[Predominio: 11—. Advertencia]

Aunque Stavros haya dicho que somos los traicionados, ignora que Hans y yo sabemos que él es uno de los traidores. Estaba claro que Hans debía acompañarme para volarle la cabeza al chino y luego, desaparecer el cuerpo. Sin embargo, al ordenar la ejecución en mi presencia, me transmitió un mensaje. Cuando notifiqué mi partida a los traidores que hacen fortuna con mis reportes, esto es, mi intención de largarme y renunciar al equipo, en lugar de tomarlo como un desafío, Stavros lo asumió como una acción ingenua. Refiriéndose al ingreso de Elena, dijo que una vez adentro no hay vuelta atrás, pero lo hizo después del asesinato del chino, de modo que me advertía cuál era la única forma de librarme.

De regreso a la ciudad, Hans me comenta que el chino había engañado a Stavros y pagó con su vida la mentira. Al parecer, recomendó jugar en corto con las acciones de tres compañías. Aseguraba, con datos manipulados, el desplome del precio, pero gracias a un grupo de inversionistas desconocidos, sucedió lo contrario. Stavros tuvo que comprar en alza y sufrió una pérdida importante con la especulación bursátil. Una vez detectada la adulteración de los datos que utilizó el chino, descubrió que fungía como agente doble. Empujó a Stavros a la fosa común de los sacrificados porque la rentabilidad planteada en el otro bando era mucho más atractiva. El chino siempre supo cuál era el origen de los fondos y pensó que los analistas de Stavros no verían la falsificación. Además, creyó que su vínculo con el otro bando estaba protegido. Un descuido costoso, ya que la filtración es un producto bien pagado en esta era, donde las corporaciones se acuestan con los gobiernos para impedir la libre competencia.

—No quiero que Elena trabaje con nosotros —digo.

—¿Acaso tienes opción? —pregunta Hans—. A menos que prefieras olvidarte de ella.

Recorremos kilómetros de tierras baldías. La carretera asciende entre las montañas y el aire va refrescando con la altura. Las nubes blancas tapan el sol de manera intermitente. Ya es más de mediodía. Para cualquiera, somos un par de tipos que sobrevive en la penumbra del rebusque. Nuestro aspecto y el vehículo que conduce Hans puede mimetizarse con la mayoría que caracteriza a esta nación golpeada por las carencias. La informalidad económica recalienta los hogares con el dinero que se gana por cualquier mandado. De alguna manera, se han constituido dos castas: una pequeña, poderosa y rica, el resto, una masa enorme, igualitaria, sometida y pobre.

—¡Cómo me gusta Amy! —dice de pronto Hans.

—¿Todavía con la misma obsesión?

—No es una obsesión.

—¿Y por qué no te lanzas?

—Pronto —dice con gracia.

—¿Qué esperas?

—Hoy me pareció que coqueteaba conmigo.

—¡Qué va!

—¿No?

—Claro que no, ella es lesbiana.

—No creo, pero si lo fuera, mejor. Más morbo.

Cerca de casa, llamo a Elena para decirle que he invitado a Hans a comer. No quiero que decida a ciegas. Vamos a contarle la verdad del equipo, aunque quizás la pierda para siempre.

[Predominio continúa: 12—. Revelación]

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