida quedará extinta y la civilización, tal y como la conocemos, perfectible en todos sus aspectos, desaparecerá. Por novedoso y disímil que sea el sistema y los modelos que pretenden estrenar, no son benignos o positivos necesariamente. De hecho, podría tratarse de un cambio terrorífico que busca la imposición de una servidumbre de tipo medieval, aunque intenten maquillar el oscurantismo con los juguetes tecnológicos y sus respectivos avances.

Si bien los buenistas se empeñan en creer que la censura en internet no podrá ejecutarse de forma absoluta y totalitaria, las cabezas al frente de las big tech aseguran todo lo contrario. Por ejemplo, la empresa tecnológica Microsoft, capitaneada por Bill Gates, quien para muchos no tiene nada de filántropo, ha planteado la creación de una alianza para depurar o filtrar la información en internet, cuyo nombre es: Coalición para la procedencia y la autenticidad del contenido. Así, propone al The New York Times como el medio de referencia para discernir si una publicación o un contenido es cierto o es falso. La confianza que Gates profesa hacia el mencionado medio desafía la suspicacia, o la poca credibilidad que tiene dicho medio frente a una gran cantidad de profesionales independientes de la comunicación en todo el mundo. La lista de errores, noticias falsas, interpretaciones increíbles de hechos y demás ocurrencias que contravienen lo que se entiende como información veraz, tiene su origen en tiempos tan remotos como añeja es la fecha en que se fundó The New York Times. Sin querer presentar un estudio histórico de semejantes fallos, basta traer a colación el sufrimiento padecido en Ucrania, bajo la tiranía de Stalin, donde millones de personas quedaron condenadas a morir de hambre debido a la colectivización de las tierras. Al respecto, el autor Amor Towles, en su obra Un caballero en Moscú, en una nota al pie de página, comenta lo siguiente: “la campaña para evitar que se conociera la crisis tuvo tanto éxito que cuando se filtró que estaban muriendo de hambre millones de personas en Ucrania, Walter Duranty, el corresponsal jefe de The New York Times en Rusia, escribió que esos rumores de hambruna eran exagerados y seguramente los habían divulgado los propagandistas antisoviéticos. Así pues, el mundo no les dio importancia. Y mientras se estaba cometiendo ese crimen [genocidio], Duranty ganó el Premio Pulitzer”.

Ahora bien, el tipo de censura que pretende imponer la alianza presentada por Bill Gates tiene mucho de inquisitoria, ya que, para esta camarilla reunida en las alturas moralistas universales, no es suficiente con detectar al medio que difunda contenidos contrarios a la línea de The New York Times, sino que hace falta identificar, además del autor de la publicación, a todos aquellos que hayan leído, escuchado o visto el contenido objeto de censura. Es obvio que presentar a un medio como el referente único para determinar qué es cierto y qué es falso resulta poco elegante, de modo que la alianza ha sumado a la British Broadcasting Corporation, mejor conocida como la BBC. Demás está señalar que, dentro de los profesionales independientes de la comunicación, se tiene a estos dos grandes medios como cadenas informativas que mantienen líneas editoriales afines desde el punto de vista ideológico. Ambos son paladines de la progresía y tutores de la sociedad progre. No puede sorprender a nadie que la gente reunida en torno al dogma buenista piense que ambos medios merecen dictar la pauta informativa, dado el prestigio que disfrutan. También son miembros de la Coalición para la procedencia y la autenticidad del contenido las empresas: Adobe y ARM, que son multinacionales de software; uno de los mayores fabricantes de circuitos integrados INTEL; y los creativos de TRUEPIC, aplicación que sirve para verificar imágenes, ya sean fotos o videos. De manera que la alianza reunida en la Coalición para la procedencia y la autenticidad del contenido fortificará los esfuerzos que ya realizan las agencias para comprobar hechos, es decir, Fact Cheking; entidades sumergidas en la visión globalista del mundo y casi todas financiadas por Google, Apple, Facebook, Amazon y Twitter [GAFAT].

Para cumplir el propósito utilizarán algoritmos complejos y, tras detectar la noticia objeto de censura, si se cataloga como “engañosa” será eliminada de internet. La trazabilidad de la información podrá rastrearse valiéndose de un software que Microsoft pondrá a disposición de las big tech, con el fin de identificar también a los receptores, esto es, a todos aquellos que hayan leído, escuchado o visto la información que contradiga la línea de The New York Times.

Se busca mantener la percepción de la realidad sin alteraciones incómodas; percepción que tiene parámetros fijos y pre dictados por la camarilla reunida en las alturas moralistas universales. De seguro que, para los buenistas, estos multimillonarios filantrópicos están preocupados por el bienestar de la humanidad y todos deben, en lugar de rebelarse, mostrar agradecimiento por sus incondicionales maquinaciones.

No obstante, contemplando el pandemonio, una duda asalta el tétrico espectáculo: ¿Los buenistas son culpables o son víctimas? Es posible que, entre ellos, algunos piensen que la alegoría de la caverna de Platón solo describe las condiciones de vida en la antigüedad. Por lo tanto, quienes defienden su vigencia en el presente, integran el conjunto de sujetos indeseables, propagadores de teorías de la conspiración. Los buenistas, llenos de vibra positiva, energizados de optimismo, son incapaces de reconocer la diferencia que hay entre la ignorancia y la maldad, de hecho, varios niegan la existencia del mal. Quizás ahí se encuentre la raíz de la tendencia victimista que tanto los caracteriza y los atrae. Cuando se les diga que no son culpables, sino víctimas, hasta puede suceder que los buenistas lo tomen como una buena noticia. También son víctimas el resto de los seres humanos que, sin ser buenistas, carecen de recursos suficientes para invertir y fundar empresas o entidades con el musculo adecuado para librar la pelea contra la camarilla de infelices con motivaciones siniestras.

Los verdaderos culpables son aquellos que, inmersos en sus fortunas, borrachos de soberbia, despreciaron la importancia de comunicar el mensaje, de mantener ardiendo la defensa de valores trascendentes y así, proteger la Libertad del individuo. Indiferentes ante la cultura, abandonaron academias, editoriales, plataformas y medios de comunicación, producciones y compañías de cine, foros, simposios, conferencias, prensa, radio, tv, incluso la innovación tecnológica y sus creativos, porque todo eso y cualquier cosa semejante era oficio de bohemios, de parásitos sociales, de raros, nerds, geeks y frikis. Ahora, los valores trascendentes no encuentran espacio para difundirse y los pensadores alineados con ellos están condenados al ostracismo, al peor de los exterminios morales: al silencio perpetuo.

No, los buenistas no son culpables, del mismo modo que no lo son el resto de los ciudadanos decentes del mundo. Los culpables son pocos, como pocos son los beneficiarios de las guerras. Y en esa carrera veloz hacia el despeñadero por el que quieren lanzar a la civilización, la vía libre existe gracias a la élite que pudo invertir en su momento, pero eligió doparse en los casinos o mirando concursos de belleza.    

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