OBJETIVOS PRIMARIOS

A mis padres—.

[La fuga práctica: 6. Objetivos primarios]

En la esclavitud evidente o no, las personas en su deseo de sentirse seguras y protegidas, quedan sometidas bajo la aplicación de controles que no distinguen la línea que separa el ámbito público del privado. Aquí el autoritarismo puede manifestarse de manera explícita o vedada, ya que dependerá del modo en que se aplique el control sobre los individuos. Sea por medio de la fuerza y el terror o valiéndose de la sofisticación tecnológica, el objetivo que se persigue desde el poder es la conquista de la autonomía y evitar la independencia individual. Bajo la aplicación del control explícito, la prolongación de este tipo de sistema opresivo conduce, en última instancia, al establecimiento de campos de concentración y exterminio para borrar a los proscritos. No obstante, como se sabe, aquellos que no están condenados y pueden vivir fuera de dichos campos, tampoco son libres. Tal modo de garantizar la estabilidad del poder impide la innovación y el progreso, legando condiciones tan miserables para la sobrevivencia que, en cualquier caso, resulta válido calificar la situación como infrahumana. A la luz de la experiencia histórica revelada tras la segunda Guerra, destaca que, entrado el siglo XXI, en ciertos lugares del planeta, todavía existan campos semejantes y, peor, países cuyo territorio completo sea un enorme campo de concentración, con exterminio selectivo de la disidencia. Piénsese en China, Corea del Norte, Irán, Afganistán, Somalia, Libia, Siria, Irak, Cuba, Venezuela, entre otros. Cualquiera puede añadir lugares a la lista y su tamaño es la dimensión del fracaso y la vergüenza de la especie humana.

Ahora bien, en la esclavitud no evidente, el bienestar propicia el surgimiento de un nihilismo relativo que da paso a la negación de la autonomía y la independencia individual: la sobredosis del entretenimiento frívolo. Anestesiados, después de consumir horas de diversión superflua, las personas evaden la reflexión necesaria para detectar la necesidad de ser libres. El engaño los condena sin remedio. Este nihilismo que se manifiesta a través de la indiferencia supone una fuga de la realidad, en cuyo furor se retrata la irracionalidad contenida en la pérdida de las facultades humanas capaces de distinguir a la especie. La paz que se disfruta mutila el humanismo y lo transforma en inhumano. En lugar de erradicar la miseria, se pretende gozar del silencio egoísta que comulga con el crimen, por omisión y complicidad, aunque no se halle tipificado en las leyes y carezca de jurisdicción institucional. Frente a la pasividad descrita, el individuo que arde de deseo de ser libre, tal vez experimente cierta repugnancia, en función de la sensibilidad que tenga cuando observa el mundo que lo rodea. No obstante, tal repugnancia es incapaz de apagar la llama que arde en su fuero interno, debido a que, en medio del primer movimiento de rebelión, su conciencia le advierte que la esfera que busca para proyectar su libertad incluye, necesariamente, a los indiferentes.

A todo evento, sea evidente o no la esclavitud, el poder en manos de la minoría privilegiada busca que todos colaboren con los fines perseguidos por el sistema que los oprime. Entre un tipo de esclavitud y otra, además del modo en que se aplique el control, esto es: encubierto o no, la diferencia se desprende por el modo de imponer la uniformidad de pensamiento. Cuando la consecución de los fines perseguidos por el sistema es abrazada como propia por las personas, la creencia que los motiva deriva de la propaganda. Así, la fuerza del autoritarismo puede esconderse tras el manto de la elección de cada uno, es decir, el sistema oculta la imposibilidad de autodeterminación individual, suprimiendo la multiplicidad de alternativas y presentando a la única como la más provechosa. De esta manera, la fuerza o la represión indispensables para que todos colaboren en la consecución de los fines establecidos por el sistema que los oprime, quedan reemplazadas por la creencia de que han sido los individuos quienes han abrazado tales fines como provechosos para ellos mismos y, en consecuencia, para todos. En este sentido, la masa humana sometida ha llegado a pensar tal y como desea que piense la minoría privilegiada que detenta el poder.

Sumidos en la ignorancia respecto a la dinámica del mercado, las fantasías colectivistas encuentran tierra fértil para germinar y florecer en la mente de los esclavos. Tal escenario propicia la destrucción de la economía, doblegando la voluntad humana por medio del látigo invisible de las necesidades insatisfechas. El tétrico paisaje es un vasto universo de penurias y carencias que obliga a los individuos, para continuar vivos, a realizar inefables sacrificios para no morir de mengua. La sumisión extendida prolonga la estabilidad del poder en manos de una minoría privilegiada, cuya supervivencia solo se garantiza mientras detente la posición de mando y de fuerza.

Refiriéndose a la sumisión, Vasili Grossman, en su obra Vida y destino, inquiere: “¿Sufre la naturaleza del hombre una mutación dentro del caldero de la violencia totalitaria? ¿Pierde el hombre su deseo inherente a ser libre? Esta respuesta encierra el destino de la humanidad y el destino del Estado totalitario”. De modo que, para el triunfo definitivo de los sistemas opresivos, de acuerdo con las lecciones históricas derivadas de la segunda Guerra, las propiedades del ser humano han de exterminarse o por lo menos neutralizarse, modificando la naturaleza que lo ha distinguido como especie, para que el autoritarismo triunfe sobre el deseo de ser libre y de proyectar la libertad.

