[Predominio: 9—. Sospechas]

Hoy, a partir de las diez de la noche entra en vigor el toque de queda. La quietud nocturna de la ciudad es más que tenebrosa. El zumbido del viento es una alarma que retumba en el encierro.    

Elena aún no está decidida, algo no le cuadra. Cuando estamos a solas, ocultarle la verdad me deja un sabor a hiel cada vez que respondo sus preguntas.

—¿Por qué dijiste que el sentido patriótico y el apego a la libertad son romanticismos?

Intento explicarme, recurriendo a los datos que no suponen amenaza alguna.

—No es con balas, misiles, ni bombas con lo que se conquista el mundo en la actualidad. Muchos no se dan cuenta, pero el sentido patriótico y el apego a la libertad, es decir, quienes defienden esos ideales, están perdidos. Aquellos que tenían el capital suficiente, abandonaron los medios para comunicar los principios y mantener la defensa de sus valores en la sociedad. Al parecer, según ellos, la inversión requerida no justificaba el riesgo económico en función del rendimiento esperado. Con el tiempo, el otro bando, por así decirlo, se adueñó de las grandes plataformas para difundir lo contrario. Prensa, radio, tv y cine maquillaron la degeneración. La frivolidad aniquiló el pensamiento. Así, solo los tontos que no entienden el mundo creen en el esfuerzo y en el sacrificio noble. En esa narrativa, el individuo es un estorbo para alcanzar el bien común, la colectivización, el igualitarismo. El remanso apacible de la servidumbre a cambio de la libertad.

Ella me observa atenta y percibo que siente el impacto de mis palabras, aunque su mente todavía lucha para refugiarse en la negación.

—El hombre más poderoso del mundo —digo—, creyó que podía comunicarse con los suyos a través de los medios controlados por sus enemigos. Los desafió, sin duda hizo alarde de su coraje, en medio de una avalancha de desinformación. En realidad, era un hombre encerrado en su despacho gritándole a las paredes y con todas las ventanas cerradas, un espacio herméticamente blindado. Sin importar el cargo ni su poder, los medios se dieron el lujo de censurarlo y los gigantes tecnológicos o las Big Tech eliminaron sus cuentas. Al final, aquellos que tenían el capital suficiente para comunicar los principios y mantener la defensa de sus valores en la sociedad, pagarán muy caro el precio de su soberbia, porque nunca debieron reducir el cálculo del rendimiento esperado en millones de dólares, sino en millones de vidas y en el modo de vivir.

Silencio.

—¿Entonces Hans y tú trabajan en una ONG? —pregunta Elena, queriendo cambiar de tema.

—A veces —digo.

—¿Cómo que a veces?

—La entidad jurídica que representamos puede variar, dependiendo de la legislación que tengan las zonas analizadas. Incluso puede que seamos simples turistas que viajamos por placer.

—Pero ahora no es posible viajar —comenta Elena con suspicacia.

—Para las delegaciones diplomáticas, todo es posible.

Ella se retira, dice que está cansada y entra en la habitación con más dudas que certezas. Debe dar una respuesta mañana. Hans no podrá esperar un día más y temo que Elena acepte la oferta. Me parece que no está hecha para dejar a un lado las sospechas. 

[Predominio continúa: 10—. Traicionados]

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