[Predominio: 16—. Fondos]

Sobrevolamos la frontera en perfecto silencio. Cinco minutos después de despegar, Amy se durmió. Nunca creí que viajaría en un helicóptero como este y la verdad, me parece más confortable o menos incómodo de lo que imaginé. En vez de aterrizar en un pueblo, el piloto ubica un claro en la selva y desciende con lentitud. A lo lejos veo un par de camiones. Antes de bajarnos, Amy dice que son parte del convoy que transporta la ayuda humanitaria.

—¿Y qué hacen aquí? —pregunto.

—Ya sabes —comenta—, los tentáculos del Cuate —refiriéndose a Marino Torres, el socio de Stavros.

Media docena de tipos acompaña al Cuate Torres y ninguno está armado. Nos saluda con efusividad postiza y nos invita a sentarnos junto a una mesa plegable bajo la sombra de un samán. Los coletazos de brisa huelen a acetona. Observo a mi alrededor y no veo de donde proviene ese olor. El aroma que desprende la humedad de la tierra reina en el ambiente cuando no sopla el viento.

El Cuate, Marino Torres, es un hombre de cincuenta años, bien parecido y lleva las relaciones sociales con maestría. No es figura pública, pero detrás de la esfera política todos lo conocen. En ciertas ocasiones ha concedido entrevistas para opinar sobre temas sensibles de actualidad. Cuando lo hace, se presenta como experto o activista de derechos humanos, aunque nadie sabe cuáles son sus logros ni su trayectoria en ese campo. Es un verdadero fenómeno a la hora de proyectar su imagen. La exagerada cordialidad, administrando elogios oportunos, le han ganado el afecto de muchos influyentes. Son pocos los que se atreven a hablar mal de él y cuando lo hacen, dicen de manera inofensiva que Marino Torres es un hombre cursi.

Sé que está relacionado con agentes de la CIA y protege esos vínculos ocultándolos obsesivamente. En realidad, descubrí que es un recadero, un tonto útil para poner a rodar el engaño. Su apariencia de hombre romántico, ingenuo o cándido, le funciona muy bien para excusarse cuando las mentiras estallan y los títeres que ha manipulado reclaman el incumplimiento de la agenda prometida. A los actores, aquellos que no sirvieron de marionetas, los compensa con atractivas transferencias, cuyo rastro no desaparece en el laberinto del sistema financiero internacional, aunque utilice códigos para mantener el anonimato.

Esta situación es tan inverosímil, como peligrosa. La única forma de conseguir mi propósito pasa por exponerme ante un tipo que no es de fiar. No quiero separarme de Elena y debo hacer lo que haga falta. ¡Y eso que cuando me metí en esto, creía que luchaba por la libertad! A pesar del riesgo que supone, decido ser franco y digo lo que quiero sin adornos:

—Si Elena no viene conmigo, olvídense de mí.

—Siempre he dicho que eres un tipo radical, pero tu sinceridad me agrada —dice el Cuate—. ¿Quién te dijo que para cumplirme tienes que traicionar tu amor?

—¿Entonces qué hago aquí?

—Alejandro, por si no lo sabes —comenta el Cuate—, yo cuido de los míos.

Desconcertado, miro a Amy y ella me sonríe en modo cómplice.

—He repensado la cosa para tu beneficio —dice el Cuate—. No necesito el perfil de los treinta analistas. Solamente quiero uno, lo que pasa es que no sé quién es.

—Son formas distintas de pedir lo mismo —replico.

—Te equivocas. Ya hemos descartado a veintiséis. La persona que busco nació en Francia o en Canadá, porque su lengua materna es el francés. Te informo que entre los analistas no hay belgas, tampoco suizos, ni haitianos, y mucho menos de las antiguas colonias francesas en África.

—¿Qué es lo que quieres? —pregunto—, ¿qué tiene esa persona?

—Por las sanciones y la eliminación del código Swift, hicimos operaciones bancarias no tradicionales para pagar las armas que llegan a México. Entre los implicados estuvo esa persona, quien colaboró sin problemas en los tres primeros envíos, pero en el último, desvió el pago hacia una cuenta desclasificada. Lo raro es que todavía nadie se ha quejado y el flujo de armamento continúa sin alteraciones. Mis contactos detectaron que el desvío de fondos se hizo siguiendo instrucciones de una agencia de inteligencia americana. Por eso me urge una explicación. Hay mucha gente nerviosa.

—¿Te urge una explicación o la ejecución de la condena?

El Cuate ríe.

—Tú siempre tan directo —alza la vista y luego dice—: Podría molestarme tu pregunta, pero en realidad la agradezco. ¿Sabes por qué?

—Ni idea.

—Me gusta que tengas ese concepto de mí, así evitarás errores fatales —se pone de pie mirándome—. Sin una explicación válida, se ejecutaría la condena, y con una válida, también.

—O sea que debo marcar a un muerto en vida.

—No es culpa tuya. Cuando desvió los fondos, se condenó a sí mismo.

El cuate levanta una mano dirigiéndose a la tripulación del helicóptero.

—Bueno, creo que ya hemos terminado.

—Así es —dice Amy levantándose—, como siempre, ha sido un placer.

Se escucha el giro de las aspas mientras el aire se agita.

—Si me cumples —dice y me tiende la mano—, Elena se irá contigo.

Amy y yo nos marchamos. Ella quiere saber si deseo suicidarme. Dice que peor no pude estar. En su reporte a Stavros, arreglará el encuentro para favorecerme. Omitirá la impertinencia de mis preguntas y comentarios.

—Me debes una —agrega.

[Predominio continúa: 17—. Banal]

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