[Predominio: 12—. Revelación]

Si bien el valor del silencio, con el que tanto me ha machacado Amy Midland, radica en la posibilidad de seguir vivo, supone que aprecio mi modo de vivir por encima de cualquier cosa y para mí, eso es imposible si no tengo libertad. Peor aún, cuando sé que el mundo entero es una ratonera, el laboratorio inmenso destinado a una suerte de servidumbre parecida a la que hubo en la era medieval. Por supuesto que siempre hay esclavos que están cómodos con sus cadenas, dado el privilegio que el amo les ha conferido para que colaboren con el sometimiento de todos. Tras evaluar el riesgo y la terrible perspectiva futura, Hans decide revelarle a Elena la naturaleza de nuestro trabajo en mi presencia. Después de aceptar la oferta, ella cree que Hans nos ha citado para darle el primer material que debe traducir. Ignora que todavía no la han confirmado, de hecho, ni siquiera sabe que Amy y Stavros existen.

Con el cielo encapotado, las gotas de lluvia caen con pereza sumidas en un ambiente gris que opaca la tarde. La desolación urbana sugiere que el bullicio propio de cualquier metrópolis pertenece a un pasado tan antiguo, como extinto. Dejamos los paraguas escurriendo junto a la puerta de la casa de Hans y pasamos al recibidor acompañados por Karen, su única hija. Es una adolescente tímida y con varios granos en el rostro que hieren su vanidad. Según el criterio de Hans, la separación de su esposa, en lugar de encender la rebeldía, ha ensimismado a Karen de forma un tanto exagerada.

—Muy linda tu hija —comenta Elena.

—Gracias —dice Karen y se marcha a su habitación.

—Greta nos abandonó cuando Karen tenía menos de diez años —dice Hans refiriéndose a su esposa—. El colapso judicial ha impedido la partición del patrimonio. Karen vive conmigo porque no logra superar el resentimiento. Odia al tipo que vive con su madre porque primero fue su amante —mira y señala hacia arriba—, por eso mis cuernos rayaron el techo —y suelta una carcajada de loco.

Hans sirve dos copas de vino tinto, una para Elena y otra para él. A mí me da una coca cola. Luego explica los motivos que tuvimos para aceptar nuestro reclutamiento. Ambos creíamos en la lucha por la libertad, valorábamos la patria y su soberanía. Los dos éramos lo suficientemente ingenuos para embarcarnos en un proyecto fallido de antemano. Sin saberlo, impulsábamos una agenda oculta, tan perversa como rentable.

—Cuando lo supimos, ya era tarde —dice Hans—. En vez de reunir a los disidentes con principios y valores innegociables para ayudarlos a conquistar la libertad, estábamos marcando sujetos temerarios para su exterminio selectivo.

—Por eso, de fracaso en fracaso, la frustración ha quebrado la voluntad ciudadana —digo—. Las múltiples carencias, falta de medicina, reducción del suministro de alimentos, cortes del servicio de agua y de luz, inseguridad general, han convertido la sobrevivencia en una suerte de acción épica.

—El engaño —dice Hans—, el tráfico de esperanzas sirve de lubricante para mantener el control de las masas.

—Pero —dice Elena mirándome—, sin saberlo, ¿delatabas a los disidentes?

—De cierta forma, sí —respondo—, porque los datos clandestinos se vendieron a buen precio.

—Me cuesta creerlo —comenta Elena.

—No pienses que tu amado Alejandro —dice Hans mirándome—, es un espía como James Bond o tipo Hollywood. Cumplió el requisito de recibir clases de Krav Magá, un sistema de lucha y defensa personal, pero no hace más que analizar kilos y kilos de información.

—Entonces —indaga Elena con una mezcla de temor y sorpresa—: ¿voy a trabajar para los malos?

—¿Y quiénes son los buenos? —pregunto.

[Predominio continúa: 13—. Amigo]

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