Así pues, la aplicación de estrategias y tácticas perversas e ingeniosas, por medio del control encubierto, pueden sustituir el uso de la violencia para garantizar la estabilidad de un sistema opresivo. Entonces, dado que el ser humano no renuncia a la libertad por el consentimiento, para arrebatársela hace falta la violencia o, en su defecto, un mecanismo novedoso que induzca a la inconsciencia, de modo que los individuos permitan el arrebato sin resistirse. Luego, se puede afirmar que la esclavitud, evidente o no, es un estado antinatural. Las amplias y recurrentes demostraciones de la potencia contenida en el deseo de ser libre y de proyectar la libertad, recuérdese a título enunciativo y no taxativo: el grupo de guerrilleros opositores al franquismo en España, conocido como el maquis; los partisanos italianos, albaneses, soviéticos, yugoslavos y judíos; la resistencia francesa; las insurrecciones en Varsovia y Treblinka; los alzamientos en Hungría; los disturbios en Polonia; la invasión de Bahía de Cochinos en Cuba; la masacre de Tiananmén; la marcha del 11 de abril de 2002 en Venezuela; entre otros, demuestran que las consecuencias de aplicar la violencia conducen a la necesidad de encontrar un mecanismo novedoso que evite o administre el derramamiento de sangre, para garantizar la estabilidad del sistema opresivo y, dicho mecanismo, ha de propagar toda suerte de argumentos contrarios a la naturaleza humana. El bombardeo constante e intenso de mensajes con una franca inversión de valores trascendentes, propicia un modo peculiar de aturdimiento que fatiga la conciencia de los individuos. Tras la fatiga, la evasión se presenta como una alternativa cómoda ante la irracionalidad que emana de la difusión masiva. Piénsese en la pretensión de normalizar la pedofilia como una forma de amor libre, cuando es obvio que los niños carecen del criterio suficiente para compartir sus sentimientos a través de las relaciones sexuales. En toda lógica, el adulto que se relaciona sexualmente con un niño, en lugar de brindarle amor o al menos afecto, lo condena y lo atrofia. Sin embargo, en medio de la alteración que causa el sufrimiento infantil, por la injusticia manifiesta, la minoría privilegiada en el poder consigue la distracción requerida para avanzar en el trastorno generalizado, con el fin de exterminar, o por lo menos anular las propiedades del ser humano, como se ha dicho, modificando la naturaleza que lo ha distinguido como especie, para que el autoritarismo triunfe sobre el deseo de ser libre y de proyectar la libertad. Dicho de otro modo, el triunfo del autoritarismo encubierto es la imposición de la esclavitud definitiva como una condición irremediable del ser humano carente de privilegios.

De modo que la confusión, la tensión, la incertidumbre, la inestabilidad social, la pobreza, la miseria, es decir, el miedo permanente y el terror administrado, representan los objetivos primarios para alcanzar la meta que se ha propuesto la minoría privilegiada. Así, los medios con los cuales se persiguen tales objetivos surgen de otro tipo de nihilismo que, sabiéndose relativo, cuestiona los pilares sobre los cuales está construida la civilización actual. Si bien la esclavitud no evidente puede preferirse de momento en ciertas latitudes del planeta, al final, el encubrimiento quedará retirado por la fuerza de la realidad y, entonces, la servidumbre habrá alcanzado el trono terrenal.

En el presente es obvio que ninguna actividad económica escapa del control. Sencillamente, gracias a los avances tecnológicos, tanto los tratos legales como los ilegales se llevan a cabo bajo la mira de los órganos del poder. Otra cosa es el margen que se permite a las actividades económicas ilegales. En consecuencia, la descentralización de la acción económica es una ficción agradable para soportar la vigilancia que pesa sobre cada transacción. De modo que la probabilidad de que aparezca una nueva burguesía, por el comercio de bienes fuera del control del poder, tiende a cero. Además, los órganos jurisdiccionales, en lugar de administrar justicia, administran la impunidad, en función de los privilegios que ostenten los sujetos implicados. Aquella “igualdad ante la ley” ha desaparecido, quedando únicamente la simulación de su observancia. El individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión advierte un elemento indispensable en la búsqueda de la esfera para proyectar la libertad, esto es: el marco jurídico y su aplicación. La ley ha de servir para garantizar el orden, luego, toda supresión de esta, ante los supuestos de hecho tipificados, quebranta el orden necesario para la prosperidad y el desempeño de iniciativas sin restricciones. También detecta que el fenómeno de la globalización económica no ha legado el mundo prometido después que tumbaran el Muro de Berlín. La caída de la Unión Soviética no supuso el triunfo del capitalismo, pero el neoliberalismo reunido en torno al dogma de la libre competencia ha alcanzado proporciones ciclópeas. Las gigantescas corporaciones multinacionales escalaron estratos de poder global, transformándose, de hecho, en entidades de poder que, bajo una lógica empresarial cuestionable, solo se mueven en función de sus intereses. Así como el individuo que experimenta el primer movimiento de rebelión no puede ver al Estado con ojos benevolentes, tampoco puede hacerlo cuando contempla que detrás de los Estados existen entidades de poder que dominan en la oscuridad, aumentando el grado de influencia y control sobre las personas. Dada la escasez, el límite de los recursos y la dinámica de los mercados, tal situación ha alcanzado niveles de inestabilidad natural. La subsistencia de dichas entidades depende de un mayor control, lo que constituye más restricciones para el individuo sin privilegios. Cabe resaltar que la minoría en el poder está compuesta por representantes tanto del neoliberalismo, como del socialismo saprófito[1]. Aun así, ambos credos requieren de una nueva servidumbre, impuesta de manera definitiva para perpetuarse en el poder: la esclavitud total de la especie.


[1] El diccionario de la Real Academia Española define saprófito: “1. adj. Biol. Dicho de una planta o de un microorganismo: Que se alimenta de materias orgánicas en descomposición; 2. Adj. Biol. Dicho de un tipo de alimentación: Basado en las materias orgánicas en descomposición”.

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