TRAICIONADOS

[Predominio: 10—. Traicionados]

Debo reunirme con el jefe de Amy Midland. Se llama Stavros, tiene más de cuatro identidades falsas y todas en regla, de modo que me resulta imposible saber cuál es su verdadero nombre. Hans me acompaña. Llegamos al lugar fijado para el encuentro un poco antes de las diez de la mañana. La escasa nubosidad nos obsequia una luz natural espléndida. Situada a las afueras, la mansión se halla equipada con dispositivos de seguridad de todo tipo, cámaras, sensores lumínicos y de movimiento, codificador de voz, alarma, más dos rottweilers bien entrenados. No veo vigilantes. Tanto Hans como yo estamos nerviosos. Stavros es impredecible.

Lo conocí hace cinco años, cuando ambos trabajábamos en un fondo de inversión internacional. Mientras yo era un trader del montón, él era director asociado. En esa época no mantuvimos contacto, más allá del saludo de rigor en los pasillos. No obstante, conocía con detalle el índice de rendimiento logrado en mi desempeño, algo que sacó a colación el día que aceptó mi reclutamiento. Al principio creí que era un tipo paranoico, cuya obsesión por la seguridad personal lo llevaba a gastar en exceso. Luego descubrí que decoraba su imagen porque era el representante de un producto: la clandestinidad.

Amy Midland abre la enorme puerta de madera. En leggins, sus piernas lucen peor de lo habitual. Quizás por eso intenta atraer las miradas para que se fijen en sus pechos. Lleva una camiseta tan pequeña que cada teta asoma por el costado. Tiene una línea de sudor en la espalda. Nos conduce a la terraza. Hans y yo nos sentamos y ella vuelve al orbitrek. Falta poco, dice jadeando. Stavros aparece sonriente. Su calvicie ha conquistado el cráneo y se ha dejado la barba. Dejamos a Amy y vamos hacia la cocina. Entramos en una habitación de servicio y vemos a un asiático atado a un banco y amordazado. Tiene el ojo derecho hinchado y chorrea sangre por la boca. Hans aguarda la orden. No lo hagas con la tuya, advierte Stavros, toma. Le entrega una pistola plateada y explica: es la de él. Entiendo, dice Hans y le vuela la cabeza. Con los oídos zumbando, alcanzo a escuchar a Stavros:

—Maldito chino. Ahora búrlate de tu madre.

Dejamos que Hans disponga del muerto. Stavros me pide que lo acompañe a la cocina. Sirve un par de jugos de naranja y me da un vaso.

—Me ha dicho Amy que tienes pareja, ¿cómo se llama? —es una pregunta retórica. Es obvio que ya la ha investigado.

—Elena.

—Creo que es una buena chica —así me confirma que sabe mucho de ella—. Una bella pelirroja, no te ofendas.

—No pasa nada, es la verdad.

—¿Y quieres que trabaje con nosotros?

—La idea es de Hans…

—Eso ya lo sé, pero es que sin esa idea tendrías que dejarla y lo sabes.

—Sí.

—¿Ella qué dice?, ¿quiere trabajar con Hans?

—Hoy va a aceptar la oferta.

—No voy a confirmarla hasta que tú no estés claro. Veo que tienes dudas y lo entiendo. Una vez adentro no hay vuelta atrás. Piénsalo bien. Recuerda que somos los traicionados y ahora jugamos distinto.

[Predominio continúa: 11—. Advertencia]

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